FERIA DE SEVILLA José Antonio del Moral
UNA OREJA PARA LA INSPIRACIÓN DE ORTEGA CANO, OTRA TRAS CORNADA LEVE PARA JOSÉ TOMÁS QUE SÓLO MATÓ UN TORO AL QUE APENAS LOGRÓ TEMPLAR, Y DESTELLOS DE MORANTE QUE PERDIÓ LA OPORTUNIDAD DE TRIUNFAR EN UNA CORRIDA JUSTA DE TRAPÍO Y MUY DÉBIL DE JUAN PEDRO DOMECQ
Plaza de la Real Maestranza de Sevilla. 30 de abril. Undécima de feria. Tarde muy desapacible con lluvia intermitente que sucedió a una tormenta de granizo desatada poco antes de iniciarse el festejo que comenzó media hora después de hacerse el paseo entre las protestas de los espectadores. Lleno absoluto. Seis toros de Juan Pedro Domecq, con peso aparentemente menor del que anunció la tablilla. Mal presentados por altones, vareados, desiguales de cabeza y muy flojos, lindando primero y sexto con la invalidez. Por su gran nobleza destacaron el mencionado que abrió plaza y el quinto. Manejable sin humillar el segundo, con cierto genio el tercero y, aunque muy noble de salida, casi parado en la muleta el último. José Ortega Cano (verde botella y azabache): Estocada caída, oreja sin petición mayoritaria. Pinchazo y baja tendida, silencio. Mató en sexto lugar el que debería haber lidiado Tomás de tres pinchazos y media, silencio. José Tomás (nazareno y oro): Metisaca por volcarse muy entregado al tiempo de ser empitonado y media estocada, aviso y oreja sin petición suficiente, pasando por su pie a la enfermería donde fue atendido de cornada en el muslo izquierdo con orificio de entrada y salida de pronóstico leve. Morante de la Puebla (añil y oro): Media caída, palmitas. Cuatro pinchazos y descabello, dos avisos y división al saludar por su cuenta. Muy bien en palos Curro Cruz y José María Tejero en el primer toro.
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Otro festejo de muy larga e incómoda duración. Y de nuevo el ambien por las nubes por figurar en el cartel José Tomás que terminaba su feria en compañía de Morante, la "tomatosis" desbordada y los aficionados sevillanos deseando ver la respuesta de su torero al fenómeno de moda. Y por segunda vez la grata sorpresa de Ortega Cano, superdispuesto y más inspirado que nunca con el primer toro, tan flojo como noble. La suerte siguió acompañando a Cano en su segunda actuación y como el público aguantó sin rechistar las muchas caídas del toro - increíblemente nadie protestó ninguno de los que siguieron por lo mismo - el de Cartagena pudo destaparse sin reparo alguno. Con el capote en el recibo, en el quite y hasta en la réplica que, sin motivo, dio a un zarrapastroso quite por gaoneras de José Tomás. La faena de Cano que llegó después tuvo calidad y hondura crecientes, momentos de garra e instantes de enorme inspiración, sin que faltaran los gestos teatrales que últimamente prodiga entre el regocijo y el cachondeo de la gente. Fue premiada con una justa oreja que Ortega paseó entre piropos y claveles.
Y enseguida el tercer y esperado suceso de Tomás quien, recibido como un dios, se enfrentó a un toro simplemente potable y tan flojo o más que el anterior, lanceó dejándose enganchar cuanto intentó en la brega y al pretender lucirse sin que nadie osara reproche alguno. Morante demostró en su limpio y bonito quite que a este toro se le podía torear con tersura y sin enganchones. Con los tendidos entregados de antemano, como de costumbre, Tomás inició su faena con estatuarios amanoletados y la continuó sobre ambas manos con el valor y la quietud que le caracterizan pero sin apenas limpieza. Un desastre de faena, sin orden ni concierto, a base de pases piejuntistas, recetados con la mano retrasada en los cites y casi siempre enganchados entre pausas interminables mientras la gente se volvía loca. Como si fuera un principiante incapaz de templar como Dios manda, únicamente en dos cortas tandas ligó bien un par de largos naturales a sendos de pecho y los olés desgarrados que habían acompasado casi todo lo anterior se convirtieron en gritos de clamor indescriptible. Ya estaba otro triunfo de regalo en la talega cuando entró a matar, lo que hizo con suicida rectitud, siendo empitonado y derribado entre la consternación de público. Zafado Tomás de los que pretendían desistiera, volvió a entrar a matar y, sin mirarse la ropa, pasó ensangrentado y con el rostro demudado a la enfermería, una vez mostrar la oreja que le había sido concedida. La más increíble que he visto cortar a una figura del toreo por una faena compuesta en su mayor parte de tragantones y trapazos, tan sólo comprensible por su valiente estoicismo y por el gesto de permanecer en el ruedo pese a estar herido.
Del resto del festejo, soportado con resignación e infinita paciencia por la muy "tragona" parroquia, solo destacaron algunas intervenciones preciosistas de Morante con el capote, su desigual faena al muy noble quinto que se le fue entre pasajes brillantes, otros de tono muy menor y un desastroso final con los aceros, mas otro regalo de Ortega en el sexto al que toreó maravillosamente en los lances de recibo, música incluida. Venido pronto abajo este último toro - le hubiera correspondido a José Tomás - regresamos por fin a casa con la sensación de haber sido testigos de una astracanada taurina incomprensible.