José Antonio del Moral
CORRIDAS GENERALES EN BILBAO
INCONMENSURABLE FAENA DE ENRIQUE PONCE
Y ridícula por no decir enfermiza actuación presidencial por negarse a conceder la segunda oreja al valenciano que fue obligado por el público a dar dos vueltas al ruedo entre un clamor indescriptible. Al ya tristemente famoso Matías González se le vio el plumero más que nunca por dar la oreja del extraordinario tercer toro a Eduardo Gallo tras dejárselo escapar, contrariando el rigor del que tanto presume, e igualar en premio un vulgar y sucio trasteo con otro sublime. También se le fue a Gallo el sexto, otro de los tres mejores del extraordinario encierro de Zalduendo. Pero el faenón de Ponce ya había caído como una losa y por general término de comparación la petición del trofeo fue minoritaria. Como también la que demandaba otro trofeo para El Juli tras matar al quinto. Tan magistral como en su anterior tarde, el madrileño resultó el más perjudicado por la presidencia compensándole el público con fuertes ovaciones de agradecimiento y admiración por su completa feria.
Bilbao. Plaza de Vista Alegre. 24 de agosto de 2006. Sexta de feria. Tarde radiante tras mañana de lluvia con lleno total. Ocho toros de Zalduendo, incluidos los dos sobreros que reemplazaron al primero y al quinto, devueltos tardíamente por débiles. De imponente e impecable presentación, algunos tan sobrados de tamaño como faltos de fuerza aunque todos nobles en distintos grados. Por más completos, bravos y encastados, sobresalieron el tercero y sexto toros. Y por su gran clase el cuarto aunque limitado de fuerza. El primer sobrero se quedó muy corto. Y segundo y quinto, aunque también embistieron con nobleza, tardearon. Enrique Ponce (carmelita y oro): Dos pinchazos, estocada caída y tres descabellos, silencio. Buena estocada, aviso a todas luces inoportuno por ser ordenado en plena inspiración del torero que incluso se quejó e imploró respeto al palco y oreja con muy fuerte y unánime petición de la segunda mas dos vueltas al ruedo seguidas de monumental bronca a la presidencia que se prolongó durante la lidia del quinto toro. El Juli (corinto y oro): Estocada caída, petición sobrada de oreja y vuelta al ruedo. Estocada trasera desprendida, petición menor y gran ovación. Eduardo Gallo (aceite de oliva y oro): Estoconazo desprendido, oreja. Estocada tendida caída, ligera petición y ovación. Ponce fue despedido con una inmensa ovación tras ser felicitado por todos sus compañeros y el presidente de nuevo abroncado al abandonar el palco. Saludaron tras parear con excelencia los hermanos Tejero, Alejandro Escobar y Emilio Fernández hijo.
Jornada histórica en Vista Alegre por obra y gracia de Enrique Ponce, figura estelar en una tarde que jamás olvidaremos cuantos asistimos - lleno en la plaza hasta los topes- que gozamos hasta alcanzar el éxtasis. Se unieron varios ingredientes para que la prodigiosa obra poncista tomase cuerpo de naturaleza: Un toro con bravura y clase extraordinarias aunque sin apenas fuerza para el mejor muletero de todos los tiempos, obligado por propia voluntad y firme decisión a terminar con el cuadro que se había producido en el festejo hasta la muerte del tercer toro. Habían ocurrido cosas inauditas de la mano del inefable presidente del importante coso, al parecer dispuesto a protagonizar la tarde por tercera vez en esta feria tras sus desmanes con Sebastián Castella y El Juli. Abusando de sus particulares gustos y de la interpretación dictatorial de unas reglas que viene imponiendo con escandalosa arbitrariedad cuando y como le viene en gana sin que nadie, hasta ahora, haya logrado jamás apearle del machito, don Matías se había sentado en el palco más creído que nunca de su infalibilidad y poderío. Y es que en la corrida iba a torear junto a las dos máximas figuras - Ponce y por segunda vez El Juli - un nuevo mal torero que al señor y a su coro les encanta, Eduardo Gallo.
La función no había arrancado bien con un precioso y rizado colorao devuelto a los corrales tras lastimarse de manos al resbalar por el ruedo imperceptiblemente embarrizado y resbaladizo por la lluvia que había caído durante la mañana. Le sustituyó un sobrero de la misma ganadería bastante más feo que el devuelto que apenas dio juego lucido sin que tampoco Ponce se decidiera a meterse en cintura ni arriesgara más de la cuenta en ninguna de sus intervenciones con capote, muleta y espada. Cubierto el trámite entre la indiferencia de la mayoría, el segundo toro fue algo mejor tras mansear en varas y El Juli se aplicó la tarea en busca de redondear su feria.
Muy buena lidia de Julián y, tras comprobar como el toro punteaba por alto, se frenaba y pegaba cabezazos, una faena de progresivo templar para corregir casi por completo los defectos del toro y meterse al público en el bolsillo con el valor y la ciencia que atesora el madrileño hasta matar de una estocada caída de efectos fulminantes con la consiguiente petición de oreja que el presidente no atendió, como tampoco antes a los que pidieron música.
