13ª DE LA FERIA DE ABRIL EN SEVILLA José Antonio del Moral
HERIDOS ORTEGA CANO Y PONCE, CABALLERO TUVO QUE MATAR CUATRO TOROS CORTANDO UNA OREJA
Desigual corrida de "Parladé" y consternación por lo ocurrido
Sevilla. Plaza de la Real Maestranza. 16 de abril de 2002. Duodécima de feria. Tarde radiante y lleno. Cinco toros de "Parladé" de presencia y juego muy dispar. Manso total el primero que fue banderilleado con las negras y aunque huidizo muy noble. Segundo con peligro creciente. Tercero muy corto de viajes. Quinto deslucido pero posible y sexto de excelente clase pero rajado tras romperse una mano en plena faena. En cuarto lugar se lidió un toro con el hierro de Juan Pedro Domecq, propietario de los anteriores, flojo pero de excepcional temple y nobleza. José Ortega Cano (tabaco y oro): Ovación pasando a le enfermería donde le atendieron de golpes varios y posible fractura de radio. Enrique Ponce (cobalto y oro): Gran estocada, gran ovación pasando a la enfermería donde fue intervenido de cornada afortunadamente limpia y extensa de 30 centímetros en la pierna izquierda. Manuel Caballero (prusia y oro): Casi media caída y descabello, silencio. Estocada trasera desprendida, oreja. Trasera caída y tres descabellos, ovación. Estocada desprendida, ovación. Bien en aislados palos Mariano de la Viña, Antonio Tejero y sensacional José Antonio Carretero.
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Con el ambiente clásico del primer día de farolillos, las damas del palco de la Maestranza tocadas de mantilla blanca, muchos hombres vestidos de corto, mujeres de flamencas y no pocos pasados de copas, la tarde se presentaba alegre y triunfal pero pronto se tiñó de sangre y desgracia. Ortega Cano salió con ganas de desquite y la verdad es que pese a la radical mansedumbre del primero - no se puso delante del toro hasta que los clarines tocaron a matar - anduvo digno y a más en la faena de muleta que terminó entre ovaciones. Pero tras rematar su última tanda con un molinete y salir andando desplantado, perdió la cara del toro, se arrancó éste, arrolló al torero y aunque evidentemente dolorido lo mató como pudo, tuvo que pasar a la enfermería con la cara manchada y descompuesta, a sabiendas de lo que tenía. Una grave lesión que quizá marque definitivamente su ocaso. El segundo también salió huido del capote de Ponce quien, con precisión y templanza, lo lanceó atravesando el ruedo mientras intercalaba verónicas que fueron jaleadas. Mansote pues el toro, en un quite por chicuelianas de Caballero, acudió vencido y sin humillar, cantando lo que haría después: embestir con inciertas y aviesas intenciones que a Ponce no debieron importar porque la faena que le planteó fue como si el toro fuera bueno. Por eso y tras los primeros compases, tras cuajar un par de redondos con hondura, mando y al intentar ligar el tercero fue prendido por la pantorrilla y luego recogido por la hombrera quedando colgado de un pitón hasta que lo soltó tras largo rato de angustia por lo que podía pasar. Sin mirarse aunque cojeando prosiguió el trasteo Enrique sin dar la más mínima importancia al trance y ante las dificultades crecientes de su enemigo - estuvo a poco de ser nuevamente revolcado en varias ocasiones - entró a matar con increíble decisión, dejando una gran estocada en todo lo alto mientras el público se levantó para ovacionar al valenciano quien, una vez saludar al respetable, pasó a la enfermería por su pie. Aunque dada la serenidad del gran torero nadie pudo imaginar que iba muy herido, pronto supimos que lo estaba y mucho. Vergüenza torera, sentido de la responsabilidad y valor auténtico fue la estela que dejó Ponce en La Maestranza que tanto le mide y le espera.
Con los dos primeros espadas fuera de combate y aunque se rumoreó que ambos podrían regresar al ruedo - más por los deseos del público que por otra cosa - y todas las miradas centradas el vacío burladero de los médicos, Manuel Caballero se hizo cargo de la lidia de los cuatro toros restantes. Apenas pudo lucirse con el mal tercero. Pero con el cuarto mucho y muy bien. Este "juanpedro" fue de dulce y Caballero lo toreó de seda. Alarde de acople a la lenta velocidad con que embistió, Manuel ligó los pases como de salón, si bien por abrirse algo en toro en cada viaje y por no querer Caballero acortar las distancias, la preciosa faena careció de ajuste salvo al final de una de las tandas con la mano derecha. Por eso el premio quedó en una sola oreja. Premio que Caballero intentó duplicar con los siguientes toros y no logró. Podría haberlo conseguido con el quinto, manejable y rajado, con el que fue acoplándose de menos a más, valiente, decidido y a ratos muy bien, pero falló con los aceros. También podría haber triunfado con el sexto, en principio el de mejor juego del lote pero, nada más empezar su faena el diestro manchego, el toro se rompió una mano y aunque siguió prestándose, fue imposible ligar y menos redondear la faena al huir el bicho del engaño cada vez que Caballero fue enjaretando muletazos hasta que lo mató.