ANÁLISIS DE LA CAMPAÑA (II)
NINGÚN TORERO SUPERÓ LAS CIEN CORRIDAS
"EL FANDI" PODRÍA HABERLO CONSEGUIDO DE NO HABER SUFRIDO LA GRAVE LESIÓN QUE LO IMPIDIÓ POR LO QUE CESAR JIMÉNEZ RESULTÓ EL CAMPEÓN, SEGUIDO POR "EL JULI" QUE INICIÓ MAL SU CAMPAÑA AUNQUE DESPUÉS SE SUPERÓ HASTA RECUPERAR SU SITIO DE EXCEPCIÓN. Y, EN TERCER LUGAR, POR ENRIQUE PONCE QUIEN, DE NO HABER PINCHADO LA MAYORÍA DE SUS MUCHAS GRANDES FAENAS, HUBIERA SIDO EL INDISCUTIBLE TRIUNFADOR PESE A SU VOLUNTARIO DESEO DE TOREAR MENOS DE LO QUE SOLÍA
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Entrando en los casos más concretos de los que, verdaderamente, protagonizaron la temporada 2003 y remitiéndonos a los toreros señalados en la introducción de este análisis, los únicos instalados en la cima, "El Juli" y Enrique Ponce, permanecieron en la cumbre pese al menor rendimiento y tirón del primero con respecto a sus campañas anteriores y a la infinidad de orejas que perdió el segundo por su deficiente manejo de la espada. Ninguno de los dos superó las cien corridas como veía sucediendo en sus años de mayor plenitud profesional. Por lo que respecta a los que más les pisaron los talones y más destacaron por su regularidad en el éxito aunque tampoco sobrepasaron la mágica cifra de 100 tardes, Cesar Jiménez y "El Fandi" sobresalieron del resto. Jiménez como campeón en número de festejos, orejas cortadas, en más ferias proclamado triunfador y a pesar de lo que se le discutió. Y "El Fandi" por su indeclinable disposición y sus continuos progresos a pesar de tener que interrumpir durante más de un mes su arrolladora campaña tras sufrir una grave lesión en Pontevedra que le hizo perder todas las corridas que tenía contratadas en agosto y parte de septiembre hasta que, una vez reaparecido y totalmente recuperado, arrasó con más fuerza que nunca.
EPICENTRO DE SU PROPIO CICLÓN, "EL JULI", FINALMENTE, VENCIÓ
Por quedar muy solo tras la retirada de José Tomás y el deseo de Ponce de no entrar abiertamente en la competición aunque a la postre entró, "El Juli" fue desde el principio el epicentro de su propio ciclón. Pararrayos de todos los males, su figura fue inevitable objeto de toda clase de conjeturas y de la máxima atención. La evidente baja forma que venía sufriendo desde que inició su temporada en México y la ausencia de triunfos en las primeras ferias importantes - Fallas y Sevilla fundamentalmente - en parte debidas a la mala suerte que tuvo con los toros problemáticos que le correspondieron que, además, no resolvió con los éxitos a que nos tenía acostumbrados, provocó un sinfín de rumores sobre su estado anímico que, no pocos, achacaron a los cambios que había introducido en su cuadrilla y en su administración. ¿Qué le está pasando a "El Juli"?, fue la pregunta que unos y otros se hicieron mientras el jovencísimo maestro cubrió a trancas y a barrancas sus siempre esperados compromisos entre los que no faltaron algunos escándalos por el poco trapío y la falta de fuerza del ganado que mató en algunas plazas como en Castellón.
