LOS "LITRI" José Antonio del Moral

Texto de apertura para un acto cultural de homenaje a los "Litri" en La Real Maestranza de Sevilla

Exmo. Teniente Hermano Mayor y distinguidos miembros de La Real Maestranza de Sevilla. Maestros. Dignos empresarios de esta plaza de toros. Sr. Presidente de Aula Taurina que ha tenido la gentileza de invitarme a presentar este acto. Señoras, señores y amigos. Todos queridos aficionados.

Me cabe el honor de dirigirme a ustedes en este salón que hace años también fue testigo de mis palabras en otra de las sesiones que Aula Taurina viene organizando cada año con notable oportunidad y éxito. Y en esta ocasión, para presentar a dos grandes toreros, padre e hijo, que comparten el mismo nombre y el famoso apodo "Litri" por bandera que también honra a estos dos últimos diestros de la prestigiosa dinastía a quienes, además de haberles admirado como simple aficionado, tengo la suerte de ser su amigo y de quererles mucho. Circunstancia que no deseo influya para cuanto voy a decir por cuanto supondría contrariar la objetividad que debe presidir cualquier juicio sobre unos hombres que han protagonizado muchas páginas escritas con el capote, la muleta y la espada en los ruedos del todo el mundo durante muchos años. Los de mi más tierna juventud en los que gocé con Miguel Báez Espuny, "Litri" padre; y los de mi madurez como crítico y escritor taurino con Miguel Báez Spínola, "Litri" hijo, gracias al cual pude conocer mejor a esta maravillosa familia que aúna la torería, el señorío y la bondad con más intensidad que ninguna otra entre las que, ya al menos, haya conocido.

Como el toreo no sucede en un laboratorio ni los ruedos son tubos de ensayo aislados de toda contingencia, las aspiraciones y propósitos de los toreros e incluso sus estrategias suelen chocar con los condicionantes específicos del toro de su tiempo y con el talante de unas aficiones cuya espontaneidad llega a las plazas cargada de apriorismos y hasta se ve singularmente mediatizada por la información y por las apreciaciones de aficionados más o menos influyentes. Aunque no es nuevo que la realidad sea de una forma y se cuente de otra, nunca como hoy el dicho se ha impuesto tanto al hecho por lo que, para empezar, es necesario poner en claro muchas cosas.

Evidentemente, la imprevisible e infinita variedad del toro, por muy condicionado que esté, siempre termina por poner las cosas en su sitio. Es decir, que a la postre, los públicos, al menos mientras dura cada corrida, atienden a lo sucedido en el ruedo y medio olvidan lo que les habían contado porque la realidad es siempre más fuerte que la ficción, y la vence, o hace tablas con ella, y los toreros que legitima la prensa y la afición que presume de elitista, tienen el sitio que les corresponde mientras que los mejores profesionales siempre estuvieron, están y estarán en cabeza, quizá con menor prestigio del que merecen, pero en cabeza.

Sin embargo, estas perturbaciones en el orden jerárquico de la Fiesta que últimamente privan, carecen de relevancia frente a otras de mayor alcance, pues en el intento de frenar el eco de los éxitos reales y a los hombres que arrastran a las masas, la propia información e incluso los comentarios de los entendidos terminan por desacreditar cuanto difunden.

Es muy común escuchar a los tenidos por buenos aficionados que en el toreo priman las maneras sobre cualquier otra cuestión cuando la realidad es muy otra: que son esas otras cuestiones tan frecuentemente olvidadas las que sostienen el toreo y que las maneras, el estilo, lo que muchos llaman "arte" solo es la cáscara, el continente que envuelve el contenido. O sea, el fondo real del torero: el valor, la inteligencia, la raza, la capacidad de sacrificio, la fuerza de voluntad, el querer ser, la vocación, la ambición, el tesón, la indeclinable afición en definitiva. Y en que ese saber profesionalizar las cualidades que Dios da a cada torero, radica el mayor mérito de los mismos, mientras que los que no pueden lograrlo, han de contentarse con los elogios de la ilustración mientras las masas les vuelven la espalda en la mayoría de las taquillas.

