FERIA DE SEVILLA José Antonio del Moral
MANUEL CABALLERO Y, EN MAYOR MEDIDA, EUGENIO DE MORA POR ENCIMA DE UNA CORRIDA MUY PARADA DE ALCURRUCÉN
Plaza de la Real Maestranza. 26 de abril. Séptima de feria. Buena tarde y tres cuartos de entrada. Seis toros de "Alcurrucén", bien presentados y muy apagados en el último tercio con diferentes grados de nobleza. Manuel Caballero (añil y oro): Estocada trasera tendida, palmas. Estoconazo trasero, gran ovación. Francisco Rivera Ordóñez (amapola y oro): Dos pinchazos y media trasera caída, aviso y silencio. Pinchazo hondo y descabello, silencio. Eugenio de Mora (burdeos y oro): Buena estocada, silencio. Pinchazo y estocada, aviso y vuelta al ruedo. Muy bien en palos Curro Molina y José Antonio Carretero que saludó montera en mano tras parear magníficamente al cuarto.
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La muy deslucida por apagada corrida de Alcurrucén hubiera desesperado a la mayoría de los toreros actuales. No a dos de los actuantes, Manuel Caballero y Eugenio de Mora, que anduvieron tan por encima de sus toros que salieron de la plaza entre la ovación unánime de los espectadores y con el crédito en alza aun sin cortar orejas ni dar una vuelta al ruedo. Algunos pensarán que ambos se esforzaron al límite por ser apoderados por los mismos ganaderos y empresarios hermanos Lozano. Quizá influyera algo. Pero la disposición de los castellano-machegos, la exquisita técnica que prodigaron y, sobre todo, el temple de que hicieron gala, convencieron a todos los presentes porque fue muy difícil estar tanto tiempo delante de estos animales sin cansar a la gente y sacando partido de unas embestidas tan aplomadas. Sobre todo el más joven, Eugenio de Mora, que dio final a su feria con una autoridad impropia de su edad y se ganó el respeto de esta exigente afición, todavía no contaminada por los que pronto invadirán los tendidos maestrantes.
Aunque sueltos de salida y en algunos casos con esperanzadora movilidad, los seis toros cumplieron con los caballos, incluso tercero y cuarto que mansearon. Hasta derribaron quinto y sexto. Pero esperaron en palos y se comportaron en la muleta como marmolillos más o menos semovientes. El primero, noble por el lado izquierdo, solo aguantó una tanda con el brío mínimamente indispensable. El segundo, muy tardo, se defendió en su cortedad de viajes. El tercero, asimismo cortito y brincador por muy debilitado tras recibir un fuerte puyazo y más tras coger de lleno a De Mora cuando se echó el capote a la espalda para quitar por gaoneras, también resultó inservible pese a su nobleza. El cuarto, escarbador aunque dócil por los dos pitones, se apagó enseguida. El quinto, sin clase y con la cara alta, no colaboró y menos en las manos que cayó. Y al noble sexto hubo que sacarle los pases con sacacorchos.
Caballero fue otra vez el torero empacado e inteligente del pasado año en Sevilla pese no poder completar ni redondear sus dos labores. Especialmente con el cuarto logró muletazos con ambas manos de gran pulso y lenta armonía que a veces hasta pudo coser en tandas de tres y el de pecho. Eugenio de Mora, sereno y valiente, fue la imagen de la solvencia, muy en consonancia a su actuación del día anterior y, en esta ocasión, con mayor rotundidad pese a la tremenda cogida que sufrió en el tercero y a la momentánea ceguera que padeció durante la lidia del sexto al resultar alcanzado por una china de albero en el ojo izquierdo. Una vez repuesto de ambos accidentes, Eugenio enfrentó la situación con la muleta, dando una lección de pundonor que se tradujo en sendas faenas repletas de quietud, templanza y buen gusto. De haber matado al sexto en el primer envite hubiera cortado una merecida oreja.
En contraste y aunque su lote fue el menos propicio, Rivera Ordóñez pasó sin pisar el acelerador a fondo como estaba obligado en la plaza donde aún goza de cierto crédito y sin ninguna entrega. Cubrió el trance con técnica conservadora y hasta soliviantó a muchos de los que no hace tanto tiempo se entregaron al otrora valiente hijo de "Paquirri".