José Antonio del Moral

FERIA DE CLAUSURA EN BAYONA

 

MUESTRARIO DE MANSOS

Y ESPLÉNDIDA CENA

 

Enrique Ponce fue el autor de la faena más importante frente a la res más bruta, desobediente y rajada de la tarde entre las seis que compusieron la corrida de Puerto de San Lorenzo. Pero pinchó y perdió una posible oreja. Otra perdió César Jiménez por pinchar también su tersa e impoluta labor frente al tercero, el único potable del terrible envío salmantino del que lo peor fue a las manos de El Cid quien expuso mucho e hizo ímprobos esfuerzos por sacar partido de sus toros a los que, asimismo, pinchó.

 

Plaza de toros de Bayona (Francia). 31 de agosto de 2007. Primera de feria. Tarde fresca con rachas de viento molesto y tres cuartos de entrada. Seis toros de Puerto de San Lorenzo, muy bien aunque desigualmente presentados con sobrada romana, cuajo y pitones como corresponde a un coso de primera. Salvo el tercero que fue muy manejable y dócil, dieron pésimo juego por débiles, desrazados y mansos. El primero, que fue el único bravo en el caballo, perdió la poca fuerza que tenía al pegarse una voltereta nada más salir y repetir el volantín otra vez; aunque fue noble, embistió sin ninguna energía, muy sosamente y frenándose a medio viaje. Peligroso en segundo. Violento, desobediente y rajado el cuarto. Enseguida a menos y a peor el quinto tras tomar humillando y con nobleza el capote en el recibo. Y a la defensiva el sexto tras parecer embestir bien por el lado derecho al comienzo de la faena. Enrique Ponce (grana y oro): Estocada desprendida, ovación. Pinchazo a toro arrancado, otro hondo y cinco descabellos, aviso y gran ovación. El Cid (lila y oro): Dos pinchazos, un tercero hondo y descabello, aviso y palmas. Tres pinchazos, un tercero hondo y tres descabellos, aviso y silencio. Cesar Jiménez (berenjena y oro): Dos pinchazos y media estocada, aviso y ovación. Pinchazo y estocada caída, silencio. A caballo destacó Antonio Saavedra. En la brega, El Boni. Y en palos, Víctor Hugo Saugar y Jesús Arruga.

 

No todos los días son completamente felices en el toreo como en la vida misma. El juego siempre incierto de las reses de lidia depara inesperadas jugarretas como las que propiciaron malhadadamente las de Puerto de San Lorenzo que inauguraron los festejos de la siempre atractiva feria de clausura en Bayona. Queridísima ciudad que cada vez que visitamos – en mi caso ya desde hace más de treinta años y varias veces por temporada – nos acoge como hermanos. También y de qué manera la inmediata vecina y cosmopolita Biarritz, donde cual ocasional y desde luego oportuna compensación al berrinche padecido en la plaza de toros, fuimos invitados a cenar a la vera de la piscina del majestuoso du Palais por nuestro viejo amigo y Director General del gran y famoso hotel, Jean Louis Leimbacher, junto a distinguidas personalidades de la región y a los entrañables amigos desde que les conocí en México, los actuales embajadores de Francia en Madrid, Bruno y Annie Delaye, el Alcalde de Bayona y señora, el diestro Enrique Ponce quien tras saludar a todos se ausentó por tener que viajar a Egea de los Caballeros donde torea esta tarde, el imparable viajero y universal hombre de negocios, profesor Xavier Cazaubón, el permanentemente atento Director de la plaza, Olivier Baratchar, inseparables compañeros de la prensa gala y española, mas varios miembros del Jurado Taurino - asimismo invitados - que todavía lleva el nombre de la lujosa y costera ciudad. Amabilísimos y educados acompañantes que, aparte los exquisitos manjares que nos servimos del abundante y variado buffet - no les cuento el menú porque desfallecerían -,  nos hicieron pasar una velada realmente inolvidable.

 

No así la corrida que precedió a la cena y que enseguida deberíamos olvidar por lo mal que lo pasamos todos – toreros principalmente, ganaderos, empresa y aficionados – cuando, uno tras otro, fueron saliendo al ruedo el muestrario de mansos que compuso el encierro con tanto esmero elegido en la seguridad de que, al menos tres, darían brillante juego. Y es que la tarde se torció nada más empezar con un toro que, de no haberse pegado el volantín que se pegó al salir de un capotazo, más otro tras el gran puyazo que recibió de Saavedra, quizá le hubiera dado suficiente oportunidad de triunfar a Enrique Ponce quien, no obstante y como siempre, se esmeró en sacar partido del feble y sosísimo animal sin que la prolija obra llegara a prender en los tendidos. Lo ya demasiado sabido en el incombustible Ponce que luego, frente al mucho peor por violento, rajado y desobediente cuarto, dio una lección exclusiva de cómo meter en la muleta y hasta lograr varias tandas con la derecha a un toro que en otras manos hubiera sido absolutamente imposible. De haberle matado como al primero, hubiera cortado una oreja.

 

Oreja que también y si no hubiera pinchado, podría haber cortado Cesar Jiménez del tercer toro que, tras ser perdonado en varas, llegó a la muleta noble y con más energía que sus hermanos. Impoluto, con cristalina pulcritud lo toreó Cesar quien, aún a estas alturas de su carrera, continúa sorprendiendo con su estar y ser inasequible al desaliento en busca del arca perdida sin que la color ni el gesto de su cara se alteren por nada, ni siquiera en su arrimón final, lo que indica el valor que sustenta su especial y no por todos comprendida y escultural personalidad torera digna de ser plasmada en porcelana china. Después, con el sexto, volvió a intentar parecida faena manteniendo idénticas formas pero solo pudo conseguirlo en las dos primeras tandas con la derecha por que el animal se descompuso pronto.

 

En medio de Ponce y de Jiménez, al El Cid se le vio ilusionadísimo y al público expectante como nunca a sabiendas de su reciente gran triunfo en Bilbao. Ansia del torero, que expuso más de la cuenta en su propósito, y expectativas del público que, a lo muy largo de sus dos faenas de muleta, fueron poco a poco viniéndose abajo, sobre todo con el segundo toro que resultó un dechado de defectos. Las manos muy por delante en el recibo con el capote; tras señalarle simplemente dos picotazos, rebrincado y doliente en banderillas; gateó, se distrajo, esperó probando y mirón, gazapeó y hasta desarrolló peligro. Una penda, vamos. Con el quinto, El Cid se estiró señorial y muy firme por verónicas, media y larga en el recibo. Y como el toro tomó el capote humillando con nobleza y recorrido, brindó la faena al público en la seguridad de que respondería igual en la faena. Vana ilusión que, nada más iniciarla, se esfumó por completo.