LA RESACA José Antonio del Moral
DE MORA, EN ALZA Y CON FUTURO
Aun sin cortar orejas, Eugenio de Mora ha salido en alza y con gran crédito de su difícil feria de Sevilla gracias a dos triunfos sordos que, por haberlos logrado en la casi siempre fría Maestranza frente reses muy poco propicias, tienen un mérito incuestionable. Si a ello añadimos que su paso por el dorado albero pudo ser contemplado por televisión desde otros lares, poco ha de importar al diestro castellano-manchego no haber sumado esos trofeos que tanto obsesionan a los toreros cuando están empezando.
Eugenio viene anunciando desde hace tiempo la posibilidad de convertirse en muletero de excepción y, aunque después del aldabonazo que pegó el año pasado en esta misma plaza no consiguió regularizar totalmente sus éxitos, ya hemos visto su absoluta determinación para alcanzarlo. Estamos ante uno de esos toreros que suben peldaño a peldaño la escalera de la gloria si necesidad de campañas ni de mostrarse "rarito", ahora tan en boga. Si lo que hizo Eugenio de Mora ante sus dos toros de "Alcurrucén" lo hubieran hecho algunos sevillanos que todavía figuran en los carteles de esta feria y, no digamos, quien actualmente goza de las preferencias incondicionales de la afición elitista, se habría armado la de San Quintín. Ni el pinchazo previo a la estocada que propinó a su último toro hubiera impedido el desbordamiento de los espectadores y los pañuelos habrían inundado los tendidos.
La sencilla personalidad de Eugenio se corresponde con la sencillez de su templado toreo como fórmula básica para sacar brillante partido hasta de los marmolillos. No entiendo que al de Mora de Toledo le hayan medido con cicatería cuantos pasan por alto los enganchones por el solo hecho de hacer el poste. Ni una sola vez le tropezaron la muleta a Eugenio pese a los percances que precedieron a las dos faenas que realizó en su segunda corrida. Permaneció firme ante la cara de los toros - no atenazado ni "parado", como dicen los mexicanos - mientras su serena inteligencia le permitía mover los brazos y girar la cintura al lento compás que requería el comportamiento apagado y sin resuello de unos toros que nunca se le vinieron por lo que el torero siempre tuvo que construirlos sin ninguna ayuda.