NOVILLADA EN MADRID José Antonio del Moral

EXCELENTE NOVILLADA DE "FUENTE YMBRO" Y SOLO DOS OREJAS PARA CESAR JIMENEZ QUE MATÓ LOS SEIS EN SOLITARIO

El madrileño, que hizo presentación y despedida novilleril en Las Ventas, tardó en calentarse y salió a hombros por puntos

Madrid. Plaza de las Ventas. 28 de abril de 2002. Tarde calurosa con rachas de viento al final y media entrada con más espectadores en sombra que en sol. Seis novillos muy bien aunque desigualmente presentados de "Fuente Ymbro" (procedencia "Jandilla") que dieron excelente juego de menor a mayor bravura y nobleza. Los tres últimos de escándalo. Al quinto se le dio la vuelta al ruedo por petición mayoritaria e insistente del público que también obligó a saludar al mayoral una vez finalizado el festejo. Actuó como único espada Cesar Jimenez (palo de rosa y oro): Estocada caída, ligera división. Pinchazo y buena estocada, división al saludar. Estocada, petición y ovación. Pinchazo, estocada desprendida y descabello, aviso y petición con ovación y saludos. Pinchazo y buena estocada, oreja. Estocada tendida de entrega saliendo rebotado, oreja. Salió a hombros entre algunas protestas del tendido 7. Los seis novillos fueron ovacionados en su arrastre. Bien en la brega y en palos "El Chano".

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Aunque los novillos de "Fuente Ymbro" regresaban a Las Ventas precedidos de la fama bien ganada en anteriores comparecencias en la capital y en otras importantes ferias como la de Fallas, la mayor atención de la jornada se centraba en la encerrona de Cesar Jimenez, voluntaria y difícil apuesta que le servía al mismo tiempo como debut y despedida de novillero en Madrid antes de su inminente alternativa en Nimes. Pero el juego que dio la novillada fue de tal calibre y la actuación de Jimenez ante los cuatro primeros ejemplares tan fría y gris que el protagonismo se lo llevaron de calle el propietario del lote, Ricardo Gallardo, y el criador de la ganadería de procedencia, Borja Domecq, quienes junto al mayoral no cesaron de recibir felicitaciones de propios y extraños. La alegría de los ganaderos y de los aficionados que tuvimos la suerte de presenciar el festejo no era para menos porque, después de lo que llevamos aguantando en otras plazas, ver lidiar seis animales tan bravos, con tanta movilidad y con tanta nobleza y clase algunos, era como para echar las campanas al vuelo. El primero no dio facilidades al novillero por su brusco embestir, pero el segundo sí por su grata nobleza por el lado derecho aunque tardeó demasiado; mejor el tercero que tuvo temple, nobleza y mucha fijeza aunque menos transmisión que los anteriores; superior el cuarto que terminó rompiendo con clase; excepcional en todo el quinto; y alegre mas asimismo nobilísimo el sexto pese a la mala lidia que le dieron. En definitiva, un lote de novillos para recordar mucho tiempo que nos compensó de las mansadas que acabamos de padecer en la feria de Sevilla.

Por lo que respecta al que debería haber sido el principal objeto de esta crónica, Cesar Jimenez, decir que aún sintiendo no poder elogiarle totalmente, salvó su honor y el grave compromiso con una salida a hombros que adornará su rango en el escalafón menor aunque al mismo tiempo debería preocuparle no haber cortado seis o siete orejas. Porque de no haberse calentado al salir el quinto novillo, la tarde se le hubiera escapado lamentablemente. Su reacción, sin embargo, fue notable cuando, espoleado por su apoderado Enrique Patón que estaba entrebarreras, irrumpió en el ruedo como debió hacerlo desde el principio: resuelto, capaz y a darlo todo según su leal saber y entender. Como le hemos visto en tantas ocasiones definitivamente triunfales. Pero Cesar salió más preocupado por el cuidado de sus maneras que de resolver técnicamente los problemas que le plantearon sus oponentes y el agarrotamiento de su mente enfrió su hacer hasta el punto de hacernos dudar de su valía. Sin apenas intervenir en quites y aunque recibió bien de capa y mató pronto a los cuatro primeros, no dio la talla con la muleta. Cuestión que le fue señalada por algunos espectadores aunque tampoco faltaron las palmas de cuantos le empujaron continuamente. Menos mal que estuvo a la altura del magnífico quinto, al que recibió con dos largas cambiadas en el tercio y muleteó espléndidamente, sobremanera al natural, con el único inconveniente del viento que a veces molestó. Si le hubiera matado al primer envite se habría llevado las dos orejas. De ahí que algunos pretendieran negarle la que le cortó al sexto, más para evitar que saliera a hombros que por negar su merecimiento. Volvió a lucirse Cesar en este postrero animal y empezó su faena en los medios con seis redondos de rodillas perfectamente ligados a los que siguieron varias rondas sobre ambas manos muy templadas y unos naturales preciosos a pies juntos antes de entregarse en una estocada de valiente.