TEMPORADA 2004

AUNQUE PAREZCA MENTIRA…

…En Bargas (Toledo), lidiaron una interesantísima corrida de "Alcurrucén" Enrique Ponce, Alberto Elvira y Cesar Jiménez que salió a hombros tras cuajar una buena faena a uno de los dos toros más encastados que hemos visto últimamente. Ponce perdió tres apéndices por pinchar y Elvira evidenció su falta de oficio

Plaza de toros de Bargas (Toledo). 20 de septiembre de 2004. Corrida de feria. Tarde calurosa con tres cuartos de entrada. Seis toros de "Alcurrucén" bien aunque desigualmente presentados y varios en juego, destacando por más encastados tercero y sexto. Manejable aunque justo de fuerza el primero, manso y complicado el cuarto e inéditos segundo y quinto. Enrique Ponce (celeste y oro): Dos pinchazos, media tendida y descabello, ovación. Pinchazo, media muy tendida y siete descabellos, aviso y gran ovación. Alberto Elvira (prusia y oro): Media muy caída fulminante, silencio. Pinchazo y media, palmas con saludos. Cesar Jiménez (amapola y oro). Estoconazo tendido, dos orejas. Pinchazo y estocada, palmas y posterior salida a hombros. "El Chano" se lució en banderillas y resultó revolcado sin consecuencias.

Uno temía por su reputación asistiendo a una corrida en la placita corralera de Bargas y no dispuesto a escribir sobre el evento que imaginábamos intrascendente. Pero cuando ocupé mi localidad y vi que en el callejón se acomodaba toda la familia Lozano y distinguidos aficionados como Felipe Laffita y Andrés Fragalde, me animé un tanto y más a medida que fueron apareciendo en el ruedo los seis toros de "Alcurrucén". Casi todos sobradamente presentados para una plaza de tercera y, en conjunto, de juego interesante cuando no importante. Tal los que le correspondieron a Cesar Jiménez que fue el triunfador de la tarde. Al que hizo de tercero, bravo, encastado y noble – un Núñez de los mejores que hemos visto últimamente -, Jiménez le hizo la faena más importante de cuantas le llevamos anotadas este año. Nada de su archiconocida "fórmula" porque el toro se comió la muleta y Jiménez tuvo que emplearse a fondo en dominar el espectacular temperamento del animal, cosa que logró a base de dejarle siempre la muleta por delante, aguantando los largos viajes con firmeza y conduciéndola con temple. La gente saltaba en sus asientos y yo me froté los ojos encantado con la casta del toro y la elocuente disposición del joven torero quien, tras matar de efectivo estoconazo, cortó dos merecidas orejas. Otras dos y quizá un rabo le podría haber cortado al sexto, más encastado aún que el anterior y con un pitón izquierdo de cortijo. Pero con éste Cesar no se atrevió por precavido y explicable conservadurismo, cortó en seco la faena temiendo ser desbordado y entró a matar rápidamente, perdiendo un triunfo de clamor.

El mayor aliciente de la tarde fue ver a Ponce en esta placita perdida en el mapa. ¿Por qué había aceptado el valenciano matar una corrida en semejante escenario recién llegado de Barcelona y de viaje a Logroño, nada menos?. Misterios del toreo y de sus tejemanejes. Al primero, noblón sin clase y de escasa fuerza, le enjaretó una de sus miles de faenas acordes con el mediocre juego del animal. Corrección, temple, medida, elegancia y a pinchar como en casi todas. Perdió por ello las primeras orejas de la tarde. Pero con el manso cuarto, por cierto un muy alto y extraño berrendo que los Lozano debieron incluir para ver cómo salía uno de los productos de ascendencia Galache que debían tener escondidos por sus campos, Ponce se destapó con una de las faenas más importantes que ha llevado a cabo en la presente campaña. La plaza echó humo en su honor. Los ganaderos aplaudieron entusiasmados y los toreros que había entrebarreras no perdieron detalle. Otra lección magistral del maestro. Difícil para entrarlo a matar por no humillar nunca y menos en destaparse para descabellarlo, pinchó Enrique y repitió siete veces con la espada de cruceta, dejándonos a todos con la miel en los labios.

Aunque Alberto Elvira tuvo peor suerte con sus toros y no halló método alguno para meterlos en cintura, abandonamos la plaza reconfortados por haber asistido a un festejo inesperadamente interesante. Los del pueblo, también.