José Antonio del Moral
CORRIDAS
GENERALES EN BILBAO
SOLO EL VALOR DE CASTELLA
TAPÓ UN INJUSTIFICABLE SALDO GANADERO
El diestro francés cortó la
oreja del tercer toro de Garcigrande y, de no fallar a
espadas, podría haber cortado otra del quinto, uno de los dos sustitutos de Ortigao Costa que, a última hora, remendaron el para este
importante coso impresentable envío de la ganadería titular. Para colmo, tanto
unas como otras reses no dieron el más mínimo juego aunque las del lote de Castella se movieron más que el resto y fueron más nobles.
Ponce y Manzanares se estrellaron sin apenas lograr nada apreciable y el
público, que llenó otra vez la plaza, la abandonó desencantado.
Bilbao. Plaza de Vista Alegre. 24 de agosto de
2007. Séptima de feria. Tarde medio nublada, algo ventosa y finalmente soleada
con lleno. Cuatro toros de Garcigrande pobre y
desigualmente presentados que dieron nulo juego por faltos de fuerza y de raza
para terminar parados salvo el más noble segundo que se movió más que los otros
gracias a que apenas le castigaron en varas. Dos sustitutos portugueses de Ortigao Costa (quinto y sexto) con más presencia y pitones
pero también muy deslucidos. Ambos mansos en el caballo. Aunque el penúltimo
metió la cara en los engaños, siempre derrotó por alto al final de cada viaje.
El que cerró la tarde fue el de más trapío del saldo, resultando muy tardo y
violento en su constante pegar cabezazos hasta que se paró por completo. Casi
todos fueron pitados en su arrastre. Enrique Ponce (carmelita y oro): Media
trasera tendida y descabello, silencio. Pinchazo y casi entera caída, aviso y
silencio. Sebastián Castella (turquesa y oro):
Estocada de total entrega contraria ladeada que asomó por el costado natural
saliendo arrollado en el comprometido embroque y descabello, oreja. Metisaca,
media desprendida y descabello, petición menor y gran ovación. José María
Manzanares (azul cobalto y oro): Cuatro pinchazos, un quinto hondo y
descabello, silencio. Dos pinchazos, estocada y descabello, aviso y silencio.
Saludaron en banderillas Curro Molina y Juan José Trujillo.
El valor lo tapa todo y cuando se derrocha hasta más allá
del límite como ayer Sebastián Castella, aún más. Tapó Incluso los defectos que
forzosamente tuvieron sus dos arriesgadísimas faenas de muleta por ser tan
difícil templar cuando, cada vez que remataba los muletazos, su primero derrotó
muy por alto o perdían las manos como el más flojo sexto. Razón de que en su
faena al segundo de Garcigrande en casi todas las
tandas que pegó resultó enganchado el engaño al menos una vez, y en la segunda
frente al quinto de Ortigao Costa en muchos más. Pero
como aguantó tanto permaneciendo impertérrito y ligó los muletazos con pasmoso
aplomo, los toros le obedecieron y la gente se volcó.
Castella podría haber cortado un par de
orejas pero solo cortó la del segundo y ello gracias a su incuestionable
entrega al entrarlo a matar en una estocada kamikace
a la desesperada porque debió pensar que ya estaba bien de perder triunfos por
pinchar. Castella quedó tumbado en la arena boca
abajo y muchos creímos que había resultado herido o fuertemente conmocionado
del tremendo golpe que recibió al ser arrollado de lleno por el toro. Pero en
cuanto se levantó para descabellar porque el animal no dobló, respiramos todos
y la mayoría se entusiasmó.
Este fue el primer capítulo salvable de la tarde porque ni
Enrique Ponce antes, ni después José María Manzanares pudieron hacer nada
apreciable con las dos inservibles reses de Garcigrande
que les correspondieron. Llegaron entonces los momentos de la gran decepción.
Sobre todo por lo que respecta a Ponce porque Manzanares se incorporó al cartel,
ya hecho, como sustituto de Morante. Pero Ponce era el mayor responsable del
cartel y sus gentes no debieron nunca aceptar esta corrida cuando la vieron en
el campo si es que la vieron. Como tampoco
Tampoco sirvió para nada el cuarto de Garcigrande
que mató Ponce. Y de los dos sustitutos portugueses de Ortigao
Costa – imagino que los eligieron por el buen resultado que dio una corrida del
mismo hierro el pasado mes de julio en Santander – solo valió algo el que hizo
de quinto al que Castella también perdonó en varas
por la poca fuerza que tuvo. Volvió el francés a jugarse el tipo con este
animal, asimismo noble como su anterior oponente; volvió a quedarse tan quieto
o más que antes; volvió a ligar los pases en un palmo de terreno; y volvió a
dejarse enganchar varios cuando no a provocar que el animal perdiera las manos
por echar la muleta demasiado abajo. Pero tampoco importó esto a la por lo
demás defraudada parroquia porque el impresionante valor de Castella
y su incondicional desprendimiento fue de nuevo motivo compensatorio y de
puntual alegría para los presentes, entregados al ídolo galo aunque,
desgraciadamente, volvió a fallar con los aceros como suele últimamente.
Los esfuerzos de Manzanares para meter en su empacada y
templada muleta al más serio e imponente sexto de Ortigao,
fueron tan ímprobos como ineficaces. La violencia inicial del toro tras ser
fuertemente castigado en varas se tradujo en también violentos cabezazos cada
vez que acudió a los cites del alicantino, lo que el morlaco hizo tardeando
hasta pararse por completo. Y otra vez falló el torero con la espada.