SEXTA DE LA MAGDALENA EN CASTELLÓN José Antonio del Moral
"JOSELITO" Y PONCE A OREJA POR COLETA DE DISTINTO VALOR Y CONDICIÓN
Castellón de la Plana. Sexta de feria. Tarde calurosa y lleno. Seis toros de Salvador Domecq, desiguales de presentación y juego entre el más chico y corto de viajes y el de mayor respeto, romana y nobleza, los de segundo lote. Los restantes se dejaron aunque venidos abajo por su escasa fuerza y casta. "Joselito" (davidoff y oro): Estocada baja, palmas. Pinchazo y buena estocada, oreja tras petición minoritaria. Enrique Ponce (blanco y oro): Dos pinchazos y estocada, palmas. Estoconazo arriba y dos descabellos, oreja. Julio Aparicio (cobalto y oro): Pinchazo hondo caído y descabello, palmas. Sartenazo, algunos pitos.
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Da gusto ver las plazas llenas de público pese a la incomodidad que ello depara a los que vamos casi todas las tardes a los toros durante más de nueve meses seguidos cada año. Pero más satisfacción nos proporciona comprobar el tirón popular de las figuras capaces de sostenerse en lo alto durante mucho tiempo. Hace trece años que Ponce anunció su mandato el día de su presentación con caballos, precisamente en esta misma feria, y verle tan tranquilo y pletórico al cabo de tantas temporadas, complace sin reservas. Tras su pésima suerte en Fallas, por fin le correspondió un toro con el que poder lucirse, templarse, gustarse y gustarnos. Fue el quinto del famoso tópico, como en las corridas de la antigüedad cuando los matadores no sorteaban y, aunque le faltó gas, le sobró fijeza y clase por los dos pitones. Por eso Enrique cuajó con el capote y, sobre todo, con muleta una de esas obras sinfónicas en las que llena por completo el escenario, en cada tanda y en las pausas que el poco brío del toro exigió, como si asistiéramos a una sesión de ballet en el Coven Garden londinense. Quizá tanta facilidad y soltura para templar a la media altura que pedía este toro no emocionó a algunos. Pero si utilizamos el término de la comparación con lo que sufren la mayoría de los toreros mientras torean y con el mismo Ponce cuando cree que un toro va a romper y llega corto de viaje a la faena - caso de su primer enemigo - nos tenemos que frotar los ojos para cerciorarnos de que torear así es casi un milagro. Entró a matar mal - dejando el brazo atrás - al segundo toro que pinchó y lo hizo como mandan los cánones por más confiado en el quinto, dejando arriba la estocada de la tarde. Pero tuvo que descabellar dos veces y el premio doble quedó en solitaria oreja.
Otra cortó "Joselito" al buen cuarto toro por una faena de distinta condición, pues la llevó a cabo de menos a más. Tardó en acoplarse y en descubrir la bondad por naturales que recetó de uno en uno citando con la cintura partida, sacando la bragueta con la espalda retrasada, y pinchando una vez antes de lograr una de sus estocadas clásicas. Suerte en la que me convence más José porque es en la que se siente con más naturalidad. El amaneramiento que suele mostrar "Joselito" con el capote por utilizarlos sin ningún apresto y, por ello, demasiado lacios, convierte sus lances en trallazos y la variedad de sus adornos en flores mustias y excesivamente agitadas por un viento que esta vez no molestaba. Y como su impreciso templar ensucia muchos de sus muletazos con feos enganchones, sus faenas no me llegan tanto como a sus partidarios que le perdonan todo.
A estas alturas de la carrera de Julito Aparicio me sigue pareciendo el despilfarro más grande que alguien ha cometido contra sí mismo en toda la historia del toreo. Ahora tiene a su disposición un hueco que no puede ocupar nadie más que él y no se decide a lograrlo. Al tercer toro lo toreó de capa por sublimes verónicas y medias de varia intensidad con esa gracia inigualable que heredó de su madre y puso a la plaza en pie. Pero luego no fue capaz con la muleta aunque anduvo más suelto de lo que últimamente acostumbra, mostrándose inseguro frente al sexto, al que no bajó la mano ni una vez pese a que la tomaba con nobleza y lo mató alevosamente.