FERIA DE SAN ANTOLÍN EN PALENCIA

José Antonio del Moral

UNA TARDE DEPLORABLE

NI LA LUCIDA AUNQUE PINCHADA FAENA DE LUGUILLANO CON EL MUY NOBLE PRIMER TORO DE "PUERTO DE SAN LORENZO" COMPENSÓ DEL RESTO DE UNA CORRIDA GAFADA, ABURRIDA Y TRISTE EN LA QUE NI SIQUIERA EL CIRCENSE ANTONIO FERRERA LOGRÓ ENTRETENER AL PÚBLICO Y MENOS AÚN "CAPEA" HIJO, TAN MAL CON EL DIFÍCIL TERCER TORO COMO ANTE EL EXCELENTE SEXTO

Plaza de toros de Palencia. 31 de agosto de 2005. Tercera de feria. Calor con menos de media entrada. Seis toros de "Puerto de San Lorenzo" muy desigualmente presentados y de vario juego entre los nobles y los mansos. Por mejores destacaron el primero y el sexto. También noble el segundo, se rajó pronto. Con genio el tercero, manso integral el cuarto y noble el quinto que se partió una mano por lo que hubo que matarlo nada más iniciado el trasteo de muleta. David Luguillano (negro y oro con claveles rojos): Pinchazo, estocada y cinco descabellos, ovación. Media ligeramente atravesada, silencio. Antonio Ferrera (grana y oro): Pinchazo, otro hondo y seis descabellos, ligera división. Media caída y descabello, ovación. Pedro Gutierrez Lorenzo "El Capea" (verde botella y oro): Pinchazo y estocada, silencio. Media y tres descabellos, silencio tras algunos pitos. Se lució en palos "El Chano"

Cada vez que me pongo delante de mi ordenador para contar la corrida que acabo de ver – casi a diario mientras dura la temporada – intento por todos los medios a mi alcance que la crónica cumpla tres objetivos: que sea corta, que dé una idea lo más aproximada posible de lo que sucedió en el festejo y que los que me lean se diviertan. Como yo me suelo divertir bastante cuando escribo, suelo cumplir casi siempre con la tercera condición – las otras dos por sí solas suelen aburrir hasta las vacas –, pero hoy tengo que reconocer que lo sucedido en la tercera de la feria palentina carece de perchas divertidas donde poder agarrarme.

Cuando me enteré de que Antonio Ferrera sustituiría al anunciado Serafín Marín, aunque como aficionado me llevé un disgusto, como escritor me solacé pensando en la cantidad de fechorías circenses que me correspondería volver a relatar. Imposible superar las de su anterior actuación, pensé. Y acerté. Pero en lo que mi pronóstico falló totalmente es en que en vez de hacerme reír, lo que logró esta vez Ferrera fue que deseara que acabara cuanto antes con sus toros. Horrible en banderillas con el segundo toro, se le rajó tan pronto en la muleta que no supo donde actuar por empeñarse en hacerlo mientras el manso no cesaba de huir y, en tantas idas y venidas, al extremeño se le acabaron sus dotes histriónicas y hasta de cómo matar. Y con el quinto toro peor porque aunque en banderillas anduvo Ferrera bastante mejor que antes, el toro se rompió una mano nada más iniciar la faena y a la gente le entró un ataque de nervios sensibleros hasta que el matador acertó a dar muerte al lastimado animal de media y descabello, instante en el que solo faltó que se encargara una misa por el alma del maltrecho animal.

La tarde, que empezó feliz y vistosa con un buen toro al que el siempre estrafalario David Luguillano toreó lo mejor que sabe en medio del mutuo encantamiento del vallisoletano con el público palentino y viceversa – quien no ha visto a Lugillano en Palencia no ha visto a Luguillano –, se estropeó con los pinchazos que impidieron a David cortar la oreja que buscaba para poder sustituir hoy a Ponce. Deseo que se rompió del todo en el manso integral quinto con el que Luguillano no pudo dar pie con bola hasta el hartazgo del propio animal que, molesto de tanto intento frustrado de que pasara de muleta, se lió a pegar cabezazos lo que importunó a su bien intencionado aunque equivocado lidiador.

Lo más triste aconteció cuando tuvo que intervenir Pedrito Capea a quien temo juzgar cada vez que le veo. Ayer fue con un terciado mal toro y con un más cuajado que, aunque flojo, resultó muy noble y más que posible. Mal con los dos. Nada de lo que hizo llegó al tendido una sola vez.

De ahí que, si intento verle poco, es por lo mucho que me duele tener que insistir en lo que, desde la primera vez que le vi en un festival, pensé que ocurriría: Que aunque quiere ser torero y pone admirable empeño en serlo, nunca lo conseguiría en la medida que sin duda se propuso cuando decidió vestir de luces. Pero como le veo tan de tarde en tarde, siempre espero mejoras. Aunque sea un rayo de luz. Una pizca de esperanza. Pero nada. Y no sé donde meterme. Ni qué decir. Y menos de qué escribir porque, cada vez, en quien pienso es en su padre, en el pedazo de torero y de figura que fue, en lo que tiene que estar pasando por dentro cuando ve a su hijo. Y en que lo que no puede ser no puede ser y, si además, es imposible, lo mejor sería dejarlo porque no hay derecho a que una criatura tan encantadora y tan buena persona como Pedro acabe amargado cuando descubra, quizá demasiado tarde, que a lo mejor estaba equivocado.