José Antonio del Moral

CORRIDAS GENERALES DE BILBAO

 

VUELTA PARA PONCE QUE SUPO A POCO Y OREJA LOCALISTA PARA FANDIÑO

 

Con lleno de no hay billetes y constante amenaza de lluvia, el valenciano anduvo por encima del bien y del mal, dejando constancia de su indeclinable magisterio al mejorar las malas condiciones de sus toros como solamente él sabe y puede hasta lograr una importante faena con el más potable cuarto de un pésimo corridón de El Ventorrillo. El Juli, de nuevo sin suerte y aunque anduvo técnicamente por encima de un pésimo lote, sus trasteos carecieron del más mínimo sentido escénico y estético. El vizcaíno, por su parte, mostró su valeroso afán por llegar y mató mejor que los maestros al toro con el que triunfó inmerecidamente.

 

Bilbao. Plaza de Vista Alegre. 23 de agosto de 2007. Sexta de feria. Tarde muy nublada y amenazante con llovizna durante la lidia del segundo toro. Lleno de no hay billetes. Seis toros de El Ventorrillo muy bien presentados y mansos en distintos grados de fuerza y manejabilidad. Los más flojos tres primeros apenas se movieron en la multa y cuando embistieron lo hicieron sin humillar y quedándose muy cortos. De los tres últimos, con mayor energía y movilidad que sus hermanos anteriores, los más potables resultaron el cuarto y el sexto, mientras el quinto no cesó de protestar por arriba. Enrique Ponce (amapola y oro): Estocada corta muy baja, silencio. Pinchazo muy hondo arriba y descabello, aviso, petición nutrida aunque insuficiente y vuelta al ruedo. El Juli (lirio y oro): Dos pinchazos y estocada, aviso y silencio. Estocada corta y descabello, palmas con saludos. Iván Fandiño (gris perla y oro): Casi entera trasera y descabello, ovación. Buena estocada y descabello, oreja localista.

 

Aunque sobradamente es sabido que casi no hay toros que se le resistan a Ponce, su facilidad volvió a jugarle ayer la mala pasada de irse de su primera tarde en esta feria sin la oreja que mereció. Y es que en sus manos, hasta los toros que en las de otros no darían ningún juego siempre parecen mejores de lo que son y la mayoría del público apenas lo aprecia. Ni siquiera cuando se la juega lo parece. De ahí lo sorprendente de sus cogidas. Percances que cada vez que los sufren los que torean más a merced de los toros suponen algo esperado y, por lo tanto, celebrado, mientras que si un toro alcanza al valenciano, casi nadie lo toma como apuesta del torero sino como simple accidente. Cuando hace años en Sevilla un toro le atravesó el muslo en la primera grave cornada que padeció, nadie, ni sus propios compañeros lo supieron hasta que la noticia de su gravedad llegó desde la enfermería.

 

De ahí que irrite el displicente trato que no pocos dan al toreo de Ponce cuando lo ejecuta ante toros que los demás toreros no son capaces de lucir ni de lejos, ni de cerca, ni de ninguna manera. Y que conste que digo lucir, no dejarse coger. “Es que muchos pases los da demasiado separado del toro”, dicen. ¡Toma, claro!, si los diera ceñido y tropezado para empezar no podría dar ninguno más y por eso precisamente puede fajarse más después de “hacer” al toro, ya desengañado y siempre templando. Y todo ello sin contar la extensión que últimamente han dedicado no pocos medios a los más recientes triunfos de Ponce como los de Málaga y Almería. En un importante periódico solo se han reflejado en breves columnas mientras, los de otro que no quiero ni nombrar, llenan un par de planas cual propaganda que además de exagerada resulta injusta y notoriamente escandalosa. Una vergüenza, vamos. Pero hay más.

