José Antonio del Moral

A UN LADO Y OTRO DE LOS PIRINEOS VASCOS (II)

PONCE PINCHA UNA FAENA Y GALLO CASI CUAJA UN TORO DE EXCEPCIÓN EN DONOSTI MIENTRAS CASTELLA BARRE EN BAYONA

San Sebastián. 14 de agosto de 2006. Plaza de Illumbe. Primera de la Semana Grande. Siempre me acuerdo de la vieja plaza del Chofre cada vez que vengo a Donosti para ver una corrida de toros. De haber existido aquel asolerado escenario - la Sevilla del Norte -, otro gallo hubiera cantado con la corrida de Joselito-Martín Arranz que de seguro no hubiera sido de ocho toros sino de seis. Fue buena en su conjunto pese a fallarles algún toro pero como era víspera de la Virgen y, por tanto, de obligadas cenas, la gente empezó a irse del frío estadio cuando Ponce mató - como casi siempre mal - a uno de los peores, el quinto.

Eran las 9 de la tarde-noche, faltaban otros tres y los huidos se perdieron lo más bonito de la corrida a cargo de Morante de la Puebla con el noble sexto. Nada de especial relevancia aunque, cuanto sembró por todo el ruedo, le resultó precioso y, desde luego, sobradamente compensador de su no querer ver ni en pintura al probón segundo.

La interminable corrida se inició con una importante aunque despegada faena de Enrique Ponce frente a un largo, hondo y muy montado animal de pelo jabonero. Remiso, bravucón, mirón y algo resabiado aunque, cada vez que embistió, metió la cara, Ponce lo vio raudo, se limitó a lidiarlo con el capote y en los medios lo sometió con la muleta siempre puesta muy por delante y sin quitársela nunca de la cara para imantarlo y hacerle repetir como si fuera bravo. Algunos, incluidos determinantes especialistas de la crítica, pensaron que lo era.

Ponce lo hizo a su gusto, sin importarle nada la frialdad con que le tratan estos donostiarras apaolizados de la más reciente y desgraciada afición local. Tampoco el inoportuno aviso que le lanzaron desde el altísimo palco presidencial, justo antes de rematar su obra con tres magníficos ayudados por bajo. Pero Ponce se encargó luego de enfriar más la cosa con su fatal espada. No obstante, le ovacionaron y salió a saludar cortésmente. Faltaría más. De haber hecho esta faena en quinto lugar, también otro gallo hubiera cantado. Y si la hubiera hecho en el Chofre hace 40 años, hubiera formado un alboroto.

Por cierto que, hablando de gallos, el actual Eduardo se encontró en cuarto lugar con un toro de ensueño. A este paso, va a superar en suerte a El Cid. Venía de Bayona con dos estupendos valdefresnos en el esportón de sus recuerdos desperdiciados y añadió otro de la vacada de Joselito, felizmente presente entre barreras, que esta vez casi cuajó casi por completo. Fue lo mejor que le he visto hasta ahora a Gallo con la muleta aunque, mediado el trasteo, lo ensució agarrándose a los lomos del toro y dejándose enganchar la pañosa. Lo arregló con unas bernardinas cambiadas muy emocionantes y, sobre todo, con una estocada al encuentro de espectacular ejecución. O sea, que muy bien por fin Gallo aunque algo por bajo de la excepcional calidad del toro, razón por la que pienso no accedió el presidente a darle las dos orejas que pidieron sus muchos partidarios de Illumbe. No olvidemos que Gallo tiene raíces familiares vascas muy cerca de San Sebastián.

Estas raíces explican también que muchos jalearan tanto la muy larga colección de trapazos con que compuso su horroroso trasteo frente al octavo y último de la jornada. Un toro ciertamente complicado que no paró de pegar cabezazos y que necesitaba mucho temple para amoldarlo. Pretendían los paisanos que Tejela cortara la negada oreja, pero el salmantino pinchó y el vocinglero empeño del torero y de su animosa parroquia se fue al garete.

Matías Tejela quiso mucho pero logró bastante menos de lo que se propuso por mal estratega. Sus dos toros, ciertamente febles, sucumbieron ante la hondura a ultranza de su estilo y maneras de torear tan puras. Su magnífica intención le traicionó. Y es que ese toreo tan crujiente no le va a muchos toros de hoy en día.

 

SEGUNDA BARRIDA DE CASTELLA EN BAYONA

Bayona (Francia). 15 de agosto de 2006. Está tan en sazón el ya indiscutiblemente gran torero francés que, allá donde va, arrolla y barre para casa sin dejar títere con cabeza. Todo el mundo rendido salvo sus ridículos detractores de la prensa gala y a mandar. A Bayona llegó desde Dax donde había sido reconocido y entronizado por primera vez y, nada más hacerse presente con un muy flojo segundo toro que no paró de defenderse, lo templó tan quieto y tan bien que muchos terminaron por aplaudir al bicho en su arrastre. De tal modo respondió Castella a El Cid, incapaz de hacer lo mismo con el también muy flojo toro que abrió plaza.

Llovía intermitente aunque implacablemente sobre Bayona y me subí a la gradería cubierta para evitar el chaparrón por lo que pude ver con qué reverencia y entrega trataron los franceses al mejor torero que han dado las galias en toda su historia luego de pinchar y no poder cortar la oreja que tenía ganada.

Salvador Cortés que se presentaba en esta plaza se estrelló con un tercer animal sin la más mínima raza y después salió un cuajado y muy noble cuarto de Salvador Domecq que, !cómo no¡, le correspondió a El Cid. El de Salteras lo toreó con la grandilocuente y periférica retórica que últimamente prodiga para que no se note demasiado lo mal que lo pasa delante de la cara de los toros o, mejor dicho, al lado, porque delante no se pone casi nunca o hasta el final, cundo a las reses se les termina el resuello y El Cid canta y vende gestualmente exagerado cuanto y como se cruza. Lo mató de medio espadazo que se hundió solo en su caído hueco y de un golpe con el descabello con la oreja subsiguiente.

Nos echamos las manos a la cabeza con el abecerrado quinto. Una birria enseguida protestada hasta que la tomó de sus manos Castella quien, como por arte de magia, la convirtió en invisible gracias a su excepcional, variada, templada, ligadísima, asombrosa y redondísima faena en la que resumió toda su tauromaquia: la aprendida y la de su propia invención creativa. Entre otras virtudes, Castella también posee ya la de tapar los defectos de los toros o la de ocultarlos de modo que, mientras torea, la gente se olvide de ellos. Si el sablazo con que mató a este toro hubiera sido una gran estocada en lo alto, le habrían concedido el rabo. Cortó las dos orejas y salió a hombros después de que Cortés volviera a pasar desapercibido con otro muy flojo animal.