FERIA DE OLIVENZA José Antonio del Moral
OREJA MUY VALIOSA PARA "EL JULI", OTRA PARA "FINITO DE CÓRDOBA" Y ESFUERZO BALDÍO DE PACO OJEDA QUE REAPARECIÓ EN ESPAÑA CON UNA DESIGUAL, DIEZMADA Y DESLUCIDA CORRIDA DE "TORREALTA"
Olivenza (Badajoz). 2 de marzo de 2002. Primera de feria e inauguración de la gran temporada. Tarde muy fresca y lleno. Por ser desechado un toro de la ganadería anunciada y devuelto por reparado de la vista el tercero, se lidiaron solamente cuatro de "Torrealta", muy disparejos y deslucidos por falta de fuerza y de raza, salvo el segundo que dio buen juego. Los sustitutos, de "Guadalest", asimismo disparejos de presencia, muy a menos el que abrió plaza y pésimo el que hizo de tercero. Paco Ojeda (grana y oro): Tres pinchazos y bajonazo, silencio tras algunos pitos. Pinchazo y dos descabellos, muchas palmas con saludos. "Finito de Córdoba"(blanco y plata): Pinchazo y estocada, oreja tras insuficiente petición. Dos pinchazos, más de media trasera y tres descabellos, dos avisos y palmas. "El Juli"(celeste y oro): Pinchazo hondo y dos descabellos, ovación. Gran estocada, oreja y fuerte petición de otra. Los tres espadas brindaron sus primeros toros al Duque de Lugo que fue cariñosamente ovacionado al ocupar su barrera y en cada brindis. También asistieron el Ministro Portavoz del Gobierno, Pío Cabanillas, "Jesulín de Ubrique" y, entrebarreras, los matadores José Tomás, "El Litri", "El Tato" y Oscar Higares.
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La faena de "Finito" al segundo fue lo mejor de la tarde desde el punto de vista artístico, pero lo más importante con mucho lo llevó a cabo "El Juli" frente al último de los de "Torrealta", ganadería que, por el momento y visto lo visto, parece no iniciar bien este año contra pronóstico porque las camadas de las dos pasadas temporadas fueron excelentes. Siguiendo con "El Juli", arrancó su campaña española con muy mala suerte porque su primer toro fue devuelto porque no veía bien e iba incontrolado al bulto - ! increíble su embarque ¡ - y el sobrero de "Guadalest" resultó imposible hasta para él. Por eso tuvo "El Juli" que tirar de su raza, de su valor y de su excepcional inteligencia con el sexto para salvar lo que en principio se anunció como acontecimiento y pareció iba a terminar en decepción casi total. Julián, muy por encima de este toro de cierre sin clase y con genio, apenas se lució con el capote y, tras cubrir con mérito el trámite en banderillas, le plantó cara al toro y armó una muy importante faena de más a muy más. Primero porfiando, luego mandando y, una vez impuesto por completo el torero sobre el animal, templando intensas series de redondos y, sobretodo, de excelentes y largos naturales con sobredosis a derechas - el peor lado del toro -, pases de pecho encadenados y una estocada de irreprochable ejecución que tiró al toro sin puntilla. Inexplicable que la presidencia le negara el segundo trofeo después de haber dado la oreja del segundo a "Finito" sin petición mayoritaria. Bien es cierto que el de Córdoba logró lances de bella aunque desigual factura y series de gran hondura y mucho sabor con ambas manos que impactaron con fuerza en los tendidos. Pero no lo es menos que esta faena de Finito careció de redondez porque junto a pasajes magníficos los hubo grises y, además, pinchó antes de agarrar el espadazo definitivo. Pese a estas máculas, "Finito" demostró que anda sobrado de técnica y en un gran momento, lo que acreditó sobradamente con el muy débil y desrazado quinto, un toro muy pequeño que la gente protestó, al que fue construyendo sus embestidas poco a poco hasta lograr una faena que al principio parecía imposible. Lo necesariamente largo de este trasteo y varios pinchazos le costó a "Finito" escuchar dos avisos, pero también palmas sinceras de los pocos que se dieron cuenta del mérito de la obra.
Punto y aparte merece Paco Ojeda en esta su reaparición formal en España después del desastre mexicano. Desde luego dispuesto, su demasiado notable esfuerzo se esfumó con el primer toro, un grandullón de "Guadalest" que embistió a menos y por alto, y que fue excesivamente castigado en varas - todo un síntoma de alarma porque no lo requería - al que Ojeda muleteó perdiendo siempre pasos sin poder aquietarse. Cuando finalmente lo intentó no pudo respirar a gusto y, tanto en este último trance muletero como al entrar a matar, Ojeda lindó con el ridículo. Al cuarto, un castaño feamente despitorrado, suavón y sin fuerza alguna, lo recibió bastante más confiado que al otro con buenos, ampulosos y templados lances - lo mejor de toda su labor - y lo pasó de muleta sobre la derecha - con la zurda apenas se atrevió en frustrados apuntes - muy, pero que muy despatarrado aunque sin la firmeza que le dio fama hasta que, por fin, pudo meterse Ojeda en los terrenos que distinguieron su tauromaquia, cosa que hizo con tan ostensible gestualidad e ímprobo esfuerzo que pareció una exagerada caricatura de sí mismo. Pinchó y, en vez de perfilarse otra vez, tomó el descabello, algo inaceptable bajo todos los conceptos. No obstante y, aunque se oyeron gritos aislados en contra del torero, la mayoría del público respetó al de Sanlúcar.