Para enredar más sus problemas, iniciados con la desde hacía un año negativa del torero a compartir cartel con el conflictivo Antonio Ferrera y éste con "El Fandi" en una primera corrida que la empresa de Bilbao anunció a los dos - luego se arrepintió e intentó torear con el granadino aunque no lo consiguió -, el ganadero Victorino Martín declaró a todo el que le quiso escuchar aunque sin dar explicaciones convincentes, su radical oposición para que Julián matara sus toros en una de las tres corridas que quería torear en San Isidro y se armó el follón. "El Juli" contestó de entrada que si no le dejaban matar los "victorinos" no actuaría en Las Ventas, pero una vez convencido de lo erróneo de este dislate, apalabró con la empresa madrileña que lo haría un una sola ocasión enmarcada en la Corrida de la Prensa - dentro de la feria aunque fuera del abono isidril - para matar seis toros en solitario de distintas ganaderías y renunciando a sus honorarios que cedería a instituciones benéficas. Solventado así el conflicto pero no lo que se cocía en el entrebastidor de los que, en el fondo, pretendían rebajar drásticamente los hasta entonces altos honorarios de "El Juli" como consecuencia del desgaste - lógico - de su tirón en las taquillas, lo cierto y verdad fue que el gran torero no levantó cabeza hasta la corrida que mató junto a Ponce en la miniferia de San Pedro Regalado de Valladolid. Triunfo que tranquilizó a sus gentes y al propio matador, de cara a su arriesgado reto en San Isidro, pero no a los que siguieron propagando su intención de pagarle menos que en años anteriores. Cuestión cuando menos discutible a la vista del dineral que todas las empresas se habían embolsado a cuenta de la fuerza del ahora tan injustamente denostado matador.
Llegado el día de la morbosa encerrona y aunque el sector intransigente de Las Ventas procuró por todos los medios que "el Juli" se fuera de vacío y fracasara, la irreprochable presentación de las reses elegidas, la en conjunto solventísima, sobrada y magistral lidia que el diestro dio a las seis, y la gran faena que hizo al bravo toro de "Fuente Ymbro" con la que puso la plaza boca abajo - cortó una oreja y el presidente le negó injustamente la segunda que por inmensa mayoría se pidió - dejaron el prestigio del impar espada en su sitio y, a pesar de que gran parte de la prensa minimizó su hazaña, la generalidad del público asistente y de cuantos le vieron por televisión reconocieron sin ambages que "El Juli" resolvió de cabo a rabo la tarde y que el dificilísimo compromiso se saldó para bien y con renovada ilusión del torero pese a no poder salir a hombros por la puerta grande.
Sin embargo, la disputa entre "julistas" y "antis", más o menos solapados, prosiguió. Julián continuó teniéndolo muy difícil y como no pudo sumar triunfos en las plazas más importantes - que no evitó -, de nuevo creció la impresión de que el torero no recobraba por completo la imagen de imparable fenómeno que hasta este año le había dado fama de intratable y más seguro campeón. Mala imagen que saltó en pedazos en la feria francesa de Mont de Marsan, donde "El Juli" cuajó dos portentosas faenas y triunfó con auténtico clamor.
La rotunda esplendidez de estas obras mostraron, como el año anterior, lo que tales hallazgos muleteros habían influido en "El Juli" para que, a partir de la de Linares con el toro de Sánchez Arjona, la de Logroño con el sobrero de "San Martín" y la de Vista Alegre de Carabanchel con el de Victoriano del Río cuando finalizaba temporada 2002, el diestro prefirió mostrarse en plenitud muletera ante las reses que se lo permitieran, abandonando las batallas que prodigó en los tres tercios tarde tras tarde, frente a toda clase de ganado y circunstancias favorables o adversas. Algo que, explicablemente, había cansado notoriamente al matador tras no pocos y graves percances, superados con tanto valor e indeclinable decisión durante más de cuatro temporadas seguidas, que nadie pudo imaginar darían paso a una estrategia más conservadora en busca de la calidad y, en definitiva, de otra versión más acorde con los sentimientos más íntimos del discutido diestro. Algo a lo que, desde luego, tenía todo el derecho del mundo "El Juli" aún a costa de sufrir las consecuencias de pasar de ser considerado un fenómeno arrasador a un gran torero excesivamente dependiente de la clase de toros que tuviera enfrente, lo que el gran público y hasta muchos de sus partidarios no terminaron de entender ni de aceptar.
