José Antonio del Moral
BREVE INCURSIÓN EN LA FERIA DE ALMERÍA
OREJA DE GRACIA PARA RUIZ MANUEL Y OTRA INSUFICIENTE PARA MORANTE QUE ACABÓ EN DESGRACIA
Almería. 21 de agosto. Segunda de feria. Continuó soplando en viento de levante y el público sin llenar por completo la plaza. Dos tercios de entrada. Y eso que toreaba el queridísimo y ya muy veterano diestro local Ruiz Manuel acompañado por Morante de la Puebla y por El Cid que tanto presume de figura. Empezando por el de Salteras, me apresuro a decir que esta vez no le acompañó la suerte. Tuvo el lote menos lucido y ya se sabe que cuando los toros no le dan facilidades, el actual Cid no pasa de una caricatura de sí mismo en su peor versión. Enmascarado tras sus adrede buscados gestos imperiales, hace que quiere y al final no puede porque le falla el valor, le falla por ello la cabeza y, en consecuencia, le falla el arma infalible del temple. Y sin lograr templarse con el picante genio del tercero ni con el bravo aunque rebrincado sexto, sus labores no pasan de trabajos forzados. Y además, pinchó. La actuación de El Cid, pues, anduvo muy lejos de la que debe exigirse a una figura del toreo en el pináculo de su joven madurez aunque, en su caso, tal juventud no se vea precisamente reflejada en su cariacontecido rostro.
Pero si de vulgaridades hablamos, la del Ruiz Manuel con el primero fue de libro y aún más de lamentar por la extraordinaria bravura y calidad de lo que tuvo enfrente. Un toro sensacional en todo y por todo que el diestro almeriense desaprovechó a su modo con tan innegable entusiasmo como escaso gusto. Mejor con el capote, acelerado y exageradamente locuaz aunque sin cadencia alguna por largos redondos y no tan largos naturales que cosió a los de pecho, y garrafalmente eficaz con la espada que enterró en los bajos más bajos del animal sin que ello importara para que sus paisanos demandaran los máximos trofeos. La presidencia dejó las pretensiones en una sola oreja. Hasta aquí, lo normal en Almería respecto al torero de la tierra. Llevan años encantados con la misma canción y allá cada cual con sus favoritos. Es algo que suelen padecer todas las capitales de provincia y no voy a ser yo quien intente impedir que así sea.
Lo que pasa es que si después llega un Morante de la Puebla, se harta de torear desplegando sembrado el embrujo de su arte, mata más correctamente y a la hora de los premios se le trata con el mismo rasero, cambia tanto el decorado y, sobre todo, el sentido del mejor toreo, que a muchos no nos cabe más remedio que enfadarnos si, por simple termino de comparación, los lances a la verónica y la preciosa aunque muy larga y en su breve mitad no del todo limpia faena de Morante no les merece mayor premio. Y quede esto dicho aunque a algunos no les guste leerlo.
Lo peor es que a partir de esta segunda y, repito, preciosa faena de Morante, la corrida se apagó sepultada por los baldíos esfuerzos ya mencionados de El Cid y por los tres toros que siguieron a la espléndida merienda. Muy cuajados y con aspecto de pesar más kilos de los que se anunciaron en la tablilla, pelearon con fuerza y con tan sobrados ímpetus que, más o menos aprovechados para darles matarí en el segundo tercio, llegaron agotados al tercero. Sobre todo el de Morante que en su no querer esforzarse ni taparse lo más mínimo pagó el pato con una bronca inmerecida aunque típica y tópica de las que esta clase de toreros suelen provocar cada vez que se les va la olla.
Más de lamentar en mi opinión fue lo de Ruiz Manuel con el moribundo cuarto. Después de torearlo bien con el capote, se cansó y nos cansó en sus eternas intenciones de justificarse muleta en mano tras la injustificable carnicería que permitió a sus picadores.