FERIA DE SEVILLA José Antonio del Moral

"JESULÍN DE UBRIQUE", FRANCISCO RIVERA ORDÓÑEZ Y MORANTE DE LA PUEBLA SE ESTRELLARON CON DOS REMIENDOS IMPOSIBLES DE ANTONIO GAVIRA Y "MARTELILLA"

Plaza de la Real Maestranza. 1 de mayo. Duodécima de feria. Tarde nubosa y fría con lleno total. Tras ser rechazada la anunciada corrida de Manolo González se lidiaron tres de Antonio Gavira ( primero, quinto y sexto) y tres de "Martelilla" del dividido hierro del Marqués de Domecq. Bien presentados en conjunto y todos mansos, sin casta, difíciles para la muleta por rajados y por embestir a la defensiva. Jesulín de Ubrique (blanco y oro): Media estocada y descabello, palmas. Buena estocada y descabello, gran ovación. Francisco Rivera Ordóñez (turquesa y oro): Pinchazo, otro muy hondo atravesado, dos descabellos, media y tres descabellos más. Ovación. Estoconazo ladeado y descabello, palmas. Morante de la Puebla (verdín y oro): Dos pinchazos y bajonazo, aviso y silencio. Estoconazo trasero a toro arrancado, palmas. Muy bien en la brega Antonio Cava y en palos Emilio Fernández y Curro Molina.

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La disposición de los tres espadas les libró de la quema pero el pésimo juego del ganado les impidió triunfar. Los tres necesitaban cortar orejas - al menos una - por distintos motivos. Jesulín para refrendar con un éxito contable el gran momento que atraviesa en su reaparición. Rivera y Morante para recomponer la delicada situación que padecen. Ambos a la baja en cotización, sobre todo Rivera, y Morante con el compromiso añadido de repetir los triunfos que consiguió en esta plaza para convertirse de una vez en el torero que Sevilla ansía tener entre los de esta tierra.

Muy serio el público, muy en lo que debería ser cada tarde, sin novelerías ni partidismos y, por tanto, valorando en estricta justicia cuanto sucedió, se apreció con atención lo que los tres hicieron. Lo posible y hasta lo imposible para sacar partido de sus enemigos. Lo mejor por más emocionante corrió a cargo de Rivera Ordóñez cuando recibió al segundo toro ( primero de los "Martelilla") arrodillado delante de la puerta de chiqueros. Por gesto, valor e imagen, pareció "Paquirri" reencarnado en su hijo. La larga fue como las que daba su padre. Angustiosa y segura a la vez. Pero en esta ocasión y por perder el capote, tropezar, caerse y librarse de milagro - ya le había ocurrido lo mismo en el quite que hizo en el toro anterior -, el trance lindó con la tragedia, inmediatamente resuelto por Rivera con dos largas de rodillas más, recetadas en el mismo sito, seguidas de varios lances apretados y una media de campeonato. El reticente silencio del público se rompió en clamor con todos los espectadores aplaudiendo en pié y, por un momento, pensamos que el todavía muy joven Rivera volvía por sus perdidos fueros. Y aunque también con la muleta se la jugó el hijo de "Paquirri", su faena no pudo tomar vuelo, dadas las tremendas complicaciones del toro. No tan valiente pero sí otra vez dispuesto anduvo Rivera con el quinto de "Martelilla" y otra vez se estrelló por muy rajado el bicho, remediando con una buena estocada su desastre anterior con los aceros.

Jesulín volvió a estar en maestro toda la tarde. Con sus dos toros y como director de lidia en los demás. Templó mucho y bien a su primero. No tanto al cuarto que se defendió en corto sin cesar. En ambos tuvo que extremar el valor y la cercanía, aguantando parones, cabezazos, acosones y avisos de cogida como en el primero que quiso comerse al torero varias veces. Bien con la espada y rotundo con el descabello, Jesulín mantuvo su cartel. Lo de Morante fue peor pese a sus muchos instantes felices con capote y muleta. Más dotado de gracia que sus colegas, quizá le faltó más entrega para romper el gafe que le persigue. Pero el tercer toro echó siempre la cara arriba y se rajó pronto. Y el muy manso sexto no paró de huir de las suertes desde que salió. Morante anduvo, pues, entre la enjundia y la impotencia, entre la entrega y la desilusión, entre el día y la noche… Se le iba la feria y, aunque se le fue con dignidad, esta desgracia resultó para él irreparable.