En esta permanente contienda entre los que prefieren a los mal llamados estilistas y los que, sin despreciar a estos, saben distinguir y aprecian como se merecen a cuantos son más capaces frente al toro, siempre terminaron por imponerse los últimos, al fin y al cabo protagonistas sobre los que descansa el entramado de la Fiesta. Sin ellos y sin sus frecuentes éxitos, la pervivencia del espectáculo sería imposible porque no habría manera de confeccionar las ferias con la sola participación de los genios ocasionales o de los estilistas inconsistentes, desde luego magnífico y singular adorno que complementa los ciclos pero en absoluto sostén de los mismos. De tal modo que, sin la continuada presencia de los profesionales más responsables, sería muy difícil por no decir imposible la organización de las corridas de toros, precisamente porque alrededor del toro y de los toreros verdaderamente capaces gira el toreo como espectáculo rentable y pueden seguir toreando los que no se acoplan a toda clase de animales, aunque cuando lo consiguen, nos vuelvan locos a todos.

De ahí la admiración y el respeto que merecen los toreros que yo denomino básicos, los que dan la cara todas las tardes y en todas las plazas, y la gratitud que deben guardarles tanto los más destacados artistas como sus partidarios acérrimos. Calificativo este de aristas que también cabe a cuantos que sienten lo que llevan a cabo frente al toro y logran trasmitir su propia y más íntima emoción a los espectadores. Talante comunicador que certifica el rango artístico del toreo por encima de cualquier interpretación, por sublime o idealista que sea.

Dos de estos singulares maestros nos acompañan esta tarde y en ellos debo centrar la presentación de este acto para situar al auditorio ante sus respectivas y diferentes circunstancias aunque ambos estén unidos por una relación paterno filial, pertenezcan naturalmente a la misma familia, a un mismo tronco, a una misma dinastía. La de los "Litri".

Tal y como pudimos describir hace años en uno de nuestros libros me atrevo a repetir que << …el "litrismo" es una religión que hay en Huelva. Y que los Báez, monosilábicos, aparentemente taciturnos y en el fondo nobles, equilibristas impávidos del toreo, instalaron su vanguardia en Valencia y guardaron su santuario en la punta del mundo. El "litrismo", en efecto, es una fe taurómaca onubense que no pretende la comparación con otros estilos, ni exclusiviza los gustos de la afición. Se es litrista como se es andaluz, o cristiano, o marinero de bajura.

 

Huelva es como el final de la tierra, un abismo de mar hacia el infinito. El "litrismo", el toreo situado al borde del precipicio, el filo del hombre y el toro.

La memoria se pierde en los diversos Báez que pulularon en el siglo XIX y se detuvo en "El Maqui", bisabuelo de Miguel Báez Espuny y fue quien dio solera a la dinastía. Manuel, impresionante torero de valor, aportó respeto mítico con su muerte a raíz de una grave cornada en la plaza de Málaga el año 1926. Y el mencionado "Litri" padre, aquí presente, la gloria que consolidó el culto onnubense a la casta de toreros más relevante de esa tierra marinera.>>.

Entró en la profesión de sus mayores con su distintivo principal: El valor y, por lo tanto, espada en mano; mas con el don inmaterial pero comunicativo que se desprende de la bizarría a despecho de otras preceptivas: Este "Litri" llamado a ser impar gozó desde sus inicios de una mecánica imperativa e insoslayable: la que suelta los brazos, aviva la vista y aguza el sentido. Ocurrió, además, durante sus primeras andanzas que por el ancho campo andaluz desfilaba entonces como ahora lo más granado de la torería a quienes "Litri" trató de cerca y no solo vio como toreaban sino que escuchó atento como se explicaban los jerarcas del arte. De modo que, a diferencia de sus antepasados, desde que comenzó hasta que se fue y aún después de retirarse por tres veces, lo que hizo cuando quiso y como quiso para cada vez regresar al lugar preeminente que había ocupado, siempre supo lo que le convenía saber. Lo que la mayoría de sus partidarios y la generalidad del público, no supo nunca que sabía.

