José Antonio del Moral
FERIA DE SAN JUAN EN ALICANTE
APASIONANTE MANO A MANO ENTRE
“EL JULI” Y MANZANARES QUE TERMINÓ GRAVEMENTE HERIDO
Y más que orgulloso tras lograr el
triunfo más legítimo de su carrera. Cortó las dos orejas del toro que le hirió
tras cuajarle una portentosa faena y matarlo de perfecto volapié sin permitir
que le llevaran a la enfermería para lo que le hicieron un torniquete. Fue lo más
emocionante de un correoso festejo en el que los toreros estuvieron muy por
encima de los toros y el público inexplicablemente frío con el diestro local
hasta llegar el momento culminante. Antes, El Juli había
andado tan sobrado como magistral cortando tres orejas, mientras Manzanares
llevaba su tarde injustamente de vacío con el peor lote de un por todo desigual
encierro compuesto con reses de tres hierros.
Plaza de toros de Alicante. 24 de junio de
2007. Séptima de feria. Se lidiaron reses de tres hierros. Dos de García
Jiménez (sin rematar, chico y avacado el muy flojo aunque con clase el primero
y más serio, fuerte y encastadísimo el sexto); un segundo de Peña de Francia de
la misma procedencia y dueños, con cuajo, pobre de cabeza y con poca fuerza. Y
tres de El Ventorrillo. Bien presentado, distraído y manejable aunque con genio
y finalmente rajado el que hizo de tercero. Cuajado, altón
y francote aunque sin humillar nunca el corrido en cuarto lugar. Y bravucón,
informal y sin ninguna clase el lidiado como quinto. El Juli
(corinto y oro): Pinchazo hondo y descabello, aviso y ovación. Estocada baja,
oreja. Estoconazo a capón trasero desprendido, dos
orejas, excesiva la segunda. José María Manzanares (marino y oro): Gran
estocada, ovación. Buena estocada y dos descabellos, dos avisos y escasísima
petición seguida de ovación. Gran estocada aún estando gravemente herido, dos
orejas. Pasó por su pie a la enfermería donde fue intervenido de grave cornada
con dos trayectorias en el muslo derecho al nivel del triángulo de escarpa.
Orgullo y pasión, sangre, sudor y lágrimas apenas contenidas
por la emoción a raudales que la mayoría de los presentes sentimos en lo más
hondo del alma cuando José María Manzanares se fue por su propio pié a la
enfermería en un derroche de hombría tras haber vivido los diez minutos más
intensos de su vida frente al toro que acaba de herirle gravemente. Hasta tuvo
el gesto de matarlo como mandan los cánones - ¡qué hermoso debe ser poder
hacerlo en tan inusitada circunstancia! -, verlo rodar, esperar a que le
concedieran esas dos orejas que tanto se le habían negado a lo largo de la muy
tensa tarde, que se lo llevaran las mulillas, agradecer luego y señorialmente a
la presidencia la concesión los trofeos, y abrazar a su padre que hasta la
arena había saltado para ayudarle más que preocupado porque había sido el
primer percance serio del queridísimo hijo, ambos más juntos sus cuerpos que
nunca porque solo ellos sabían perfectamente por qué había ocurrido todo.
Y es que a José Mari le habían fallado los reflejos y no
pudo quitarse del inesperado amago de cogida en la última décima de segundo,
como otras tantas veces había reaccionado a tiempo, debido al bajón de glucosa
que el joven torero había padecido por la mañana. Claro que, también habían
contribuido sus ilimitadas ansias de triunfo y la inexplicable e injusta
frialdad de la mayoría del público – ¡precisamente su público, sus paisanos¡ - tras la meritísima
faena que había conseguido enjaretar ante el muy complicado toro anterior que
se quedó amorcillado tras la estocada durante eternos
segundos por lo que sonaron dos avisos antes de que muriera de un segundo golpe
con el descabello. Y ni un pañuelo. Como si la plaza de Alicante se hubiera
convertido en Las Ventas de sus tardes más amargas. ¡Qué extraño, qué cambiante
es a veces el público de toros¡. Anteayer locos y
entregados con los más guapos de las revistas rosas. Ayer circunspectos y
exigentes con el gran torero de casa. Hoy, ya veremos…Porque, ¿Quién sabe?
En el momento de escribir esta crónica me entero por
teléfono de que Manzanares ya descansa en el hospital, y de que en León también
han caído El Fandi con rotura de escafoides de la
mano derecha que le va a tener más de un mes y medio fuera de combate, y
Cayetano de su segunda cornada en menos de diez días. El tiempo pasa en el
toreo a velocidad de vértigo y pronto se verán los tres de nuevo ante el
peligro. Así es esta fiesta, su grandeza y sus miserias más temidas.
Al llegar rápido al hotel para dar cuenta de lo sucedido, me
encuentro con El Juli en la puerta del ascensor y,
tras abrazarnos, repasamos la corrida en la que acaba de competir mano a mano
con Manzanares.
- Te creía
todavía en la enfermería, le digo. Te he visto entrar porque yo estaba esperando noticias en la puerta y no te
visto salir.
- ¡Qué pena lo de
José María, ¿verdad?, me contesta. Con lo bonito que habría terminado todo. Los
dos a hombros por
Noto a Julián seriamente consternado y contrariado. Nadie
como él sabe lo que es esto. Y me adhiero coincidente en todo. Lo mismo que a
su triple triunfo tan buscado. Porque El Juli había
entrado en el cartel sustituyendo a Morante de
El Juli, en efecto, había logrado,
tal y como suele y ayer más, fabricar cual prodigioso bordador las
aparentemente imposibles por débiles embestidas del primer toro en una faena de
creciente donaire y sedosa largura con redondos y naturales redondísimos que
ligó a sucesivos e improvisados molinetes, a pases de las flores, a trincheras y a eternos de pecho, compuestos
como un ramo de rosas de varios colores. Una preciosidad de faena que no fue
bien cerrada con la espada por lo que no tuvo premio.
Pero sí la segunda frente al bravucón tercer toro al que
pulió todas y cada una de las aristas del genio que sacó hasta cortarle la
oreja pese a lo bajo que le cayó la espada. Y dos al mejor matado quinto que no
dulcemente toreado porque con éste no hubo más que hacer que pasarlo de muleta con
recursos y experimentadas tablas sin atender a remilgos ni a florituras por lo
malo que fue.
Tres orejas contra ninguna de Manzanares, pusieron a cien al
más joven de cara al último y definitivo toro de la tarde. Y a cien, a mil, a
millón por dentro aunque por fuera tranquilo y sosegado lo toreó José Mari como
nunca en cuanto a ilimitada y apasionada entrega. Y a total, a absoluta pureza
en la interpretación del toreo fundamental y eterno. El más netamente
aristocrático que se pueda imaginar. Naturales, redondos y cambiados profusamente
ligados en series intensísimas, inacabables. Seis, siete, ocho seguidos, cosidos
como perlas hiladas en platino…
¿Más? Más. Y el toro cada vez más cerrado hacia el torero. Y
el torero más y más entregado y roto en cada muletazo. Y la plaza, por fin rota
también. Y todos deseando que entrara a matar ya mismo porque la faena se
alargaba más de lo debido cuando el triunfo lo tenía más que asegurado. Llegó
entonces la cogida. Y las lágrimas. Pena y alegría, enojo y satisfacción, rabia
y contento. Oro, seda, sangre y sol. ¡Así es el toreo¡ ¡Así de grande y de
tremenda es esta Fiesta¡. ¡Que te cures pronto mi
joven maestro¡.