NOVENA DE FALLAS EN VALENCIA José Antonio del Moral
PRECIOSO TOREO DE "MORANTE" Y PETARDO DE TOMÁS
Muy desigual corrida de Nuñez del Cuvillo y otra tarde sin orejas
Valencia. 18 de marzo de 2002. Novena de feria. Tarde agradable aisladas rachas de viento y lleno. Seis toros de Nuñez del Cuvillo, incluido el sobrero que sustituyó al devuelto cuarto por muy flojo. Tanto o más el que se lidió, los demás fueron un muestrario de diverso tipo y comportamiento, destacando por su nobleza el muy cuajado tercero y por su extraordinario juego el feo quinto. Feble aunque manejable el primero, difícil el segundo y muy poca cosa el sexto que duró un suspiro. Vicente Barrera (grana y oro muy viejo): Estocada trasera caída, ovación. Pinchazo hondo muy caído y estocada caída, silencio. José Tomás (marino y oro): Pinchazo y trasera caída, más pitos que palmas. Cuatro pinchazos, sablazo en los bajos y dos descabellos, dos avisos y saludos pese a la ligera división de opiniones. Morante de la Puebla (amapola y oro): Estocada muy baja y atravesada, gran ovación. Dos pinchazos y bajonazo, palmas.
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La feria se está escapando sin que nadie haya logrado reventar la plaza con un triunfo indiscutible porque unos días no hay toros y otros no hay toreros. En esta ocasión, sin embargo y, a pesar de la tremenda desigualdad del encierro lidiado, únicamente sobresalió el toreo de Morante de la Puebla con un buen toro y el petardo que pegó José Tomás con el mejor, una de las reses con mayor movilidad, fijeza, tranco y nobleza del ya largo serial. Y como no merece la pena que nos detengamos en la desgraciada actuación de Vicente Barrera que reaparecía en su Valencia tras dos años en el dique seco - bien y firme pero desigual con el primero y nada con el imposible por inválido cuarto - vayamos al meollo de la corrida en la que, por segunda vez, la estrella era José Tomás, aparte las sorpresas que pudiera dar Morante de la Puebla. Fue él, en efecto, quien después de la desastrosa por continuamente enganchada faena de José Tomás con el muy difícil segundo, sembró el ruedo de torería, orfebrería, ángel, duende y todo lo que al carácter netamente artístico de la obra puedan ustedes imaginar. Los tendidos se encendieron de ovaciones y Morante, recreado para sí mismo, llenó la arena de pinturas. No todas perfectas ni en consonancia al buen comportamiento del toro, pero sublimes en cuanto a la expresión del torero por lo a gusto e inspirado que se le vio. Pero cuando estábamos dispuestos a sacar los pañuelos, Morante entró a matar de mala manera, dejó la espada en el sótano y lo que iba para oreja fuerte quedó en gran ovación sin que el de la Puebla quisiera dar una vuelta al ruedo de las de verdad. Con el sexto, que apenas duró, solo algunos pases aislados, apuntes, detalles y de nuevo mal con la espada.
El otro gran capítulo de la jornada corrió a cargo de José Tomás y esta vez para su mayor desgracia porque cuando sale un toro como el quinto, se le lidia tan mal, se le tarda en entender más de ocho minutos dando un recital de enganchones a merced de las embestidas del toro que no tuvo más remedio que revolcar al torero por su falta de cabeza, de mando y de lo que hay que tener. Y que, tras el susto muestre, por fin, lo mejor que es capaz en tres tandas soberanas en las que dejó ver la excelente condición de su oponente hasta que, con la gente metida en la canasta, se tire a matar sin la más mínima fe, pinche repetida, feamente y a segundos de los tres avisos, es como para cerrar la tienda y no volver. Pero no. Tomás tuvo la desfachatez de salir a saludar a los incondicionales que le aplaudieron pese a que, como en su anterior corrida, había dejado escapar el triunfo, puesto en bandeja, que todos esperaban para cantarlo en latín otra vez. Mal he visto a José Tomás en esta feria, digan lo que digan, y no por que no haya querido, sino porque no ha podido, dando la impresión de tener la mente en no sé qué sitio que a nadie importa el donde, el cómo, ni el por qué…