Con el nervio característico de los hombres menudos de cuerpo, enjutos, de pocas chichas y huesos ligeros como los de los pájaros, su leve resistencia al asta de los toros también le ayudó. También el misterio que se desprendía de sus ojos negros sobre la tez oliveña y el rebrillo que delataba la lumbre interior de un carácter aparentemente retraído pero ferozmente combativo en cuanto se ceñía el vestido de luces. Siempre pareció salir de la nada, como de la oscuridad el rayo, y una tarde tras otra electrizó al gentío. Entre ayes y olés, pausas de suspense y vítores fragorosos, surgía esa obertura que sería la gran y propia sinfonía litresca.

Desde sus clamorosos tiempos novilleriles en compañía de Julio Aparicio hasta mucho más allá de la memorable alternativa de ambos en Valencia, a los buenos aficionados no les importó su presencia junto a los toreros tenidos por más artistas, ni siquiera el parangón que le vendría cuando compitió con las grandes figuras integradoras del más puro clasicismo de su tiempo, como por ejemplo, Antonio Ordóñez. Y no les importó porque no era el torero inhábil, torpe, arrojado o "héroe a la fuerza" que hasta llegado él habían sido las características de los toreros de su raza, sino que, arbitrario y audaz, impertérrito e inmutable, se centraba y despedía por delante del pecho a los toros que más temían sus rivales: los más briosos, alegres y vivaces a los que recibía de una parte a otra del ruedo aun arrancados a su temible por veloz galope hasta anudárselos como se anudan las vueltas de la faja.

Ni siquiera aquellos desplantes arrodillado de espaldas al toro mientras tiraba la muleta y la espada a la arena mirando al tendido, que algunos tildaron de chocarreros,

no lo fueron porque hilvanados entre el cocer de la multitud, los empalmaba sucesivamente sin dar tiempo al refresco ni al análisis, yéndose inmediatamente tras

la espada para matar. Otra importante clave de la tauromaquia litrista porque al tiempo de engendrar la suerte y emprendido tan arriscado viaje, acompañaba hasta la reunión el hundimiento del estoque sin pararse en medio del camino para impulsarla haciendo el arco del brazo, tal y como se lanza un dardo o un venablo, como desgraciadamente era y es común hacer de los malos matadores. Y es que "El Litri", por puro atavismo, siempre dio al estoque el rumbo familiar.

Y como por entonces el ganado de las corridas de toros difirió generalmente poco de el de las novilladas y por, lo mismo, tanto unos animales como otros mantenían intacta la casta y, sobre todo, la movilidad, a los infinitos triunfos novilleriles que llegaron a eclipsar los festejos mayores hasta lo indecible, siguieron con tanta o mayor profusión y fuerza los obtenidos una vez doctorado. "El Litri", contra el pronóstico de muchos, pudo aún más con el toro que con el novillo y los públicos, subyugados, continuaron fieles a sus citas en todas las plazas del orbe porque cada tarde, en el instante de erguirse y llamar de lejos a las reses, tendida la muleta por su desafiante mano izquierda, aquellos mal contados 50 kilos de humanidad, transfundían colosales proporciones de emoción a los tendidos y, por qué no decirlo, también el escalofrío del arte trágico.

Una vez apagadas las ascuas del litrismo tras la tercera retirada que tampoco sería la definitiva de Miguel Báez Espuny, el rescoldo quedó salvaguardado por la inigualable bonhomía del maestro. Pocos habrán existido en el toreo que hayan permanecido en los corazones de propios y extraños gracias a su desprendimiento, a su hospitalidad, al continuo esfuerzo por agradar. Su finca "Peñalosa" se convirtió en frecuente y grata cita. Y Miguel en anfitrión excelso y en cocinero de primera división, siempre atento al paladar de sus invitados y visitantes.

A medida que avanzó el tiempo, en las faenas de campo en la placita de tientas de "Peñalosa", especialmente en las frescas y luminosas mañanas de la feria de Sevilla y durante las calurosas jornadas colombianas en la entonces maravillosa y todavía elegantemente salvaje Punta Ubría, cuantos seguimos acercándonos a Litri, vimos como iba creciendo su hijo Miki y como éste nos miraba todavía un tanto alejado del futuro que se le venía encima aunque ya le bullía. El padre regresó por una sola tarde para inaugurar la nueva plaza del Cabezo y volvió la llamarada litrista en todo su esplendor hasta que, pocos años después, el padre supo que a su primogénito empezaba a bullirle la afición. Probado su valor en multitud de ocasiones, hubo finalmente venia paterna y de la mano del compadre Paco Camino, más dispuesto que Miguel a que Miki y Rafi, el hijo del camero, formaran pareja novilleril de alcurnia, empezó la nueva historia. Lo que llevaron a cabo en un revulsivo que conmocionó el escalafón menor de entonces.

