LOS TOROS EN INVIERNO José Antonio del Moral

ENRIQUE PONCE, INTRATABLE EN ARTE Y VALOR, APLASTA A PACO OJEDA EN SU PATÉTICA CONFIRMACIÓN DE ALTERNATIVA EN « LA MEXICO »

El valenciano salió a hombros y Rafaél Ortega cortó una oreja

México D.F. Plaza Monumental. Tarde inicialmente calurosa y ventosa al final. Dos tercios de entrada. Ocho toros de Teófilo Gómez, desiguales en presencia y juego, destacando por mejor el tercero al que se dio la vuelta al ruedo y por más difícil el séptimo. En conjunto, el mejor lote fue el formado por cuarto y octavo, el más encastado. Medianos aunque manejables los restantes. Miguel Espinosa « Armillita » (berenjena y oro) : Dos pinchazos y estocada caída, pitos. Media estocada caída, pitos. Paco Ojeda (marino y mucho oro) : Cuatro pinchazos y media caída tendida, aviso y silencio tras ser pitado antes del arrastre del toro. Pinchazo hondo tendio y descabello, silencio. Fue muy pitado al abandonar la plaza. Enrique Ponce (burdeos y oro) : Pinchazo y media estocada, dos orejas y vuelta clamorosa. Pinchazo y estocada, petición y vuelta. Salió a hombros entre gritos de torero-torero. Rafaél Ortega (amapola y oro) : Pinchazo y buena estocada, oreja. Dos pinchazos y estocada, vuelta a hombros.

Un Enrique Ponce Ponce muy mentalizado aunque relajado, regresó a la Plaza México para decir su acostumbrado « aquí estoy yo » y sus deseos se convirtieron en tarde pletórica por partida doble con dos toros de muy distinta condición : el suave y terciado tercero que se prestó al mejor toreo de capa y de muleta que últimamente derrocha el valencino y un séptimo muy veleto y cujado que enseguida sacó genio peligroso con el que Enrique se jugó la cornada en una faeena diametralmente opuesta a la anterior por cuanto y como la llevó a cabo en una demotración increíble de pundonor, valor y dominio. El lunar de dos pinchazos previos a sendas estocadas lo pagó Ponce perdiendo un rabo más en esta su plaza preferida de América y la oreja de su segundo toro. Trofeo que en cualquier plaza de España hubiera logrado. Y es que en México saben detectar mejor el arte que el valor aunque, aparte estos matices valorativos del público, el grado de entrega y de clamor alcanzado por el todavía jóven maestro de Chiva alcanzó momentos de indescriptible apoteosis mientras duró su grandiosa faena y al ser despedido de la plaza. El faenón de Ponce fue un canto al toreo perfecto, al temple, a la ligazón y al buen gusto que expresó sobre ambas manos en total y limpia simbiosis con el magnífico burel mientras desde los tendidos caían docenas de sombreros hasta los pies del torero embelesado con su propia obra. Esta actuación memorable de Ponce tuvo, además, caracter de respuesta profesional a quien en los primeros años de los 80, Paco Ojeda, protagonizó un momento realmente estelar en el que, por su pasmosa quietud, revolucionó el toreo. Pero lamentablemente – ya lo apuntamos en Lima – este Ojeda del 2002 en trance de arriesgada reaparición vivió una tarde aciaga y una confirmación de alternativa patética pues quiso y no pudo. Con el torillo que abrió plaza, de medio viaje y progresivamente quedado, Ojeda perdió los papeles nada más iniciar su trasteo en el que solo hubo destellos aislados de lo que antes era capaz de hacer, terminando desbordado. Y con el quinto, que iba con la cara alta pero iba por los dos pitones, peor porque este animal sí fue franco y manejable. La prueba es que Ojeda lo intentó haciendo un esfuerzo enorme que no obtuvo ningún eco en los tendidos. Mal, además, con el capote y con la espada, Ojeda fue sombra de sí mismo y,pareció olvidado de todo lo que le aupó a la fama. Olvido imperdonable porque cuando alguien que se alzó tan alto cae tan bajo, lo que da es pena. Y un gran torero no debería dar pena jamás. Esperamos y deseamos que en los más graves compromisos que tiene firmados para la próxima feria de Sevilla logre desprenderse de los fantasmas que le atenazan porque si no, la hecatombe puede ser de campeonato. En México tuvo que escuchar de todo. Baste como ejemplo entre otros gritos impublicables lo que se oyó mientras pegaba su particular petardo el padrino de la confirmación, Armillita : «  !Miguel, cuando se vaya, llévese a Ojeda ! ». Y es que el también veterano espada de Aguascalientes se mostró asimismo incapaz con sus toros pese a los detalles que, como casi siempre, adornaron sus dos calamitosas faenas de muleta. Menos mal que el más jóven del cuarteto, el también mexicano Rafaél Ortega, salvó el honor de los aztecas con dos recibos espeluznates de capa a porta gayola, mucha vibración en sus variados quites, dos soberbios tercios con las banderillas en los que destacaron magníficos pares al quiebro y sendas faenas de muleta valientes. Vulgares, destempladas en gran parte, veloces, pero llenas de entrega.