 

Anoche, mientras cenaba con varios amigos en La Masía, por casualidad escuchamos y vimos la en Bilbao muy seguida “capea” radiofónica que dirige un conocido registrador de la propiedad, y Juan Posada, matador de toros y crítico taurino, intentó convencer a varios participantes de que la faena de Enrique Ponce había tenido un mérito y una importancia incuestionables. Llevaba toda la razón. Si hubieran invitado a Enrique al acto como cada vez que toca pelo en Vista Alegre, seguro que ni el registrador ni otros de los que tanto le critican se habrían atrevido a decir en su presencia lo que dijeron. ¿O sí? Lo dudo. En cualquier caso, Ponce debería saber con quien se juega los cuartos cuando muchos de los que tanto desmerecen su toreo se convierten en alfombrines cada vez que le saludan.    

 

Pero sigamos con lo que Ponce hizo ayer en Vista Alegre. Durante la lidia del primer toro, por ejemplo, en manos de su gran peón de confianza, Mariano de la Viña, pareció tener el mal genio que desde luego tenía porque hasta le desarmó un par de veces. Los hermanos Tejero, ambos magníficos y valientes banderilleros, pasaron las de Caín para clavar por lo mucho que esperaba el animal y lo vencido que siempre les llegó cuando no con intenciones de cogerles. Bueno, pues acto seguido y una vez Ponce se hizo cargo con la muleta del avieso manso, éste pareció otro toro o repentinamente cambiado a mejor. Tanto, que hasta se ilusionó la gente con que lograría completar una faena - templada y hasta dibujada surgió como por encanto en su breve corpus central – porque fue poco a poco metiendo al bicharraco en el engaño hasta que lo consiguió aunque, al venirse de seguido abajo, tuvo que cortar el trasteo antes de lo esperado y el animal se puso ya evidentemente difícil para entrarlo a matar.

 

Lo del imponente y cornalón cuarto fue más largo y también mucho más lucido – hasta sonó un aviso sin estar consumada la obra – aunque no menos complicado. Más noble que su anterior oponente, también embistió sin humillar y con medios viajes que nunca repitió por su cuenta. De tal modo, Ponce lo toreó citándolo siempre desde largo o en la media distancia para que la inercia del morlaco le obligara a ir más lejos y así fue dando muletazo a muletazo primero y luego espaciando las tandas para que el animal no perdiera el poco brío que tuvo, ganando además ese paso tras cada pase que casi nadie da más que él, razón por la que, una vez mediada la faena, no solo pudo ligar una tanda de naturales cosidos a un largo de pecho y a otro cambiado, sino que hasta fue cogido y derribado al rematar uno de los pases, levantarse raudo como si tal cosa y complacerse finalmente en redondos a pies juntos girando sobre los talones sin abandonar la posición y acompañando el viaje del toro con la cintura en paso de lento y rítmico ballet que a Enrique le sale de dentro con sencilla naturalidad. Por eso el público – aunque no todos - pidió la oreja y la presidencia se agarró – supongo – al pinchazo hondo y al descabello para no concederla. Como por lo incuestionablemente meritorio y arriesgado que había sido su logrado empeño, eso precisamente es resolver la papeleta, Ponce accedió a dar una vuelta al ruedo de las de verdad aunque a muchos nos supo a poco el premio. De todas maneras, chapeau, don Enrique.

 

Confieso pensar que, de haberle dado la oreja, el presidente no hubiera sido coherente con su acostumbrada política en la concesión de trofeos. Extrema cicatería con los grandes, magnanimidad con los más modestos y cuanto más pobres, más orejas. Y si son de casa, con mayor motivo. Por eso le dio la del sexto a Iván Fandiño sin que la mereciera y con esto no quiero restar méritos ni ocultar el mucho valor que le echó Iván a sus dos toros. Pero, claro, después de ver a Ponce lo que hizo con el peor cuarto y comparar su importante faena con la empeñosa, movida, desconcertada y desigualmente limpia de Fandiño frente al manejable toro que cerró la corrida, nos pareció que la plaza de Vista Alegre perdía su habitual compostura y el presidente, desde luego, su prestigio.  

 

Mal terminó El Juli la única feria de Bilbao en la que ha fallado dos tardes seguidas. Tampoco tuvo suerte ayer con ninguno de sus dos toros aunque con el quinto, al menos debería haber estado más templado. Se lo hemos visto hacer en muchas ocasiones con reses de similar comportamiento y, la verdad, nos sorprendió ver a Julián tan poco fino.