Por eso, cuando "Las Colombinas" de 1986 anunciaron de nuevo a un "Litri" en sus carteles, se conmovió la ciudad de Huelva, despertaron las conciencias, la afición al toreo se puso en pie otra vez, se volvieron a pimentar de anécdotas las nostálgicas conversaciones de los viejos aficionados, y la juventud que había crecido mientras moría ruinosa la vieja plaza de toros, acaparó sitio en la nueva.

Y aquel devenir de los hijos convertido en feliz y alegre juego por la precoz competencia de ambos en todas las plazas de España terminó en serio y con todas sus

consecuencias. Nimes fue el gran y espectacular escenario de la memorable alternativa de los nuevos matadores quienes tuvieron la suerte y el honor de recibir el doctorado de manos de sus respectivos padres y maestros. Al infrecuente por insólito acontecimiento asistimos muchos y pudimos gozar al tiempo con la postrer actuación

vestidos de luces de los progenitores - los dos en forma, en línea y a tope como si fueran a reaparecer - y a la primera tarde mayor de los zagales, atónitos al comprobar como sus padres les pegaban un lógico y considerable baño, sin que la espuma del jabón desmereciera en absoluto la también buena tarde de los niños.

E inmediatamente, el calvario. Un calvario tan previsto como inevitable porque el toro agigantado, muchas tardes parado, otras con dificultoso genio y casi nunca parecido al comportamiento de las escogidas reses que les habían proporcionado tantos triunfos, les heló la sonrisa, les impuso un gesto de preocupación y lo que hasta entonces había sido puro divertimento se trocó en ansiedad. Llegó pues el momento de la verdad y, ante tan difícil tesitura, cada uno de los nuevos valores respondió según su raza y condición, al margen de sus cualidades naturales más vistosas y visibles.

La de Miki, tal y como ya venía demostrado tarde a tarde en cuantas novilladas participó, irresistible y muy de fondo. Menos dotado artísticamente que Rafi, pero infinitamente más vocacional y mucho más dispuesto a dar una batalla que ni él mismo entonces podía imaginar. Pero la asunción total de su responsabilidad a costa de lo que fuera, sacrificios, volteretas, graves y sucesivas cornadas, muchas soledades y un esfuerzo supino que le alejó voluntariamente de su situación acomodada, le condujeron poco a poco a una gloria que al principio parecía imposible y a la postre se tradujo en éxitos. Tan continuos como meritorios porque a la par de ejercer de figura con la obligacion de triunfar a diario, el nuevo Miguel tuvo que reaprender todo el toreo desde la A hasta la Z.

Al contrario que su padre que pudo mantener el lujo de hacer sus cosas mieentras estuvo en activo aunque lógicamente las fue perfeccionando en temple y armonía a medida que fue ganando oficio, la primeriza e inevitable fidelidad del hijo al estilo y a la gestualidad de la casa, no pudieron tener los mismos resultados al tropezarse Miki con reses muy cuajadas, muy pasadas de edad, de infinitamente menor movilidad y en casi nada parecidas a las que se lidiaban en los años 50 y 60.

E intacta, mantenida la raza contra viento y marea, Miguel Báez Spínola añadía a la heredada personalidad y al carácter paterno otra materna en cuanto a un muy natural porte aristocrático. De tal manera que, cuando el nuevo matador se asomaba liado a la puerta de cuadrillas, parecía aunar en un mismo ser todos los genes familiares de los "Litri" mas la pinta principesca de su asimismo heredada sangre noble. Y no solo la pinta, también los hechos. En la plaza y en la calle. En los ruedos y en la vida. En un saber estar y en un saber ser orgulloso por dentro, sencillo por fuera y siempre igual. O sea, con clase. Eso que se mama y quien no lo mama jamás podrá tener. Una clase personal o mejor dicho, qué clase de persona, que a Miguel le acompañó y le acompañará mientras viva. Por eso titulé "El Príncipe Valiente" una de mis crónicas

referidas a su primera tarde en Fallas como matador de toros y por lo mismo se la regalé grabada en bronce con una dedicatoria en la que con el largo trayecto felizmente consumado que yo había intuido contra el pronóstico de la mayoría de mis colegas, me alegraba tener la oportunidad de rubricarlo diez años después.

