José Antonio del Moral
CLAUSURA DE TEMPORADA EN BAYONA
EL JULI DEFIENDE SU PUESTO CON FEROCIDAD Y CASTELLA LE RESPONDE SUCIDA Y COGIDO
Bayona (Francia). 3 de septiembre de 2006. Tarde agradable con lleno hasta los topes para ver el duelo en la cumbre taurina de las tierras galas entre El Juli y Sebastián Castella con un testigo de excepción, Morante de la Puebla, ante una corrida de Garcigrande en la que hubo de todo. Era uno de los carteles más atractivos del fin de la presente temporada y la verdad es que nadie salió defraudado por lo acontecido. Un gran espectáculo con la verdad del toreo por delante en su total dimensión y ello a pesar de los resultados orejófilos, ciertamente imprecisos y en varios casos abusivos.
Porque a El Juli le dieron la oreja de su primer toro pese a pinchar dos veces antes de agarrar la estocada definitiva tras una importante labor muletera, a Castella un rabo tras un bajonazo fulminante que cerró una excelente faena aunque no una de sus mejores, a Morante la oreja del cuarto tras otro espadazo traserísimo además de muy caído. Y como parte del público protestó la magnanimidad presidencial, cambió el palco de criterio y le quitó luego a El Juli la segunda oreja del quinto al que mató por arriba después de cuajar una de las faenas de muleta más importantes de su vida frente a un intratable animal.
Fue la respuesta de Julián López al reto de Castella que llegó a Bayona tan dispuesto a comerse a todo el mundo crudo o cocido tal y como viene haciendo desde que empezó la temporada. Aunque el madrileño nos tiene acostumbrados a esta clase de gestas, digamos feroces, cada vez que alguien osó apearle del machito y a sabiendas de que el nuevo gran torero francés no iba reprimirse lo más mínimo en su afán de conquista saliera lo que saliese por los chiqueros, la faena que El Juli llevó a cabo ayer fue de las que hacen época. La expresión gestual del torero dispuesto a defender su trono, la cara que luego de cada tanda superando lo que parecía insuperable exhibió como un chacal en pleno fragor de la batalla, y la que, ya radiante, presumió feliz aunque aún sediento tras la victoria, fueron dignas de ser retratadas por un gran pintor para que quedaran en la historia del toreo por los siglos de los siglos.
El Juli ya había enseñado los dientes en el segundo toro que pareció tener seis ojos repartidos por todo el cuerpo. Someter a un animal que miraba a todas partes a la vez fue labor de titán y de ahí en adelante, quedó el duelo servido. Tampoco Morante quiso quedarse atrás y, para empezar la corrida, se esforzó en desplegar sus encantos tanto de capa como de muleta pero falló garrafalmente con la espada. Luego volvió a intentarlo de con el feble cuarto pero como se hundió demasiado en las verónicas del recibo, en las aún mejores del quite y en los primeros redondos, el bicho se le vino abajo quedando su faena en su largo empeño sin mayores aciertos que los ya logrados que selló de estocada defectuosa, recibiendo el ya comentado premio muy a favor de la corriente triunfalista desatada.
Pero faltaban las torrenciales palabras de Sebastián Castella que acontecieron primero en triunfo y, finalmente, en drama. Aunque casi siempre ronda la cogida cuando Castella torea en situaciones límite, su primera labor resultó rotunda y limpia en su primera parte pero no después porque al natural no halló total acople porque el toro probó. Impertérrito y en busca de rizar el rizo como fuese, Sebastián encontró lo que buscaba muy al final del trasteo en la cercanía más angustiosa posible y el alarde convirtió el entusiasmo en absoluta pasión. No importó por ello que la espada le cayera baja. La mayoría del público quiso premiar al torero con todo lo premiable y cayó el rabo.
Pero después de la feroz respuesta de El Juli, Sebastián se vio obligado a superarse en entrega y en valor frente a un sexto toro que no cesó de defenderse y se pasó de rosca contrariando la razón. No fue una res lucida y, como la faena no podía ser como sin duda quería el torero, tuvo que recurrir al arrimón continuado hasta resultar cogido y, por cierto, herido sin que cejara el diestro en su heroico empeño hasta matar a su pésimo oponente. Tan dramática actuación terminó con la concesión de una oreja y, una vez más, con Castella en la enfermería. Afortunadamente, las heridas resultaron limpias y muy pronto saldrá el torero otra vez entero y dispuesto a ganar las batallas que aún le faltan por librar.