TEMPORADA 2001 José Antonio del Moral
¿ POR QUÉ ES TAN POCO FIABLE LA CRÍTICA ACTUAL ?
El reciente triunfo de José Tomás en la Maestranza de Sevilla ha puesto de manifiesto los problemas y carencias que, desde hace tiempo, vienen aquejando a la mayoría de la crítica taurina actual. Las radicales discrepancias que ha provocado este acontecimiento han confundido a los lectores de las secciones taurinas de los periódicos y de los recientes "portales" de internet, a los oyentes de espacios especializados en las emisoras de radio y no tanto a los televidentes porque las imágenes que posteriormente fueron seleccionadas por distintos informativos y programas no se correspondieron con los comentarios dedicados al diestro de Galapagar mientras aparecía en las pantallas. Lo que del evento han dicho las revistas especializadas no puede tomarse en serio dadas las razones publicitarias que, a tanto la página o por intereses encubiertos, justifican la exagerada magnificación de los éxitos del torero en cuestión, proclamado "rey" por enésima vez como si todavía no lo fuera para los que vienen entronizándolo desde hace años. Pero sí he de insistir en las consecuencias de la televisión porque, muy a pesar de algunos, es la que al final pone las cosas en su sitio. Lo más peligroso del medio televisivo es, precisamente, que anula en gran parte el ambiente entusiasta que provoca el torero en las plazas y no suele casar con lo que inmediatamente después de terminar el festejo escriben o cuentan los críticos que llevan la crónica escrita desde el hotel o se dejan arrastrar por la marea. También sucede al contrario, pues muchas faenas vistas en directo quedan diezmadas por la ruidosa hostilidad del tendido e incluso pasan por malas para gran parte de la crítica hasta que pueden verse por televisión. De ahí que los buenos toreros siempre acepten ser televisados y los llamados "genios" lo rechazan o lo toleran a cuentagotas y de mala gana porque cuando se ven en los vídeos que encargan privadamente no se gustan. Y no se gustan porque la idea sublime que tienen sobre su propio estilo y sobre sus más celebradas creaciones choca con la fría realidad de las imágenes. Prefieren las instantáneas fotográficas - todos los artistas tienen maravillosas colecciones del segundo más perfecto de sus mejores lances y pases - y les encanta la florida retórica que sus obras provocan a los comentaristas más barrocos y locuaces. Por seguir con el mismo ejemplo, la "otra dimensión" de que hablan algunos para diferenciar a Tomás basándose en el quite por chicuelinas que hizo en el primer toro de la corrida del Domingo de Resurrección, quedó hecha añicos cuando pudo verse por televisión. Solamente los pocos que en la plaza contemplaron la corrida ajenos a la algarabía que se formó percibieron que las muy cantadas chicuelinas resultaron arriesgadas y emocionantes, pero tropezadas, inconclusas, en absoluto limpias. Defectos que las imágenes dejaron patente - como en tantas otras tardes triunfales de Tomás - e incluso impusieron silencio a quien, previamente, había anunciado un ampuloso "no va más" que solo existía en su apasionada imaginación.
Los críticos están obligados a ver las corridas con fría e inexcusable atención a cuanto sucede desde un exigible conocimiento del toro y del toreo y si no disponen de este equipaje no es ni puede ser correcta su misión. Menos aún si se dejan llevar por la corriente para no molestar o para no crearse enemigos en el intento de conservar sus puestos de trabajo. Nadar y guardar la ropa es lo que priva y lo que ha convertido a la crítica taurina actual en todo menos en crítica. Es cierto que los periodistas taurinos del presente no están comprados salvo excepciones puntuales que todos conocemos, pero la mayoría no son fiables. Y no lo son porque, aparte lo que acabo de señalar, la incompetencia de gran parte de la actual generación es tan lamentable como evidente: escritores más o menos brillantes que, sin saber nada del tema, crean opinión desde un preconcebido lucimiento literario sin entrar en el meollo de las cosas porque no saben ni quieren saber ni falta que les hace; aprendices que pontifican porque de repente se ven escribiendo o hablando en importantes tribunas y se creen "papas"; atrevidos que no habían visto ninguna corrida hasta que fueron nombrados críticos. Y algo peor. Cuantos conocen verdaderamente la entraña del toreo y confunden a su audiencia por intereses extraños a la misión que tienen encomendada. Desgraciadamente, pueden ser los más dañinos porque su prestigio legitima cuanto afirman sin razón. Cuesta decir que, en el momento actual, la crítica más encopetada compatibiliza en varios medios la producción, la información y la opinión por comprensible y legítimo - aunque en nada ético - afán de lucro, sin contar sus frecuentes intervenciones en actos patrocinados en los que participan los toreros para que el público "pique", asista en masa y haya beneficios. Connivencias que desvirtúan la realidad y, en cualquier caso, limitan la independencia profesional en el sentido más estricto del término. No es de chocar que desde que se impuso la telefonía móvil, los profesionales se fíen más de lo que les cuentan de cada festejo con urgencia sus amigos de confianza que de lo que decimos los periodistas. Así está esto.