José Antonio del Moral

FERIA DE SAN JUAN EN ALICANTE

EL TOREO SOÑADO DE MORANTE EN MEDIO DE LA IMPONENTE REALIDAD DE UN NUEVO MANZANARES COLOSAL

El hijo del maestro, presente en la plaza, se superó a sí mismo respecto a su anterior tarde, cuajó una actuación memorable y salió a hombros. Y, entre las grandes faenas del joven diestro alicantino, Morante de la Puebla sembró el ruedo de arte con su genial muleta frente a un muy bravo quinto toro. Aunque ambos matadores fueron insuficientemente premiados por estúpida decisión presidencial, el público salió de la plaza asombrado por la inspirada obra del sevillano y más que encantado con la satisfacción de estar ante otra ya más que posible nueva figura del toreo de esta tierra. De la desigual corrida de los hermanos Matilla, Finito de Córdoba se llevó el peor lote y, aunque anduvo templado con el muy noble pero inválido toro que abrió plaza, su bello trasteo apenas fue tenido en cuenta.

Plaza de toros de Alicante. 23 de junio de 2006. Sexta de feria. Tarde muy calurosa con más de tres cuartos de entrada. Seis toros de los hierros de la familia Matilla, justos de presencia y de juego muy desigual. Inválido aunque muy noble el primero, pésimo por su escasa fuerza y muy corto viaje el segundo, bravo y noble el tercero, inservible el cuarto, muy bravo y noble el quinto y asimismo bravo aunque no completo en sexto que fue noble por el lado derecho pero sacó genio por el izquierdo. Finito de Córdoba (amapola y oro): Casi entera y descabello, ovación. Dos pinchazos y media, pitos. Morante de la Puebla (blanco y azabache con adornos rojos): Pinchazo y media atravesada, pitos. Pinchazo y estocada recibiendo, oreja y petición de otra. José María Manzanares (rojo y oro): Gran estocada, oreja y fortísima petición de otra que, incomprensiblemente, no fue concedida por la presidencia. Estoconazo contrario algo tendido, dos orejas. Salió a hombros. Como en la tarde anterior, de las cuadrillas sobresalió tanto en la brega como en palos el peón sevillano Curro Javier.

La renovada e incuestionable disposición de José María Manzanares hijo tomó ayer cuerpo de naturaleza en la más alta y amplia dimensión que se pueda imaginar. Que estaba dotado para ser un buen torero, lo supimos desde que empezó su carrera novilleril. Pero que también lo está para convertirse en una gran figura, lo demostró con creces por sitio, valor y arte en esta su segunda tarde de la Feria de Hogueras de su tierra que pasará a la historia. Alejadas ya de la cabeza de José Mari, y espero que para siempre, los miasmas de la comodidad y de la falta de ambición que parecieron detener su marcha a poco de doctorarse, desde que en esta temporada le vimos en Castellón, el pasado abril en Sevilla y anteayer en Alicante tuvimos la oportunidad de comprobar que la recuperación se había logrado por completo. Pero desde ayer mismo, a tal seguridad se añadió la más clamorosa de las certificaciones.

Mejorado sensiblemente su toreo con el capote y no solo en cuanto a firmeza y temple se refiere, también a capacidad creativa, de cómo toreó en redondo y principalmente al natural frente al muy buen tercer toro y de cómo lo mató de perfecto volapié, se podrían hacer comparaciones con quienes mejor lo hayan logrado. No se puede torear con más entrega ni con más pasión y al mismo tiempo con mayor limpieza, despaciosidad, largura y delicadeza. Porque siendo difícil torear relajado cuando a la vez se está tan arrancado como anda estos días Jose Mari - enfadado de verdad por dentro, dicen algunos -, más lo es lograr que la acelerada tormenta del valor se traduzca en éxtasis lentísimo. Y esto es lo que resumió ayer la primera gran faena del joven Manzanares. Gran faena que, a pesar de todo, un estúpido presidente premió con una solitaria oreja. Simple anécdota que en nada empañó lo colosal del hechizo catedralicio del hijo de quien tantas y tantas catedrales toreras construyó a lo largo de su vida profesional.

