José Antonio del Moral
FERIA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS EN LIMA
"EL FANDI", IRRESISTIBLE VENCEDOR EN UNA PÉSIMA PARTIDA
SALIÓ A HOMBROS POR CORTAR LA OREJA DE SUS DOS TOROS Y HASTA PUDO SER EL PRIMER CANDIDATO AL "ESCAPULARIO" DE NO HABER MATADO TAN MAL COMO LO HIZO AL TERCERO, EL MEJOR DE UNA MALA CORRIDA COLOMBIANA DE PURO SALDO Y MEDIA CASTA QUE, INEXPLICABLEMENTE, ACEPTÓ TOREAR ENRIQUE PONCE PARA SALIR ESCALDADO PESE A LA OREJA QUE LE REGALARON TRAS DAR UNA TRISTE Y DESGRACIADA ALTERNATIVA AL PERUANO FERNANDO ROCA REY CON DOS RESES IMPOSIBLES QUE DE NUEVO EVIDENCIARON SU INCAPACIDAD PROFESIONAL
Lima (Perú). Plaza de Acho. 30 de octubre de 2005. Segunda de feria. Tarde muy gris y fría con tres cuartos de entrada. Siete toros colombianos de "Agua Luna", procedencia degenerada de "Zalduendo", incluido el sobrero que reemplazó al sexto, devuelto por lastimarse tras la caída que sufrió en la brega. Presentados en indecorosa e inadmisible escalera desde el ínfimo animalucho que abrió plaza – además de completamente inválido y mantenido en el ruedo sin el más mínimo rubor de la abroncada presidencia – hasta el mucho más cuajado y destartalado sobrero que nada tuvo que ver con sus dispares y más cómodos hermanos. Salvo el tercero que, pese a rajarse enseguida, resultó noble, un saldo amoruchado de media casta y de mínima acometividad en distintos grados de mansedumbre con un cuarto para colmo muy peligroso por el pitón derecho. Enrique Ponce (corinto y oro): Estocada caída muy tendida, oreja sin apenas petición. Pinchazo, infamante metisaca en el chaleco y dos descabellos, silencio con algún dicterio que otro. "El Fandi" (celeste y oro): Pinchazo y bajonazo, oreja sin suficiente petición. Estoconazo arriba, oreja. Tomó la alternativa Fernando Roca Rey (blanco y oro): Estocada caída, silencio. Bajonazo, leve división. "El Fandi" salió a hombros.
La impresionante ovación con que el público saludó a Enrique Ponce nada más deshacerse el desfile de las cuadrillas que el valenciano decidió compartir con sus compañeros de terna, no hacía prever lo que acontecería inmediatamente después de tan efusivo e ilusionado recibimiento. Algo tan tenebroso y tan triste como una invernal tarde más propia de un día de Halloween en el país más norteño de Europa que el de una jornada tópicamente radiante con sol, mocas y ambiente caluroso. Y es que Ponce no pisaba la arena de Acho desde hacía cinco años cuando cortó el rabo de un magnífico toro de "Parladé", mientras que el bicho que apareció ayer en primer lugar seguido de los que saltaron luego, más parecieron un lote destinado a un coso de carros sin categoría de ninguna clase que dignos de una corrida elegida para que la matara la primera figura del toreo en la plaza más antigua y señorial de América. Increíble el saldo de medio pelo y media casta que le trajeron a Ponce desde la vecina Colombia sin que imagino nadie hubiera visto antes semejante cosa y si por casualidad hubo alguien que lo vio, peor. En cualquier caso, quien estaba obligado a hacerlo de motu propio o por competente delegación era Victoriano Valencia, principal apoderado del gran torero, por lo que una de dos: o Ponce jubila de inmediato a su suegro o más pronto que tarde tendrá que jubilarse él.
Pero vayamos por partes. La primera fue ver como el pobre Fernandito Roca Rey intentaba que sus paisanos respetaran sus infructuosos intentos de justificarse ante el enclenque bichito con que hizo como si tomara la alternativa. Ni le dejaron brindar. "Que la novillada fue ayer", le gritó uno desde sol. Y a partir de ahí, la rechifla general. Una vergüenza el paripé. Repuesto algo el mal ambiente con un segundo también muy chico aunque más aparente, Ponce se aplicó sin conseguirlo con el capote porque el toro no humillaba nada y, tras un puyazo, humilló algo más aunque solo por el lado derecho, motivo por el que Ponce pudo hacer intermitente gala de su impar maestría en un trasteo que a la mayoría encantó pese a la desigual limpieza y traza con que lo resolvió. Vamos, una de esas faenas que Ponce ha hecho famosas por capaz de inventarse el toro y la obra misma en inverosímil creación con aspecto de milagro. Enterrada la espada de mala manera aunque con efectivos resultados, los menos sacaron sus pañuelos y, aunque el presidente tardó en sacar el suyo, terminó por exhibirlo para que Ponce paseara el trofeo tan ufano como si hubiera cortado la oreja más valiosa de su vida.
Quien sí cortó una valiosa oreja y hasta pudo cortar dos de no haber matado tan mal al tercer toro fue "El Fandi" que ayer sorprendió a los peruanos con unas verónicas de recibo y con una faena por redondos y naturales tan templados y tan cadenciosos, tan hondos y relajados, que más de uno tuvo que frotarse los ojos para creer lo que el granadino estaba haciendo. Eso sin contar su tercio de banderillas con las que "El Fandi" demostró ser capaz de clavar con espectacular y emocionante precisión incluso a los toros inmóviles. Como cada vez, puso a la gente en pie y a la plaza boca abajo. Esta gran faena de David Fandila también podría haberse convertido en la primera candidata al preciado "Escapulario de Oro". Pero dicho está que con la espada ensució lo que iba para triunfo grande.
Y a continuación se consumó el desastre que compartieron padrino y toricantano desde sus respectivas y alejadísimas situaciones. Porque Ponce apenas pudo lograr sino intentarlo con cara de circunstancias frente al manso y peligroso cuarto toro que en mala suerte le correspondió. Y aún menos Roca Rey, encima al borde del precipicio con un sobrero de muy feo aspecto, descarado de cuerna y en nada propicio aunque sin peor intención que la que pareció tener como consecuencia de la deriva capoteril y muletera – es un decir – que el reciente matador exhibió sin quietud alguna ni temple que valiera, ni terrenos adecuados para resolver el trance con un mínimo de profesionalidad. De pena.
Menos mal que entre una y otra catástrofes, "El Fandi" volvió demostrar por qué este año terminó su campaña en España como indiscutible y distanciado líder del escalafón. Inasequible al desaliento, pendiente de todo y atento a la lidia, se templó de nuevo con el capote, solucionó otro difícil tercio de banderillas y, aunque la faena no tuvo la misma traza ni el temple que la anterior porque el toro se le vino abajo por completo nada más iniciarla, mató bien, cortó otra oreja, compensó a los espectadores, salió de la plaza a hombros, salvo la corrida y dio respiro a la empresa al resultar irresistible vencedor de una pésima partida.