III DE LA FERIA DEL SEL SEÑOR DE LOS MILAGROS EN LIMA
BUEN INICIO Y GRAN FINAL EN UNA TORCIDA ENCERRONA DE CESAR JIMÉMEZ
CORTÓ UNA OREJA DEL PRIMER TORO Y LAS DOS DEL SEXTO, LOS MEJORES DE UNA PRECIOSA Y MUY NOBLE AUNQUE DEMASIADO TERCIADA CORRIDA DE ROBERTO PUGA EN LA QUE EL PÚBLICO PASÓ DEL CONTENTO AL DESENCANTO Y DE ÉSTE AL ENTUSIASMO HASTA SACAR AL TORERO POR LA PUERTA GRANDE
Lima. Plaza de Acho. 23 de noviembre de 2003. Tercera de feria. Tarde espléndida y buena entrada con aspecto de tres cuartos. Seis toros de Roberto Puga de preciosa lámina y vario pelaje aunque algunos terciados en demasía. Todos muy nobles en distintos grados de fuerza que fue justa, destacando el primero por su casta, el segundo por su mucha clase por el pitón derecho y el sexto por más bravo y completo. Éste último fue premiado con la vuelta al ruedo. Cesar Jiménez, que vistió un terno palo de rosa y oro, mató al primero de estoconazo caído de efectos fulminantes, oreja; al segundo de estocada que hizo guardia y siete descabellos, silencio; al tercero de estocada trasera y cuatro descabellos, silencio tras dividirse las opiniones; al cuarto de estocada con vómito, protestas; al quinto de pinchazo y estocada trasera, división; y al sexto de buena estocada, dos orejas. Salió a hombros.
Excelentes para el toreo pero demasiado justos de presencia en su mayoría, lo que pudo ser una tarde histórica quedó en festejo agridulce y desigual. Iniciado con gran expectación por cuanto se esperaba del ganador del Escapulario de Oro de la pasada edición, Cesar Jiménez gozó las mieles triunfales tras matar a su primer toro con el que anduvo fácil, medido y elegante aunque algo acelerado. Y cuando parecía que la tarde iba a ser un paseo glorioso sin problemas, fue poco a poco torciéndose hasta el punto que, lidiado el quinto, el ambiente que primaba en los tendidos de Acho se trocó en hostil y encrespado. Otra cosa hubiera ocurrido de haber matado Cesar bien al segundo que toreó sobre su magnífico pitón derecho con ligazón y más relajo que al anterior. Pero lo atravesado del espadazo le obligó a descabellar y como el toro no descubrió su cerviz, las agresiones se eternizaron. Disgustado el público y más el torero, algo parecido ocurrió con el más flojo y soso tercero que no gustó a la parroquia por su escaso volumen. Ya había perdido Cesar la oreja del segundo y, al no cortar la del tercero con lo que habría sumado tres apéndices y asegurado la puerta grande, los más exigentes se liaron a gritar y a pleno pulmón. Imagino que más contra el empresario y ganadero que contra el matador, víctima a la postre del tinglado y, sin duda, afectado por el enredo hasta el punto de eclipsarse física y anímicamnte. Fue, por ello, muy difícil superar la intrincada cuestión y lo cierto fue que, desconcertado e incapaz de reaccionar Cesar, optó por abreviar con el cuarto. Para colmo, el más serio quinto fue anunciado en la tablilla con bastante menos peso del que tenía y el inexplicable error puso las cosas más en contra y a los que tanto protestaban en franca evidencia porque, a simple vista, éste animal hubiera sido aceptado sin problemas. Duró poco el toro pero más la bronca y el festejo tocó fondo.
Pero en los chiqueros aguardaba el mejor toro del envío y, como nunca es tarde si la dicha es buena, el sexto salió alegre, con pies, repitiendo con encastada nobleza por los dos pitones y con sobrada bravura para que, a poco que el torero despertara de su letargo y se dispusiera a ser quien es, las lanzas se convirtieran en cañas. Lo que sucedió de inmediato con el capote en un estupendo recibo por verónicas muy templadas y con el posterior galleo por chicuelinas que desembocaron en un fuerte puyazo que al animal tomó apretando con fijeza. Buen detalle de Cesar al ordenar a su picador que volviera a hacer la suerte con el regatón para mejor lucir a su oponente de cara al ganadero, quitó por celebrados faroles a pies juntos y, brindada su muerte al gentío, llegó la faena apetecida por todos. Una faena que, al contrario que las anteriores, fue la que Jiménez tanto prodigó en la pasada temporada y tantos éxitos le propiciaron. De tal modo e hincado de rodillas, consumó lentísimos redondos, se arrebujó en los que luego ligó en pie, alargó los de pecho hasta lo inverosímil y se ahondó el los muchos naturales que siguieron con la plaza ya volcada a favor del torero, entregado y a lo suyo. Los kikiriquíes y ayudados pusieron broche a la obra y una eficaz estocada colofón a la jornada, finalmente feliz.
No quiero terminar esta crónica sin hacer algunas reflexiones sobre la actitud de un público que en determinados momentos pareció comportarse con manipulada premeditación contra una empresa que sabemos detestan según el consabido quítate tú para ponerme yo. Pero lo que no podrán quitar a Roberto Puga, independientemente del escaso tamaño de su segunda corrida es que de los doce toros que lleva lidiados en esta feria, ha echado seis de puerta grande. Y eso no es fácil. Como tampoco podrán evitar que, de ahora en adelante, será Roberto Puga el único ganadero peruano que podrá servir ganado con garantías para triunfar en Acho y que por el momento es quien posee la madre de la que podrá servirse la cabaña brava del Perú.