Y si esta faena de Manzanares hijo vino a ser, en cuanto a su traza arquitectónica, como el más clásico Partenón de antigua Atenas, aconteció luego el barroco sevillano del famoso e incomparable templo de El Salvador: La catarsis de Morante. Un toro bravo, bravísimo y muy noble de los Matilla. Y un artista sin par dispuesto a dejar escrita una obra sinfónica que el de la Puebla del Río fue deletreando con la personalidad que distingue sus modos y maneras de torear, abandonado a los sucesivos e inagotables chispazos que fueron saltando desde su imaginación hasta sus brazos, hasta sus manos, hasta sus dedos, hasta sus piernas, hasta sus pies y a todo su cuerpo que, transido, se convirtió en pincel de cada cuadro.

Puede que con palabras nadie consiga describir las especialísimas formas de torear de Morante, del lancear cual amapola o cual rosa o cual clavel en cada trance capotero; del ir y venir solemne al tiempo que grácil sobre sus propios pasos; de ese emborracharse enrollado sobre sí mismo mientras gira al interpretar sus molinetes únicos e inimitables; de los toques que en su versión parecen golpes de campanillas tocadas por seises; de los embroques que más que encuentros de su muleta con el toro en cada pase parecen dulces besos; de sus despedidas o remates en forma de trincheras, firmas y kikirikíes que sus manos resuelven con suaves y aterciopeladas caricias; de su displicencia lánguida, líquida y hasta gaseosa; de su cantarse a sí mismo con el son más hondo que le brota como el agua de una fuente; de la en fin entrega a cuanto le sale de lo más dentro de su alma estando en vena. Y qué sé yo, ni nadie sabe, ni sabrá nunca explicar lo inexplicable…

El caso que fue que, una vez conclusa esta nueva creación del más grande artista que haya dado la historia del toreo, un primer pinchazo pareció dar mal fin a tanta belleza aunque, de inmediato repente, a Morante le vinieron las ganas de matar recibiendo y de tal modo finiquitó el portento. ¿Solamente una oreja?. Solo. A todos nos dio igual. A todos salvo a Manzanares.

Porque lo que acababa de hacer Morante estimuló más de lo que ya estaba y si aún cabía más a Jose Mari. No tan bueno el sexto toro como lo había sido el tercero - su pitón izquierdo no fue fácil sino todo lo contrario - el niño se salió por peteneras en forma de verónicas, chicuelinas y ceñidas revoleras. Hasta que, sin que nadie pudiera ni pensar en que la nueva y más joven figura saldría muleta en mano dispuesto al todo por el todo, tanto se meció y se eternizó al templarse con la feliz derecha que, al intentarlo también al natural, resultó dramáticamente cogido y recogido poniéndonos al borde del infarto. Y todos al quite.

El primero en llegar fue su padre y el primero en decir "no pasa nada", el propio torero que, sin mirarse, siguió toreando tan entregado y tan soberbiamente como acababa de hacer. Y, por segunda vez, volvió a la escena el mismo drama. Y otra vez para delante como si lo terrible no hubiera sucedido. Y de nuevo el gran toreo para terminar con tres molinetes espléndidamente ligados a sendos de pecho y un estocadón contrario de tanto atracarse por lo que, quien presidía, ya no se atrevió a negar la segunda oreja que el gentío demandó con rabiosa exigencia hasta ver el segundo pañuelo sobre el rojo dosel del palco.

No quiero escribir de nada más porque de esta crónica solo deben quedar las impresiones positivas. Lo que jamás olvidaremos cuantos tuvimos la incalculable suerte de vivirlo, de padecerlo, de gozarlo, de sufrirlo, de sentirlo. !Enhorabuena a todos!.