José Antonio del Moral

FERIA DE SAN JUAN EN ALICANTE

 

MANZANARES SOBRESALIÓ EN MEDIO DEL DOBLE “VENDAVAL” DE LOS RIVERA ORDÓÑEZ

 

Pocas veces hemos visto tantas mujeres en una plaza de toros. Las de ayer dispuestas a dar todo lo dable a los famosísimos hijos toreros de Paquirri. Claro que, al llenazo también contribuyó la fuerza más formal de José María Manzanares, gran triunfador de la tarde frente a los dos toros más enteros y difíciles de una desigual corrida de Zalduendo, insólita por el genio que sacaron algunas reses y por lo que se lastimaron otras. De no haber sido por esto y por lo mucho que pinchó Francisco con el mejor lote, tanto éste como Cayetano podrían haber salido a hombros junto al alicantino aunque de ambos matadores, quien dio la sorpresa fue el menor, por primera vez capaz y acoplado en su mejor estilo con un astado serio y nada fácil del que cortó una oreja.

 

Plaza de toros de Alicante. 23 de mayo de 2007. Séptima de feria. Tarde muy ventosa con lleno absoluto. Seis toros de Zalduendo discreta y desigualmente presentados entre los bonitos y demasiado pobres de cabeza y los más cuajados. Dieron vario juego. Muy dócil el primero, con genio hasta pararse el segundo, inútil el tercero al romperse una mano nada más iniciada la faena de muleta, noblote aunque saltarín el cuarto, franco aunque violento el quinto, y muy brusco a más de complicado el sexto. Francisco Rivera Ordóñez (prusia y oro): Tres pinchazos, más de media trasera atravesada y dos descabellos, aviso y gran ovación. Cinco pinchazos y estocada, silencio. José María Manzanares (turquesa y oro): Estoconazo desprendido de efectos fulminantes, oreja. Gran estocada, oreja y fuerte petición de otra. Salió a hombros. Cayetano (lirio y azabache): Media estocada, silencio. Sablazo delantero algo atravesado, oreja. Cayetano mató el quinto toro por tener que viajar hasta León (¿?). Muy bien a caballo José Antonio Barroso y Chocolate. Y en la brega y en palos, Curro Javier y Juan José Trujillo. El banderillero Antonio Delgado “Batacazo”, fue dramáticamente cogido al poner un par, sufriendo traumatismo craneoencefálico de pronóstico reservado.  

 

De entre los centenares de prendas más o menos íntimas, flores y regalos varios que ayer cayeron torrencialmente al ruedo para festejar a los toreros, dos destacaron por simbólicos de las banderías que abarrotaron las localidades en opuesta aunque apasionada comparecencia. Las grandes bragas de una señora muy entrada en años destinadas a Francisco Rivera Ordóñez desde el sol y, desde sombra, un gallo blanco a Manzanares quien, por cierto, no supo como cogerlo. Hasta hizo gestos de asco José Mari, tan fino como poco acostumbrado a vérselas con aves de corral en radical contraste con lo mucho que tuvo que bregar y exponer con sus dos toros, dando una prematura lección de pundonor en apoteósico sentido de la responsabilidad de quien va para figura grande – ya lo es -, y es capaz de juntar en su sola persona la ciencia exacta de un Pitágoras y el arte escultórico, dulce e imperial, del sin par Miguel Ángel.

 

Refiriéndome por delante a José María Manzanares como corresponde a su ya adquirido rango, decir que si anduvo por encima de su primer toro que sometió con tanta determinación como preciso poder y no poca enjundia hasta matarlo con rápida eficacia y entrando más derecho que una vela tras la espada, aún mejor anduvo con el muy encastado, crudo y complicado sexto. Un toro que llegó con tanta movilidad como dudosa franquía a la muleta que pareció tomar sumiso al iniciar cada embestida pero no al terminarla con un violento tornillazo por lo alto. La solución del problema fue divinamente resuelta por el ya joven maestro mediante sutiles e imperceptibles toques de muñeca que, una y otra vez,  impidieron que los pitones alcanzaran el engaño por tan fiero animal que siempre quiso comerse al torero y nunca lo logró hasta terminar derrotado y, por consiguiente, rajado. Momento en que el torero terminó con sabroso macheteo digno de ser plasmado en un lienzo por el mismísimo Roberto Domingo.

