FERIA DE SEVILLA José Antonio del Moral

VALIOSA OREJA PARA UN INTELIGENTE, VALIENTE Y ENRAZADO "JULI" Y FAENA MUY CELEBRADA DE ORTEGA CANO QUE DIO LA VUELTA AL RUEDO TRAS MATAR AL ÚNICO BUEN TORO DE LA DEBUTANTE CORRIDA DE MARCA

Plaza de la Real Maestranza. 27 de abril. Octava de feria. Tarde excelente y lleno. Seis toros de José Luis Marca, desigualmente presentados por peso, hechuras y cornamenta y de juego asimismo desigual con predominio de los que sacaron genio, salvo el cuarto que terminó muy noble para la muleta. El primero, muy escobillado de pitones, se rajó tras una voltereta y el quinto quedó inédito por parado en la muleta tras ser muy duramente castigado en varas. José Ortega Cano (lirio y oro): Tres pinchazos yéndose y media tras echarse el toro, silencio. Pinchazo, estocada y descabello, aviso y vuelta al ruedo. Enrique Ponce (marfil y oro): Buena estocada, silencio. Dos pinchazos y casi entera trasera, silencio. El Juli (marino y oro): Estoconazo muy trasero y dos descabellos, aviso y gran ovación. Estocada trasera volcándose, oreja.

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Tarde muy entretenida aunque incompleta con triunfo de "El Juli", como siempre entregado, inteligente y valiente sin tregua ni cuartel. A su manera y rondando con lo tragicómico frente al único toro claro del encierro, Ortega Cano estuvo a punto de triunfar, mientras que Enrique Ponce pasó casi inédito por el pésimo juego de sus toros y, en parte, por la mala administración que se dio en varas al quinto, excesivamente castigado. Nos quedamos con las ganas de ver como hubiera sido en la muleta. Ponce, muy serio, elegante y clásico en sus formas, no acabó de centrarse con el astifino y áspero segundo al que sacó pases sueltos con buen gusto y otros enganchados hasta matar bien con gran facilidad. El público, que le midió tanto o más que el toro, silenció su labor a la espera de lo que vendría después. Ya está dicho que un tremebundo puyazo agotó completamente la inicial bravura del quinto, el de más romana y volumen del envío, por lo que Ponce se estrelló sin remisión cuando intentó faena. Algunos espectadores mostraron su desacuerdo con el matador en la creencia de que había sido él quien permitió pegar tanto al toro con la puya. Sea como fuere, a Ponce volvió a perseguirle su mal fario en esta plaza.

Pero vayamos con lo mejor que, como he dicho, corrió cargo de "El Juli". Al contrario que Ponce, cuidó que no se castigara demasiado a sus dos toros y, aunque llegaron crudos, la movilidad de ambos pese a su intermitente genio prestó emoción y garra a cuanto hizo con la muleta. Muy valiente de salida con el capote que no pudo utilizar con limpieza ni brillo, quitó en ambos con la entrega y la variedad habituales aunque también sin la perfección de otras veces, banderilleó con enorme facilidad y poder - mejor al tercero que en el sexto - y llevó a cabo dos vibrantes faenas. Mejor la primera por más larga y redonda, de incuestionable mérito dada la mala condición de su oponete. Aunque el toro se metió siempre por el lado derecho, El Juli aguantó tan grave inconveniente con estoico valor, consiguiendo tres tandas soberbias con la derecha antes de enjaretar un expuesto ramillete de naturales y bellos ayudados. De no haber tenido que descabellar hubiera cortado oreja. Conquistó la del sexto, peor que el anterior y de menos metraje, con otro valentísimo trasteo que empezó con una colada terrible al dar un segundo redondo. Siguió impávido, se fajó otra vez con la derecha, ligó sin enmendarse dos con la izquierda a un molinete y al de pecho, y como el toro empezó a mostrarse remiso supo cortar a tiempo para matar como un jabato.

Cano dio una de cal y otra de arena. Su teatral faena al cuarto fue un romance entre lo trágico y lo cómico. Tomada en serio, no puede ser considerarla buena dada la clara nobleza del toro. Pero la parafernalia con que el torero rodeó su obra resultó atractiva. Enjundia e impotencia. Entrega y respingos. Muletazos largos y otros sin rematar porque se le iban las piernas. Desafiantes miradas al tendido y ensimismamiento gestual tras cada tanda. Un ir y venir desinhibido y encantado de lo que estaba haciendo sin el más mínimo sentido del ridículo. En definitiva, como un poema de amor dulcemente frustrado entre toro y torero con la regocijada complicidad de los espectadores. Algo digno de ver y muy difícil de explicar. Todo un caso este Ortega Cano en su última reaparición.