Llegado el turno de Eduardo Gallo, le soltaron un toro - este sí - de bandera. Bravo, noble, encastado, con fijeza, repetidor, incansable en su maravilloso embestir. Un toro de revolución. Un Zalduendo digno de la mejor fama de esta prestigiosa ganadería que Gallo desaprovechó con un trasteo increíblemente desigual en el que las rondas firmes y templadas se mezclaron con otras aceleradas o enganchadas mientras sonaba el pasodoble que, por imperativa orden presidencial, arrancó a poco de iniciarse la vulgar faena que acabó con un sucio parón y buena estocada. Muerto de seguido el animal, al supuesto gran aficionado del palco no se le ocurrió sacar el pañuelo azul de la vuelta al ruedo que premia a las reses verdaderamente bravas pero sí y raudo el blanco de la oreja para el matador. O sea, que a don Matías le gustó más la faena muy por bajo del tercer toro de Gallo que la muy por encima del segundo que acababa de hacer El Juli. Pues qué bien…
Descubierto así el plumero del usía, no faltaron los comentarios y las disputas entre los aficionados sensatos y los adoradores del presidente y del tal Gallo sin que ni unos ni otros dieran su brazo a torcer mientras saltaba al ruedo el cuarto toro de la tarde. Otro bravo ejemplar que, enseguida descubierto en su bondad y clase por Enrique Ponce, se lidió en terrenos alejados de los habituales por deseo del matador, sin duda para evitar que se lastimara en el escondido barrizal como había sucedido con el primero de la tarde. Algo que algunos no entendieron sencillamente porque de toros no saben nada de nada de nada pese a lo que ellos piensan de sí mismos.
Flojo por ende el animal, la lidia sucedió perfecta y muy medida para evitar cualquier descalabro - magníficos los peones de Ponce tanto en la brega como en palos - y el matador a los medios para brindar la que iba a ser su mejor obra de arte en esta plaza donde tantas grandes faenas ha llevado a cabo el valenciano. Mejor que la todavía añorada del toro de Sepúlveda de junio del 92. Y aún mejor que la del toro de Atanasio del 98 cuando Enrique, en su máximo esplendor, convirtió Vista Alegre en operístico escenario. Y que coste me refiero a las de marchamo estético sin olvidar las heroicas y asimismo históricas frente a las muchas gigantescas reses de Samuel que aquí quedaron para siempre en el recuerdo.
La de ayer fue, como digo, la mejor de todas, además de por su concepción más definitivamente clásica y por su más exquisita y variada inspiración, por la extremada delicadeza que exigió la limitada fuerza del toro. Cualquier tironazo o enganchón habrían arruinado el portento. Lo fue también por la lentísima y cadenciosa interpretación de todas y cada una de las suertes naturales, cambiadas y ayudadas que la compusieron. Por como Ponce supo llenar con el extraordinario sentido escénico que posee los tiempos que entre salidas, entradas, idas, venidas antes y después de cada tanda o de cada pase cuando los dio de uno en uno introdujo adrede para que el toro no perdiera ni decayera lo más mínimo en su excelente condición. Y lo fue por la coreografía aparentemente matemática y a la vez sublime que envolvió la obra en su inconmensurable totalidad.
Maravillosa, milagrosamente engarzada tanto cuando toreaba como cuando andaba, citaba o se marchaba logró el éxtasis de todos los espectadores y, aún más, de cuantos profesionales había entre barreras empezando por El Juli, a quien descubrí con mis prismáticos más embelesado y atento que nunca viendo lo que estaba haciendo su tantas y tantas veces impar compañero. Y por si además le faltara algo tan determinante como la estocada, se tiró a matar como mandan los cánones y enterró la espada en lo alto, desatando la pasión y provocando la absoluta unanimidad en la petición de los máximos trofeos.
Todos menos el señor presidente se rindieron. Encastillado como un pequeño nazi en su atalaya, volvió a negar la segunda oreja por tercera vez en esta feria y, claro, se armó más que nunca la mundial. No basta ya con tanto escándalo. A este señor hay que destituirle cuanto antes porque está atentando contra la razón y contra el prestigio de una plaza señera que lo es no por él, sino por sí misma desde que se construyó sobre las quemadas ruinas de la también señera plaza anterior. Don Matías está confundiendo su enfermizo ego con la historia y, en la cerril defensa de no se sabe qué, mal educando a los aficionados bilbaínos sencillamente por preferir premiar a los toreros malos que a los buenos como ayer quedó sobradamente demostrado. Su mal gusto es patente. Su actitud despreciativa hacia los miles y miles que pagan, absolutamente intolerable. Su orgullo, una estúpida y ridiculez. Y los que le apoyan y sostienen, lo mismo o más, por cómplices en tanto despropósito.
Después de tan gravísima afrenta presidencial, a Ponce le obligaron a dar dos vueltas al ruedo en medio de un clamor indescriptible y con los dos toros que finalmente siguieron bajo el aplastante síndrome poncista - un segundo sobrero también de Zalduendo, mas otro fantástico sexto - a El Juli no le cupo más remedio que pegarse un arrimón sin cuento de ninguna especie y Eduardo Gallo quedó aún más en evidencia por su incapacidad de aprovechar la lujosa oportunidad que le brindó la tarde. Pese a la oreja del tercero, el petardo del salmantino con el sexto no podrá taparlo nadie. Como tampoco la inmensa faena de Ponce.
Mi enhorabuena a Enrique y a todos los que gozaron con su inenarrable obra. Como mi pésame más sentido a los contrarios e incluso a los tardoponcistas que ahora se le arriman traicioneramente arrepentidos. Y muy especialmente al par del palco de Almería que, de haber visto esta faena del valenciano, el cólico biliar les habría durado hasta la Nochebuena.