Dada la insultante juventud de "El Juli", está por ver qué hará en los próximos años: Si descansará durante un periodo, si se decantará por su primera versión, por la que no le ha valido como él deseaba, o por la combinación de las dos. Algo que, una vez mediada la temporada, "El Juli" consiguió llevar a cabo en impresionante reacción pese a que en algunas tardes no pudo dar su habitual do de pecho. Aunque puso toda la carne en el asador, no pudo repetir sus irresistibles triunfos de Bilbao aunque llenó en sus tres corridas ni solventar totalmente su tercer compromiso con seis toros en Linares. Pero, poco a poco, "El Juli" empezó a ser lo que cuantos siempre creímos en él y desearíamos que fuera mientras esté en activo: Que además de cuajar con la muleta los mejores toros que le correspondieran - como el del faenón en la Goyesca de Ronda -, siguiera empleándose a fondo con los no tan propicios y continuara demostrando lo que ya sabíamos: que, además de poder y saber torear como el mejor, es uno de los lidiadores más inteligentes, más valientes y más completos de la historia del toreo. Así pudimos afirmarlo en la Corrida de Clausura de la plaza de Bayona con dos importantes toros de Javier Pérez Tabernero y, sobre todo, en su última encerrona en El Pilar de Zaragoza, ocasión que sirvió como ejemplo de cómo y por qué "El Juli" se sale del más común tiesto entre la torería contemporánea de más alcurnia. Solo por el hecho de ponerse delante de los seis impresionantes toros que salieron en el coso de la Misericordia, mereció un respeto imponente. Pero es que, además y a pesar del poco juego que la mayoría dieron, Julián anduvo por encima de todos, mató a los seis con Dios manda, se vació artísticamente en el último de Juan Pedro, cortó cuatro orejas y gozó de una apoteósica salida a hombros. En su temporada de 2003, "El Juli" sumó 86 corridas y cortó 114 orejas.
PONCE, MEJOR QUE NUNCA. AUNQUE, ESA ESPADA...
El ya tópico aserto que los entusiastas suelen gritar para definir las mejores faenas de sus toreros predilectos cada vez que las llevan a la práctica - "!hoy se torea mejor que nunca¡" - no fue un sueño sino la más clara y rotunda realidad en el caso del Enrique Ponce de 2003, en cuya temporada fue el autor de las faenas más hermosas e importantes del año y, además, en las dos versiones que vienen distinguiendo a tan grandioso torero como dominador incuestionable y como artista plástico fuera de lo común en consonancia a la sinigual destreza que posee ante ambos casos y sea cual sea la tesitura que presenten los toros. Como ejemplos extremos de ambas versiones, la histórica que le hizo a un descomunal y pésimo toro de Samuel Flores en la feria de Bilbao y la que realizó a un nobilísimo ejemplar de Juan Pedro Domecq en la corrida de clausura de plaza francesa de Dax. La de Bilbao quizá fue la más importante por meritoria de toda su vida y, desde luego, parangonable a la famosa del toro "Lironcito" de "Valdefresno" en Madrid que le consagró como máxima figura cuando su principal competidor era "Joselito", y a la más reciente del sobrero de "Charro de Llén" en San Sebastián que asombró a todos los que la vimos menos a la mayoría de los actuales aficionados donostiarras que todavía siguen sin enterarse de nada. Pero es que a más de estas dos, Ponce ha cuajado muchas más a lo largo de su campaña. Tantas y tan encomiables que, por la limitación que impone este trabajo, solo quiero recordar la de Fallas, también con un toro de Juan Pedro, las tres de Osuna con magníficas reses de "Zalduendo" sobre las que yo mismo escribí que Ponce "habló con Dios" mientras las hizo, la de El Puerto de Santa María donde indultó un muy bravo y encastado toro de "Torrestrella", y la de Bayona (Francia) con otra res muy encastada de don Álvaro Domecq. Cuatro pilares fundamentales de una campaña en la que, si Ponce no cortó más orejas que las 93 que logró en las 80 corridas que actuó vestido de luces, fue por sus pertinaces y desgraciados fallos con la espada. Suerte que nunca fue la predilecta de Enrique y que, tras el percance de León del año pasado, cada vez le cuesta más consumar como mandan los cánones porque si de siempre se retrasó en perfilarse era y es porque, aparte soler estar más a gusto toreando, casi nunca no lo ve claro con la espada, le importa un comino escuchar tantos avisos y, en vez de entrar a por todas en el momento límite, salvo en pocas excepciones se tira aliviado a pinchar porque el toro está agotado, descolgado, porque le mira demasiado, o porque no atiende a sus toques con la muleta. Calculo, aproximadamente, que si Ponce hubiera matado pronto y bien a todos los toros que lidió, en vez 93 trofeos habría cortado más de 150 y varios rabos por lo que hubiera sido proclamado triunfador absoluto de la temporada aún renunciando a alcanzar la cifra de 100 corridas como en los diez años consecutivos que las sobrepasó.
