5ª DE LA FERIA DE SAN ISIDRO EN MADRID José Antonio del Moral

CABALLERO Y CASTAÑO PINCHAN DOS FAENAS PREMIABLES

Decepcionó por blanda la corrida de Iban y el festejo resultó en gran parte aburrido

Madrid. Plaza de Las Ventas. 15 de mayo de 2002. Quinta de feria. Tarde calurosa y lleno. Seis toros de Herederos de Baltasar Iban, bien aunque desigualmente presentados y armados. Dieron juego diverso, sobresaliendo lo blandos y sosos con la salvedad del muy noble primero y del también noble y más encastado sexto que fue el mejor por irse muy arriba en el último tercio. Los tres primeros cumplieron sin más en varas y los tres últimos mansearon ostensiblemente. Manuel caballero (prusia y oro): Estoconazo algo trasero y tardío descabello, aviso y ovación con saludos y ligeras discrepancias. Media estocada y descabello, silencio. Francisco Rivera Ordóñez (turquesa y oro): Pinchazo, estocada corta desprendida y descabello, silencio. Estocada desprendida de buena ejecución, palmas. Javier Castaño (blanco y plata): Estocada corta caída y descabello, inexplicable silencio. Tres pinchazos y estocada, ovación.

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La quinta de feria fue un "bocadillo" con los panes más sabrosos que el contenido. Pues los cuatro toros centrales de Iban blandearon en exceso y se comportaron con desesperante sosería mientras que los que abrieron y cerraron plaza hicieron honor a su fama y propiciaron el lucimiento de Manuel Caballero y de Javier Castaño. Pero a ambos diestros les persiguió la racha de pinchazos que la feria padece hasta el momento y perdieron sendas orejas. La de Caballero la hubiera obtenido con cierta reticencia de los eternos disconformes porque a ellos les pareció su oponente poca cosa. Sin embargo y si la cuadrilla de Caballero hubiera elegido este toro para correrlo en cuarto lugar, otro gallo hubiera cantado porque la faena de Manuel fue solvente, elegante, templada y solemne al natural con la única pega de resultar algo fría por lo poco que el bicho transmitió y por el fácil acento del intérprete que anduvo demasiado sobrado, como profesoral.

Lo que vino después tuvo tan poco fuste o tan pobre desarrollo que nadie duda de la inoportunidad de la elección. Mala suerte, pues, porque dado estado ambiental que desde hace tiempo padece la plaza de Madrid, esta misma faena del manchego hubiera sido premiada sin ninguna duda y por unanimidad pese al tardío descabello cuando en la plaza había cinco o seis mil aficionados de verdad. Y es que en Las Ventas ya no los hay. Cada tarde predomina un aluvión cambiante de espectadores sin que nunca falten los no más de veinte reventadores fijos que no paran de gritar y se imponen a la masa. Regañan, ordenan, insultan y, en definitiva, mandan sobre la grey ocasional que ya les asume como inevitables en la plaza de sus amores.

Por entrar en la gran parte negativa del festejo, decir que Rivera Ordóñez anduvo demasiado superficial y periférico con el muy flojo segundo, supongo que en el intento de no atosigar sus frágiles embestidas, y bastante más metido en harina con el quinto al que mató con notoria decisión, único momento en que logró la anuencia del público, pasando el trance en cualquier caso sin pena ni gloria. Y que Javier Castaño salió espoleado por el delicado momento que atraviesa, logrando la atención del público por sus ganas y por su evidente entrega que no pudo resolver completamente bien con el tercer toro porque solo le aguantó tres tandas y enseguida se vino abajo, aunque sí frente al último pese a pincharlo y perder el triunfo que tanta falta le hacía y sigue necesitando.

Punto y aparte merece, desde luego, su faena de cierre porque el toro fue un pavo y porque pese a mansear en el caballo se fue arriba en palos y llegó con encastado brío a la muleta. Con mucho que torear. De ahí que cuanto le hizo Castaño tuviera tanto eco en los tendidos, sin duda emocionados por la gran transmisión del toro y de la obra. Estatuarios impertérrito, redondos cosidos a los de pecho sin enmienda, naturales aislados aunque largos y un par de circulares precedieron entre ovaciones y olés a los tres pinchazos y a la estocada que sentó a todos e imagino que más al propio matador como un jarro de agua fría. Fue el momento en que todo el mundo huyó en busca del televisor para ver el partido de fútbol minutos antes iniciado. Partido que también pesó mucho en la jornada en la que además de a los vociferantes habituales se oyó gritar el nombre de Raúl con más fuerza y entusiasmo que el de los tres toreros.