José Antonio del Moral
CORRIDAS
GENERALES DE BILBAO
INMENSO “EL CID”, CUAJA UNA TARDE HISTÓRICA CON SEIS VICTORINOS
NADA FÁCILES
Muy por encima de cada uno
de los toros, seguro además de sabio, valiente sin pausa ni desmayo, exacto en
la lidia, eficaz y cuando pudo soberbio con el capote, poderosísimo y hasta
milagroso con la muleta en cuatro de los seis trasteos, más sobrio y sencillo que
nunca, certero matador y sin una sola concesión a la galería, fue muy
ovacionado en los dos primeros y en el sexto, cortó la oreja del tercero y del cuarto,
las dos del quinto y salió finalmente a hombros entre el rendido y emocionado delirio
de los espectadores que casi llenaron la plaza.
Bilbao. Plaza de Vista Alegre. 26 de agosto de
2007. Octava de feria. Tarde soleada con más de tres cuartos de entrada. Seis
toros de Victorino Martín, bien aunque desigualmente presentados y la mayoría
en el tipo de la casa. En conjunto una corrida importante con mucho que torear
porque ni los mejores tercero, cuarto y quinto, fueron fáciles. Por más
completo y noble en el último tercio destacó el cárdeno quinto que, tanto por
hechuras como por familia y nombre, no podía fallar aunque en el primer tercio
resultó bravucón y esperó con las del veri en banderillas. Único espada El Cid
(turquesa fuerte y oro): Media trasera, aviso y ovación. Pinchazo hondo
tendido, otro también hondo y descabello, ovación. Gran estocada, aviso y
oreja. Estocada tendida, oreja. Pinchazo y gran estocada, dos orejas. Pinchazo
hondo y descabello, aviso y gran ovación. Salió a hombros. Bien El Boni en la brega y dos pares sensacionales de Alcalareño en
el cuarto.
La que parecía iba ser la feria más deslucida de
los últimos años en Bilbao fue convertida en histórica por obra y gracia de El
Cid que no solo superó con enorme solvencia el dificilísimo y arriesgado
compromiso de encerrarse a solas en una plaza tan importante y trascendental
con seis toros de Victorino Martín, quien, por cierto, no andaba en su mejor
año como ganadero, sino que anduvo tan por encima de todos los toros – los
malos, los regulares y los mejores que no excelentes porque bravo y con clase
no salió ninguno – y con tres de ellos sobrepasó su más cara marca torera en
tres faenas – sobre todo la del cuarto y la del quinto – realmente asombrosas
dadas las condiciones de las reses que al principio de sus respectivas lidias no
parecieron que fueran a dar el juego que dieron gracias a la especialísima maestría muletera de
El Cid con las reses este encaste.
Nunca vimos desmayar o aliviarse a El Cid a lo
largo de una tarde que fue in-crescendo como las
óperas de Rossini hasta culminar con la gran faena
que cuajó al quinto toro y yo diría que también aunque de corte valentísimo y
magistralmente enjundioso la del último en la que no cortó otra oreja - ya
había sumado cuatro - porque mató al muy complicado animal de pinchazo hondo y
descabello de efectos retrasados. Este fallo menor no empequeñeció todo lo que
había sucedido antes porque con este sexto, bravucón y con genio en la muleta,
El Cid se la jugó sin contemplaciones ni recordar lo mucho que ya había
conseguido. Tanto, que hasta se desplantó arrodillado ante la fiera reservona
que siempre le quiso herir sin que lo consiguiera por la torera habilidad con
que, increíblemente, le sacó lo que no tenía.
Sobrado, seguro y con esa exclusiva fe que este
torero casi siempre tiene en los toros de Victorino – ya le habíamos visto
cumbre varias veces fundamentalmente en Sevilla con toros del mítico hierro –
El Cid movió montañas, convirtió arroyos en ríos caudalosos, transfiguró las
iniciales dificultades en las ideales embestidas que los toros cuarto y quinto llevaban
muy dentro aunque hubo que saber sacarlas con una firmeza incuestionable y un
temple de elegido.
