28 DE SAN ISIDRO José Antonio del Moral

FRUSTRADO GESTO DE ENRIQUE PONCE CON UNA APOTEÓSICA MANSADA DE DOLORES AGUIRRE

Madrid. Plaza de Las Ventas. Vigesimoctava de feria. 8 de junio de 2001. Tarde enmarañada y calurosa con rachas de viento. Lleno total. Cinco toros de Dolores Aguirre Ibarra, descomunales aunque desigualmente presentados y mansos de carreta. Imposibles para el toreo salvo el cuarto que se dejó por el pitón derecho aunque no paró de huir. En segundo lugar se corrió un sustituto con muy buenas hechuras de Victoriano del Río, bravo y noble pero de muy corta embestida en la muleta. Juan Mora (nazareno y oro): Pinchazo hondo desprendido y tres descabellos, pitos. Estocada tendida atravesada, bronca tras encararse con un sector del público. Enrique Ponce (celeste y oro): Media en lo alto y descabello, ovación con discrepancias del sector ultra al saludar desde el tercio. Estocada atravesada y descabello, ligera división. Eugenio de Mora (caldero y oro): Dos sablazos en el chaleco, algunos pitos. Estocada caída, silencio.

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Enrique Ponce salió profesionalmente indemne en su reto de matar una sola corrida en la feria, pero no triunfante como deseaba. Independientemente de la enemiga de los reventadores que cada vez que viene a Madrid padece el valenciano, haga lo que haga, la corrida elegida fue un desastre por su absoluta mansedumbre y ni siquiera le valió el toro de Victoriano del Río que apareció en segundo lugar e hizo de primero para Ponce tras ser injustamente rechazados tres toros de los ocho que trajo Dolores Aguirre. Digan lo que digan, el inapelable fracaso de la ganadera tapó el de los toreros que incluso tuvieron que aguantar las increíbles ovaciones que parte de público tributó a varios toros en su arrastre, lo que indica el grado de incompetencia o cuando menos de inusitada crueldad de la afición que ocupa los escaños de la mal llamada primera plaza del mundo.

La tarde empezó fatal y terminó peor con los dos toros más peligrosos del envío. El telonero Juan Mora no pudo dar un solo muletazo con el que abrió plaza y Eugenio de Mora menos con el barrabás sexto, sufriendo una afortunada cogida sin más resultado que el destrozo de la taleguilla por sus vergüenzas, de seguido remendada para que el público no tomara la cosa a más cachondeo del que había. Eugenio decidió cortar por lo sano su primer trasteo ante la imposibilidad de lucirse con el tercero y Juan Mora logró algunos redondos templados con el menos malo cuarto, aunque sin conseguir sujetarlo de sus continuas huidas de un lado a otro de la plaza. Ni Mora es torero que destaque por su habilidad lidiadora, ni el toro rompió pese a que algunos creyeron que lo haría en su deseo que el fiasco tuviera al menos la compensación de un toro que salvara el honor de la divisa.

El Toro de Victoriano del Río fue protestado antes de que apareciera en el ruedo y con eso ya está dicho todo respecto a cómo esperaban algunos al maestro de Chiva. La mayoría aceptó, sin embargo, la presencia menos aparatosa del animal y las verónicas con que le saludó Ponce arrancaron los primeros aplausos de la jornada. También sus muletazos por bajo, la trinchera y el de pecho con que inició el trasteo. Pero en cuanto se puso delante para el toreo natural - ora con la derecha, ora con la zurda - el toro se quedó siempre corto a mitad de cada muletazo y aunque Ponce extremó la hondura y la cercanía en dos tandas pese a lo que rebañaba el bicho, la faena no acabó de tomar rumbo ni vuelo. Tampoco a estas alturas está Ponce para dejarse coger a sabiendas de que no le serviría de nada. Fácil y expeditivo con la espada, Ponce se atrevió a saludar desde el tercio y desde allí escuchó cómo se dividían tyrios y troyanos en pos de su figura. Aunque el quinto fue infinitamente peor y el más pavoroso de cuerna de los "aguirres", Ponce se ocupó personalmente de lidiarlo en los dos primeros tercios, ofreciendo una demostración de facultades, de soltura y de temple propios de quien desde hace muchos años más ha destacado por su fácil maestría. Y lo mismo de muleta con la que intentó que el toro, por gazapón, pasara citando desde lejos sin pestañear cuando se le vino como un "autobús" al pecho, ni dejarse enganchar la tela una sola vez. Pero como ligar más de dos era imposible y la gente tampoco supo ni quiso valorar y menos alentar el difícil empeño, Ponce abrevió aliñando resuelto de pitón a pitón antes de agarrar un espadazo atravesado que unido al descabello dieron fin a su obra que espero y deseo sea la última de su vida profesional en Madrid. En verdad os digo que en el caso de Ponce, con todo ganado y con su impar carrera ya escrita con letras de oro en la historia, no merece la pena volver a Las Ventas, se pongan como se pongan.