 

La pelea, porque pura y dura pelea fue esta faena desde su arranque hasta su clausura,  resultó a la vez científica y hermosa, emocionante y sublime, eficaz y soñada. Obra de torero poderoso de altos vuelos a la vez que de catedralicio orfebre que, en cada ocasión que se le presenta por delante, viene convenciendo por igual a los que admiran el toreo como lucha cuerpo a cuerpo que a los que lo sienten como arte naturalmente improvisado. Tal dualidad tantas veces lograda por José María en esta temporada de su consagración, no se produce por un casual sino por la acumulación de virtudes que en torrencial y progresiva demostración sucede en casi todas las corridas que últimamente lleva toreadas José Mari, salgan los toros como salgan y sean como fueren. Y además, matándolos como suele hacerlo, con tanta facilidad como segura verdad hasta verlos rodar a sus pies y a la gente levantada de sus asientos. Regularidad en crecida perfección que, dada la poca edad del torero, no parece tener techo ni lo tendrá nunca a poco que la suerte le acompañe. ¿Hasta donde podrá llegar entonces este prodigioso y superdotado príncipe? Ya lo de dicho muchas veces y lo vuelvo a repetir. Estamos ante un torero de enormes dimensiones. Uno de esos pocos llamados a llenar toda una época bajo su mando.

 

La doble actuación de Manzanares en su tierra fue premiada con oreja – dos, pues, que debieron ser tres aunque un trofeo de más o de menos poco importa en su caso – tuvo que ser como fue, a golpe cantado, y además como respuesta al vendaval que los hermanos Rivera Ordóñez llevan consigo cada vez que actúan. Tanto cuando lo hacen separados y, aún más, cuando lo hacen juntos. En cuyo caso, no hay quien pueda igualarles en tirón popular y en loor de multitudes en trance de delirio colectivo.

 

Lo de Francisco se ha desbordado hasta grados inimaginables porque a sus miles de incondicionales no les importa si torea templado y formalmente como ayer a su muy dócil primer toro, que de cara la más corriente y vulgar galería como sucedió con el algo peor cuarto. La pena es que pinchara tanto porque, si hubiera matado a los dos con prontitud, seguro que le habrían pedido todo lo dable. Y es que resulta por lo menos curioso que sea ahora, quizá en los años finales de su carrera, cuando Francisco goza de más simpatías y de más general admiración, circunstancia que no acontece por razones estrictamente profesionales, sino por el recientemente decidido cambio de actitud personal de Francisco que antes solía mostrarse soberbio cuando no displicente o agresivo, y en estos momentos cariñoso, cercano, hasta fraternal con todo el mundo.

 

Otro caso el de su mucho más personalmente discreto hermano menor, Cayetano, en pos de lograr esa cima artística y torera que lleva tan dentro de su alma y que Francisco no llegó a alcanzar aunque, para ello, la tardía vocación de Cayetano esté resultando un tanto desconcertante y algo agitanada en su desarrollo. Pocas tardes cumbres seguidas de muchas otras desastrosas. La de ayer fue de las primeras. No de las más contundentes como en Jerez y hace pocos días en Barcelona, pero sí en un grado hasta ayer mismo, al menos para mí, desconocido. El que precisamente tantos estábamos echando de menos. Torear como sabe al toro con problemas que hasta ahora nunca había sido capaz. Ese toro que vende caro lo que porta y hay que sacárselo a base de echarle valor sin cuento y, a la vez, resolverlo con arte. Por eso, ayer me convenció en esta faceta para la que, sin toro con edad, trapío, fuerza y casta, resulta imposible. Celebro, pues, que por fin llegara este momento en el que Cayetano dio un paso importante de cara a sus ya inevitables compromisos que más pronto que tarde tendrá que cubrir en plazas de primera si verdaderamente quiere ser el que todos deseamos sea y, supongo, él mismo más que nadie.

 

Los que le vieron por primera vez, ya habían atisbado sus grandes virtudes artísticas con lo poco que pudo hacer con el tercer toro hasta que se rompió una mano y tuvo que matarlo de seguido. Pero con el quinto, que lidió adelantándose a su turno por tener que viajar a León donde actúa hoy, tanto los que seguimos su temporada en plazas y ferias mayores como los primeros descubridores, quedamos más que satisfechos. Y alguno más – nada menos que el gran Conrado Abellán – que, sin disimulo complacido al verle por el sabio mirar de su carísima cámara fotográfica, se dio cuenta alborozado de que en cada movimiento de Cayetano, fuera ante el toro o simplemente andando, yendo o viniendo, desplantado o en reposo, su natural y omnipresente apostura es de torero-torero-toreo por todos los costados. Como la de su eterno abuelo Antonio Ordóñez, que de casta le viene al galgo.