El primero cumplió en el caballo manseando, se dolió mucho en palos y apretó mucho para
dentro, ciñéndose vencido además por su lado más potable derecho que fue por
donde comenzó El Cid y basó luego su trasteo, superando coladas y logrando
ligar alguna tanda con enorme mérito. La faena del segundo fue más meritoria
aún porque este toro fue manso en varas, andarín después, se quedó cortó por el
pitón derecho y se metió por el izquierdo. Así y todo, El Cid sacó partido por
ambos pitones pese a sufrir no pocas coladas y empezó a calentar el ambiente perdiendo
quizá una primera oreja por pinchar. Con el tercero, el único que creyó en sus
posibilidades fue El Cid, como así descubrimos tras blandear en varas – apenas
fue castigado -, esperar y cortar en banderillas. La inesperada faena surgió con
el toro venido repentinamente arriba en el mismo platillo de la plaza que fue
donde se arrancó el de Salteras sorprendiendo con magníficas rondas con la
derecha que remató con soberanos pases de pecho y finalmente al natural aunque
por el pitón izquierdo el toro no repitió igual. Preciosos ayudados y un pase
del desdén compusieron el postre y antesala de una estocada de campeonato.
Primera oreja.
Y a partir de ahí, a la gloria. Imponente,
cuajadísimo el cuarto victorino. También apretó a El
Cid contra las tablas en el recibo de capa pero enseguida lo abrió el torero
señorial y templadísimo hasta los medios rematando la precisa y elegante brega
con media verónica que anunció lo que vendría después. Y ello a pesar de lo
mucho que se venció este toro en el quite por delantales que intentó Manuel.
Muy alegre en palos, Alcalareño colocó dos magníficos pares – los mejores de la
feria – y la plaza se incendió en ovaciones. Brindada la faena al público, la
inició El Cid en los medios con la mano derecha sin probarle y al cabo tuvo que
robárselos cuando tras probar al natural por donde el toro se quedaba corto
volvió a la mano diestra resultando cogido y zarandeado al rematar con un pase
de pecho. Repuesto enseguida del susto y como el toro se avisó por donde le
había enganchado, de nuevo al natural cobró importancia la obra con dos tandas
que pusieron la plaza boca abajo. Otra estocada y segunda oreja.
Al quinto le quiso lidiar El Cid como si fuera
bravo pese a lo mucho que apretó para dentro y en varas no lo fue. Tampoco en
banderillas, tercio en el que esperó y se frenó. Pero sí que rompió a bravo en
la muleta tras probar y parecer quedarse corto en los tres primeros muletazos
con la derecha con que empezó su faena en los medios donde se había emplazado
el animal. Cual Mahoma cuando se fue a la montaña porque ésta no le vino, se
fue El Cid y tras breves y suaves muletazos cortos para desengañar al burel, empezó
la sinfonía, heroica y pastoral como las dos de Bethoven
al tiempo que la magnífica banda de Bilbao interpretaba el pasodoble que mejor
y más gravemente suena en Vista Alegre, el de Martín Agüero.
Complacido con la mano diestra cual batuta
mágica, rompió el toro, rompió el torero y se rompió la plaza por primera vez
en esta feria hasta grados de intensa y sonora unanimidad. Como lo fue la obra
de El Cid hasta terminarla con tres naturales cosidos a un farol y éste al de
pecho, sumando hermosos ayudados por bajo de remate. Sobrio y más serio que
nunca, se dispuso para matar y, tras pinchar en lo alto, otra gran estocada y
las dos orejas de inmediato concedidas. Momento en el que también se le rompió
el alma a El Cid que, sentado en el estribo, lloró de alegría y de consuelo
tras lo inmenso de su feliz esfuerzo, que ese y no otro es el llanto más bonito
del toreo. Ya habían llorado en abundancia los pañuelos blancos y muchas otras
lágrimas asomaron también por los ojos de los que allí estábamos.