26ª DE SAN ISIDRO José Antonio del Moral

PEPIN LIRIA, MUY POR BAJO DEL ÚNICO BUEN TORO DE UNA MALA Y REMENDADA CORRIDA DEL CONDE DE LA CORTE, COGIDA SIN CONSECUENCIAS DE OSCAR HIGARES Y PADILLA SIN ÁNIMO NI SITIO

Madrid. Plaza de Las Ventas. Vigesimosexta de feria. 7 de junio de 2001. Calor y casi lleno. Cinco toros del Conde de la Corte, bien aunque muy desigualmente presentados y deslucidos por mansos y faltos de fuerza, salvo el segundo que dio excelente juego en la muleta. Un sustituto que hizo de cuarto a nombre de Angel Sánchez, ¿procedencia "Murube"?, bien presentado y muy difícil. Oscar Higares (negro y oro): Pinchazo hondo sin soltar, pinchazo y estocada desprendida, silencio. Tres pinchazos y estocada muy contraria, silencio. Pepín Liria (tabaco y oro): Media tendida y descabello, ovación. Tres pinchazos y seis descabellos, aviso y algunos pitos. Juan José Padilla (caña y oro): Pinchazo con desarme saliendo perseguido y estocada, silencio. Pinchazo y estocada, silencio.

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Las mal llamadas corridas toristas no responden casi nunca a su fama y menos esta del Conde de la Corte pese al buen segundo toro que salvó el honor de la divisa aunque, para desgracia de los ganaderos, no tuvo la suerte de encontrarse con un torero capaz de sacarle el completo partido que mereció. Fue como una bola blanca entre las cinco negras que había en el bombo. Decía Pepín Liria en unas declaraciones que la feria de San Isidro es una lotería y, mira por donde, le toca uno de los premios gordos y lo deja escapar. Digo escapar en el sentido artístico de la palabra, porque Pepín lo toreó profusamente con la muleta. Muy larga la faena, la inició bien con doblones por bajo, rodilla en tierra, que ligó a dos rápidos de pecho hasta que, enseguida por redondos, cuajó una primera ronda superior. Bajaron de tono y de temple las dos que siguieron y, en vista de ello, se echó la muleta a la mano izquierda para dar otra buena tanda de naturales mas otras dos de menor fuste y enganchadas para regresar al otro pitón y seguir enganchando. Lo efectivo de la media y el descabello no compensó las desigualdades del trasteo y lo que debería haber terminado en oreja aunque el toro fue de dos, se tradujo en tibia ovación. Ello, sumado a lo poco y malo que Liria pudo hacer con el quinto al que mató fatal, devolvieron al murciano al lugar donde estaba antes de empezar la feria: cabeza de león.

El resto de festejo no merece pormenores que aburrirían a los lectores tanto o más que a nosotros cuanto aconteció: Que Oscar Higares tuvo muy mala suerte con dos reses nada lucidas. Que el primero le cogió de muy mala manera y le pegó una sobeerana paliza aunque, por fortuna, no le hirió. Y que Juan José Padilla volvió a Las Ventas más perdido y con menos sitio que en su anterior actuación. Sombra de sí mismo, no cruzó la plaza para sus habituales largas a porta gayola, no se atrevió a banderillear al sexto y con la muleta no adelantó la mano ni una vez en lo cites. Como Higares, tuvo poca suerte, pero este torero ya no se parece a un gladiador ni por el forro de sus estrafalarios vestidos.