José Antonio del Moral
FERIA DE SAN PEDRO EN BURGOS
FRÍO INVERNAL Y CORRIDA SIN
HISTORIA, ABSOLUTAMENTE INICUA
Aunque el muy desapacible tiempo no
aturdió a los muchos espectadores que casi cubrieron los tendidos, sí pareció
influir en el juego que dio el ganado muy justamente presentado de Martín Lorca, sin fuerza ni casta aunque en general noble. También
a la terna de actuantes se mostró incapaz de llamar la atención y, por
consiguiente, de triunfar. Únicamente Sebastián Castella
podría haber cortado la oreja del quinto toro si lo hubiera matado mejor que lo
hizo. Miguel Abellán, salvo en los recibos de capa, no dio pie con bola como
últimamente suele con la muleta y con la espada. Y el ayer debutante en Burgos,
Alejando Talavante, pareció una mala copia de sí
mismo.
Burgos. Plaza del Plantío. 25 de junio de 2007.
Primera de feria. Tarde muy fría y ventosa. Seis toros de Martín Lorca, justamente presentados con algo más cuajo, cara y
mejores hechuras los tres últimos. Dieron muy pobre juego por faltos de fuerza
y de casta. De los corridos en la primera parte, el más potable fue el tercero.
Y de los tres últimos, resultó más entero el quinto. Miguel Abellán (blanco y
plata): Cinco pinchazos, media caída tendida atravesada y dos descabellos,
pitos. Un pinchazo, otro hondo y cuatro descabellos, silencio. Sebastián Castella (berenjena y oro): Estocada, palmitas. Metisaca,
buena estocada y descabello, aviso, petición insuficiente y ovación con
saludos. Alejandro Talavante (marino y oro): Pinchazo
y estocada, silencio. Pinchazo y media estocada, silencio.
Ahora que tanto se habla de toreros llegados de otros mundos
y de nuevas dimensiones, podemos afirmar a tono con tal moda que, al llegar a
Burgos, nos encontramos con un radical cambio climático respecto al que reinaba
hace muy pocas horas en Alicante. Otro mundo. Invierno. Viento gélido. La gente
de aquí abrigada y los que acabábamos de llegar desde la costa mediterránea,
buscando ropa adecuada intentando no perder el calor que traíamos. Calor que
tampoco en lo taurino encontramos a lo largo de la insufrible tarde, salvo en la
perfecta organización de los palcos destinados a la prensa especializada. Eso
que se perdieron tanto el de
Un emperador de verdad, se habría aburrido como una ostra.
Yo no. Yo me lo pasé en grande largando estopa. Hasta me pasaron un par de
rodajas de chorizo, un trozo de pan y buen vino clarete en bota. Aunque por si
a caso, a medio día y, nada más llegar, disfruté una barbaridad junto a mi
amigo Tirso Ojeda de una sabrosa y caliente sopa castellana y del estupendo
asado de lechal, marca de su casa, bien regados con un gran vino Protos de la tierra que nos quitó el sentido. ¡Que lujo¡. Y menos mal. Porque de no haber sido por el almuerzo, la
corrida nos habría sabido a cuerno quemado.
El panorama de la plaza desde mi palco era fantástico. Las
peñas de sol sin parar de cantar ni de moverse. Y la gente de sombra
saludándose contenta y, pese al frío, todavía ilusionada. Pero en cuanto
empezaron a salir los toros al ruedo, fue precisamente del frío de lo que más
hablamos todos porque, uno a uno hasta seis, de los toros y de los tres toreros
no habló casi nadie. Increíble corrida por absolutamente inicua. Ni un pase que
mereciera la pena. Todo en la nevera. Las reses demasiadas veces por el suelo.
Y los maestros, ateridos por fuera y por dentro.
Tan solo y una vez en la plaza el quinto toro, el francés
Sebastián Castella logró que el público atendiera
algo a su templada y meritoria faena en los medios intentando hacer lo que
suele hasta casi conseguirlo aunque sin la emoción ni la rotundidad de sus
grandes ocasiones. No había enemigo. Luego lo estropeó con la espada.
Y nada que decir de Abellán. ¿Para qué? Y casi nada de Talavante que hasta lástima da verle cuando está como ayer
y en otras tantas tardes anteriores, por desgracia. Como un personaje sonámbulo,
paralizado, inexpresivo. Y ajeno a todo en medio de una urna de cristal rodeada
de hielo. Qué penita, qué dolor y ¡qué petardo¡