Que todo esto lo haya consumado a los 14 años de alternativa y desde la privilegiada posición económica y social que goza y tan bien se ha ganado, le añade mayor mérito aún por la sencilla razón de que si la temporada la planteó como un cómodo paseo para entretenerse y ganar un poco más dinero del que le sobra, a la postre la encaró en franca competición frente a todos y cada uno con los que alternó. Empezando por "El Juli" - el más directo y afectado testigo de varias de sus más celebradas y contundentes obras - y terminando por Fernando Robleño que tuvo la suerte - una osadía por parte de sus mentores y también empresarios - de figurar junto al de Chiva en un par de corridas mixtas en San Sebastián y en Almería con el rejoneador Hermoso de Mendoza por delante. Ponce siguió, pues, plantando cara a todos en cada una de sus actuaciones y la mayoría de las veces les venció desde la aparente simpleza y facilidad con la que, salga el toro que salga, afronta la lidia como si en vez de tener que jugarse la vida tuviera que beber un baso de agua fresca sentado cómodamente ante la barra de un bar de lujo junto al mar.
Si hubiera que hacer un monumento a la maestría en el toreo, el modelo más adecuado sería Enrique Ponce. Jamás vi a nadie que en cuanto toma el capote y la muleta dé mayor sensación de dominio, de conocimiento, de facilidad y de estar ante un torero tan definitivamente apabullante. Aunque muchos de sus más distinguidos detractores han acabado por reconocerle en toda su dimensión - siempre fue un torero excepcional - y hasta se han atrevido a descubrirle -!ahora¡- como si los que veníamos admirando y proclamando su impar valía no hubiéramos dejado constancia de ello desde que toreó su primera novillada con picadores en Castellón, otra temporada más el valenciano volvió a demostrar por qué se ha cuajado como el torero más completo, seguro y persistente de todos los tiempos. Los habrá habido mejores en el arte, o más admirados por su amplio sentido de la lidia, o por su más desnudo valor. O por las tres cosas a la vez. Pero de entre los tenidos por poderosos, ninguno ha logrado rematar una carrera más brillante ni más dulcemente triunfal durante tanto tiempo seguido y con un toreo tan dibujado, sosegado, templado, elegante y siempre acoplado técnicamente a las variadas condiciones de sus oponentes. Un toreo que, además, ha ido creciendo en solera, hondura y sentimiento a medida que en Ponce fueron decantándose todas sus innatas cualidades hasta desembocar en la absoluta - "divina", dijo alguien - perfección.
Precisamente por haber alcanzado tal grado como si fuera un semidiós, si ahora mismo yo pudiera aconsejarle como tantas veces lo hice cuando más lo necesitaba y sin ningún interés, le rogaría que se fuera de los ruedos para siempre. Porque a pesar de su madura juventud, ha llegado el mejor momento de hacerlo y, sobre todo, porque no habría razón ni derecho a que, por insistir e insistir, sufriera un contratiempo irreparable. Mejor harían los que tanto presumen de quererle en convencerle para que se marchara y gozara de lo mucho que ha conseguido - a Ponce ya no se le puede pedir más - en vez de empujarle a que continúe toreando con tal de mantenerse ellos en el lugar que disfrutan a costa de su gran categoría humana y profesional.