De aquel tierno y no por ello aguerrido infante, Miguelito fue dando paso a Don Miguel en una de las metamorfosis toreras - por técnica, relajo y temple - más sorprendentes de la historia hasta el punto de llegar a cuajar muchas grandes faenas que muy pocos creyeron iba a ser capaz de llevar a cabo. Ejemplo para toda la grey torera de su tiempo, ni una sola figura de cuantas conocemos entre retirados y actuales ha ocultado su más profunda admiración por Miguel Báez Spínola.

Quiero decirlo hoy en este salón anejo a una plaza que sigue siendo el Palacio Real del Toreo y lo digo para lamentar respetuosamente el comportamiento cicatero que gran parte del público sevillano tuvo con el más joven de los "Litri" en las ocasiones que logró faenas memorables en la Maestranza. La primera, esperada y hasta ansiada por el torero desde su propia incredulidad en conseguirlo hasta su consumación frente a un toro muy encastado de "Los Guateles" del que cortó una oreja que deberían haber sido dos. Aquella gran faena fue la constatación de cuanto he dicho, como pocos años antes lo había sido en Madrid cuando en una feria de San Isidro "tocó el techo de Las Ventas", asimismo sorprendida en su desgraciadamente habitual manía de comportarse de manera preconcebidamente hostil con algunos toreros. Más tarde, en la misma Sevilla, dio una lección de temple en gran parte inadvertida con sendos torazos de Sánchez Ibargüen alternando con sus entonces colegas de cuadra "El Tato" y Pepín Liria, ambos clamorosamente triunfantes sobre la espuma de un clamor inenarrable. Y posteriormente, otra ración más de ingratitud tras su postrer gran faena a un toro de Gavira que toreó como los ángeles en otra feria de Sevilla.

Entre las muchas cimas de Miguel, cabe destacar la también inesperada por muchos incrédulos en la solemne plaza de Vista Alegre de Bilbao frente a un bravo e imponente toro de "Zalduendo", que tuve la suerte y el honor de profetizar con 24 horas de antelación en una tertulia del prestigioso Club Cocherito cuando alguien me preguntó sobre el por qué de mis últimas y elogiosas crónicas sobre Litri y yo le rogué que esperara solo un día para obtener la respuesta en la seguridad de que se la daría el propio diestro. Apuesta que gané gracias a los inmensos progresos de Miguel y que hoy le agradezco con toda mi alma porque la mejor y más decente manera que tienen los toreros de pagar a sus más atrevidos panegiristas es dándoles la razón con la muleta y con la espada frente a un toro.

Una vez logrado cuanto se había propuesto, figura del toreo entre las más grandes, presente en todas y cada una de las ferias del mundo durante muchos años, triunfador en la mayoría de ellas y tan feliz por fuera como, para su suerte y gracias a su exquisita educación, también por dentro, a Miguel le premió Dios con la fortuna de un par de despedidas más que felices y gloriosas. La de Huelva y, sobre todo, la de México en cuya plaza Monumental llevó a cabo su postrer gran faena, amplificada hasta el delirio por los olés de las miles de gargantas que allí saben cantar el torero con más oportunidad, pasión e intensidad que en ninguna otra de las plazas del mundo.

La felicidad personal que hoy gozan Litri padre y Litri hijo es la que se han ganado y se merecen. La nuestra al comprobar como la disfrutan y comparten, aún mayor. Y desde la íntima emoción de poder dar fe de ello, solo me cabe darles mi enhorabuena y el abrazo que nuca les faltará de este modesto escritor y periodista que ha tenido la

oportunidad de expresar públicamente y en esta importante tribuna sus sentimientos de cariño y de amistad hacia esta familia, a la que considero como mía. Muchas gracias a todos.