José Antonio del Moral
CORRIDAS GENERALES DE BILBAO
TARDE SIN SOL Y TOROS SIN SAL
Tan solo Sebastián Castella
podría haber triunfado de no haber fallado con la espada al matar al quinto
toro de Torrealta, el único que duró con brío en la
muleta – apenas le señalaron en varas - de una corrida muy gorda y noble aunque
sin ninguna fuerza ni casta en la que El Fandi fue
quien más alegró el aburrido festejo y Alejandro Talavante
debutó sin gustar ni convencer al público bilbaíno por abusar del alelado tancredismo con que últimamente se eterniza ante las reses.
Bilbao. Plaza de Vista Alegre. 21 de agosto de
2007. Cuarta de feria. Tarde casi invernal por muy fresca, nublada y ventosa
tras diluviar incesantemente durante toda la mañana. Tres cuartos de entrada. Seis
toros de Torrealta, en su mayoría acochinados y
desigualmente armados con un quinto cuajadísimo y veleto
de pelo melocotón que fue el mejor de los corridos gracias a no ser picado
porque se le simuló la suerte. Los demás se vinieron completamente abajo en
distintos grados de manejabilidad. Primero y cuarto sobre todo por más agotados
en el segundo tercio. El segundo duró un poquito más que sus peores hermanos,
mientras tercero y sexto resultaron los más flojos del desgraciado envío. El Fandi (encarnado y oro): Dos pinchazos y estocada baja,
aviso y silencio. Estocada caída, gran ovación. Sebastián Castella
(fuscia y oro): Estocada atravesada, aviso y ovación.
Sartenazo accidental al tropezar la espada en el palo de una banderilla, media
estocada y tres descabello, dos avisos y gran ovación. Alejandro Talavante (rosa y oro): Cuatro pinchazos y contraria
trasera atravesada, aviso y silencio. Pinchazo y estocada, dos avisos y
silencio.
No se preocupen mis pacientes lectores porque
sigo vivo. La ausencia de crónicas estos tres días pasados no se debe a que me
hayan secuestrado por mi crónica sobre los efectos de la tomatosis
en San Sebastián, sino por el viaje que acabo de hacer hasta Almería a donde
acudí para presentar el Pregón de
Pero el diluvio universal de la mañana cesó a
primeras horas de la tarde y se dio la cuarta de feria pese a que muchos
auguraron que no se podría celeblar. Cuando llueve
tanto por la mañana suele no hacerlo después. Hasta asomó tímidamente el sol
para iluminar los ternos de los actuantes durante el paseíllo. Cartel muy
atractivo sobre el papel con reses de Torrealta para
El Fandi, Castella y Talavante que hacía su presentación en Vista Alegre. Ayer
triste salvo cuando intervino El Fandi, único que
puso empeño en alegrar el cotarro.
Empiezo por el granadino que ante la escasísima energía de
su lote desplegó todo el entusiasmo que es capaz para aprovechar en lo posible
las mortecinas y decrecientes embestidas de sus oponentes. Como siempre lució
su variado y templado capote tanto en los recibos como en quites, que no perdonó
ni uno. En banderillas tuvo que hacerlo todo El Fandi
porque sus toros apenas se movieron. Por eso tuvo que parear por lo clásico, al
cuarteo en el tercio, en los medios o por los adentros tras colocar a cuerpo
limpio sus dos toros con ciencia y paciencia.
Sí, sí, he dicho ciencia porque muy pocos por no decir
ningún banderillero actual y menos cualquier matador que intervenga en el
segundo tercio es capaz ahora mismo de parear con tanta precisión, fortuna y
limpieza a semejantes animales. Una pena porque la verdad es que todos
esperábamos que la corrida de Torrealta diera mejor
juego a sabiendas de la estupenda camada que está echando este año. La de ayer
falló estrepitosamente. Las faenas de muleta de El Fandi
resultaron por ello anodinas pese al empeño que puso el matador. Empeño que
tuvo poco eco tras morir el primer toro y mucho tras ser arrastrado el cuarto
porque al frío público no le cupo más remedio que ovacionar con fuerza al
granadino para agradecerle su esfuerzo y las únicas alegrías de la jornada.
Y he dicho alegrías pero no toreo porque el único que logró
torear ayer con la muleta fue Sebastián Castella. Muy
poco al segundo tras iniciar la faena inexplicable e inconvenientemente sentado
en el estribo, razón por lo que el animal se estrelló repetidamente contra las
tablas aunque, una vez situado fuera de las rayas Sebastián y extremadas la
quietud de pies y el temple, pudo completar un par de breves tandas con la
derecha hasta exprimir con la izquierda lo poco que le quedaba al toro dentro.
Y todo ello animado por la música que la presidencia le regaló en esta ocasión,
lo mismo que las palmas el público sin duda en la esperanza de que el francés
repitiera cuanto hizo aquí mismo el año pasado.
El buen ambiente y el gran crédito de Castella
en Bilbao se notaron mucho, como también lo muy bien que toreó al quinto. Sobre
todo con la mano derecha. El único toro con brío de la corrida gracias a que no
fue castigado casi nada en varas. Gran acierto del Sebastián lidiador para dar
paso a una faena marca de la casa en la que el gran torero pareció desatarse de
la triste y mecánica frialdad con que últimamente se expresa, preocupado de
antemano por el mal momento que atraviesa con la espada. En ese desasosegante
pensar en si matará bien o no mientras torea debe estar el quid de la cuestión
que sin duda atormenta al diestro galo hasta el punto de verse mal a sí mismo
aún sin estarlo.
Hasta la sonrisa apareció en los labios del torero tras
cuajarlo finalmente en ese sitio que él sí pisa siempre atornillado mientras el
toro gira natural o contrario a su alrededor una y otra vez hasta escuchar un
aviso sin que le importara un comino el trompetazo. Pero la mala fortuna quiso
que en su primera agresión con la espada tropezara ésta con el palo de una
banderilla y entrara por los costillares del torazo estropeando cuanto había
conseguido y aún más la media y los tres golpes con el descabello que necesitó,
perdiendo la que hubiera sido única oreja de la tarde.
Viendo a Talavante desenvolverse malamente
en el estado de dudas metódicas que le deben aquejar desde que ha reaparecido
José Tomás, comprendí su cabreo de niño
enfurruñado cuando, citando impertérrito a pies juntos junto a la misma cara
del tercer toro y ante sus nulas embestidas, la gente empezó a pitarle. “¿Y por
qué a mi no me dejan hacer lo mismo que a mi ídolo?”, pareció estar pensando el
extremeño. Lo volvió a intentar deslavazado, alelado y repetido hasta la
extenuación con el sexto y tampoco se lo consintieron ni aplaudieron.
No me choca que, en declaraciones inmediatas al fin de la
corrida, dijera Talavante que lo que quizá tendrá que
hacer es dejarse coger. Como el de Galapagar en Málaga. Claro que, en tan autoflagelante martirio más propio de un fakir que de otra
cosa – digo yo - no es lo mismo dejarse coger por un toro tan imponente y
astifino como el último de Torrealta de ayer en
Bilbao que por una de las cucarachas a las que se enfrenta el mesías. Pues eso. Y mientras tanto, me llaman los amigos de
Almería para decirme que Ponce ha formado un alboroto con un complicado toro de
El Ventorrillo. ¡Malditos aviones¡. Tendría que haber
perdido de nuevo el vuelo para no perdérmelo y ya van dos líos del valenciano
que no he podido ver.