José Antonio del Moral
CORRIDAS GENERALES DE BILBAO
MUY IMPORTANTE Y HEROICO FERNANDO CRUZ EN EL DEBUT GANADERO DE LA QUINTA
Haciendo de tripas corazón, siguió toreando pese a su primera cogida en plena faena de muleta y se tiró a matar como un león sufriendo otra aún más dramática, pasando a la enfermería mientras el público pedía la oreja que le fue concedida con total merecimiento. Otra de menor valor del cuarto toro y, por ende, pedida sin unanimidad fue regalada por el inefable presidente a Dávila Miura quien, en su despedida de Vista Alegre, tuvo que matar cuatro toros por el percance relatado y por el que también sufrió Iván Fandiño al perderle la cara al tercer toro de la bien presentada aunque desigual e interesante corrida de La Quinta, ganadería asimismo debutante en Bilbao.
Bilbao. Plaza de Vista Alegre. 26 de agosto de 2006. Octava de feria. Tarde entoldada, variable, fresca y ventosa con dos tercios de entrada. Siete toros de La Quinta incluido el sobrero que, tras correrse el turno, se lidió el quinto lugar. Salvo éste, estrecho y cornalón, bien presentados y de juego desigual aunque en general muy encastados en distintos grados de nobleza. Por más completo y dócil destacó el cuarto. Y en segundo término los también manejables segundo y tercero aunque sin ser fáciles por su picante. El primero, soso y sin fuerza, el quinto muy listo y el sexto mediocre y sin romper. Eduardo Dávila Miura (chocolate claro y oro): Dos pinchazos hondos y descabello, silencio. Buena estocada, oreja. Pinchazo hondo a paso de banderillas, ovación. Pinchazo hondo trasero abajo y estocada, palmas. Fernando Cruz (grana y oro): Gran y valentísima estocada resultando prendido al cruzar, oreja. Fue trasladado a la enfermería donde fue intervenido de cornada en el muslo derecho y diversas contusiones. Iván Fandiño (ceniza y oro): Pinchazo y estocada caída, petición insuficiente y fuerte ovación pasando a la enfermería donde fue atendido de cornada en el glúteo. En honor de Dávila Miura por su despedida de Bilbao un especialista bailó un eurresku de honor antes de empezar el paseíllo. Homenaje que en forma de ovación volvió a repetirse cuando Dávila abandonó la plaza.
Pasaron muchas cosas en la penúltima corrida de la Semana Grande bilbaína, pero la de mayor entidad y llamativa fue la actuación del madrileño Fernando Cruz frente al segundo toro de La Quinta, uno de los más encastados y mejores de la ganadería de La Quinta que debutaba en Vista Alegre y a fe que con éxito e interés. Se puede afirmar que los antiguos Santacolomas renacieron y se ganaron repetir el año próximo. Aunque muchos temían un fracaso o una corrida muy deslucida y demasiado difícil, la verdad es que al menos tres toros resultaron más que posibles, desde luego encastados, y uno de ellos, el cuarto, realmente estupendo y de completa nobleza.
Fue el segundo toro que tuvo que matar Eduardo Dávila Miura que ayer se despidió como matador de toros de Bilbao porque al final tuvo que matar dos toros más. Los que no pudieron hacerlo Cruz e Iván Fandiño, ambos heridos por sus respectivos primeros ejemplares. Éste último, torero de la tierra vasca, con muy buenas maneras aunque lógicamente verde e inexperto ante ganado de esta naturaleza. Casi finalizada su faena, perdió la cara de su oponente mientras iba a cambiar la espada simulada por la de verdad y fue alcanzado por el toro que le propinó una seca cornada en el glúteo. Siguió el torero en la arena y hasta entró a matar dos veces con notorio valor pasando por su pie a la enfermería como si tal cosa. Otro valiente sin cuentos.
Dávila le cortó la oreja al mencionado y excelente cuarto pese a lo muy por bajo que anduvo de la calidad del animal. Una oreja pedida sin unanimidad que el inefable presidente de la plaza no tuvo inconveniente en otorgar con pronta decisión, lo mismo que en ordenar música para Dávila a poco de iniciar su faena convirtiendo así la plaza en coso pueblerino y contradiciendo su tan cacareado rigor. Un petardo más de don Matías, vamos. Dávila despachó a los otros tres toros que le correspondieron sin mayores problemas con el desahogo que le ha proporcionado su ya largo oficio aunque sin ningún matiz ni relieve dignos de recordar.
Pero como dije al principio, lo importante corrió a cargo de Fernando Cruz. Ya no es casual que cada vez que le vemos nos guste más a los que sabemos quien es y lo que es capaz de hacer al tiempo que sorprende gratamente a quienes nunca le habían visto. De entre los jóvenes que actualmente están en la pista de despegue aunque aún situados en corridas difíciles, Fernando es, sin duda, el de mayor personalidad y el que mejor concepto tiene del toreo.
Gran toreo o, mejor dicho, el toreo de los grandes. Señores, qué manera de doblarse en el inicio de su faena y qué redondos más de verdad, más hondos y más sentidos. La frágil figura de Fernando Cruz, su cara de haber pasado muchas fatigas desde que era un niño se convierten como por encanto de hermosura corporal y agigantada cada vez que se estira para ejecutar cualquier suerte. Un feo guapo que puede dar mucho de sí por llevar el toreo muy dentro del alma y practicarlo echando toda el alma en el empeño, a la vez sentimental y desprendido.
Su inexperiencia con el ganado de Santacoloma y su incondicional entrega en busca del triunfo que necesitaba imperiosamente en su debut bilbaíno le llevaron a la enfermería. Y es que por dos veces fue cogido Fernando. Primero cuando intentaba torear al natural sin ningún cuidado. El toro no fue bueno por el lado izquierdo y le alcanzó. Ya herido, la segunda y más dramática cogida sucedió al entrar a matar dejándose matar él en un toma y daca del que el toro salió muerto y el torero ostensiblemente maltrecho. Muy emocionante fue ver a Cruz al borde del desmayo mientras esperaba que doblara el animal y la gente empezara a pedir la oreja tan guapa y heroicamente ganada. Cuando, por fin, se dejó llevar a la enfermería, ya abandonado y yaciente en los brazos de los dos toreros que le transportaron, los tendidos estaban nevados por los pañuelos blancos y la escena resultó digna de ser amenizada con el final de La Tosca. Todo un poema de amor y de muerte este instante de Cruz en el calvario. Que se reponga pronto y a verle de nuevo.