LA RESACA José Antonio del Moral
TRUENOS Y RELAMPAGOS
El "asesinato" del primer toro fue tapado por la lluvia para que el "currismo" estuviera más pendiente de los paraguas que de la carnicería hasta que tronaron las nubes, protestando, mientras relampagueaba Manzanares con un par de verónicas que dieron paso al sol. Surgió entonces la imagen más hermosa de La Maestranza que se pueda contemplar: un cielo cárdeno obscuro envolvió la Giralda y sirvió de telón al conjunto iluminado de las gradas del reloj, como si la plaza se hubiera convertido repentinamente en un recinto de ópera. !Qué escenario!. Rotundo, recortado, dibujado, asombroso, fulgurante. Pero no adecuado a la incapacidad del siempre querido y perdonado Pepe Luis para dejar quietos los pies, ni a la desvergüenza tolerante con la brutal masacre en varas que ordenó Romero en el cuarto toro de la tarde, inmediatamente antes de que José María Manzanares compitiera con el sol en templanza y luminosidad.
Ambos circunstancialmente de acuerdo porque el sol no acabó de romper ni el quinto de Gabriel Rojas de repetir sus embestidas, Manzanares se aplicó en la lidia dando ordenes perfectamente audibles en medio del imponente silencio de los espectadores, a sabiendas expectantes de lo que llegaría después: que tras "hacer" al toro para mejor fijarlo en la muleta, aconteció el toreo mecido en tranco de lentísima unidad. Pues si ligar no pudo porque el toro no lo permitía, citar, embarcar, templar y mandar hasta el interminable final de cada pase, sí y en grado de excelencia uno a uno. Faena de cantes cortos pero intensos. Faena con fondo técnico y majestuosa forma. Faena acorde con el toro, con la plaza y con su estelar momento. Faena para meditar. Y el público, a tono con la obra. Enronquecidos los prolongados olés, en los de pecho y de trinchera desgarraron. Por eso la ovación que llegó una vez arrastrado el toro duró lo que quiso Manzanares que durara, pese al disgusto de los pocos que vieron la corrida del revés: "Ventajista" le han llamado para tapar las ventajas y las incapacidades manifiestas de los otros dos. Pero no importa. La resaca de la quinta corrida fue el rayo que partió los truenos y a quien le pique que se rasque.