AVANCE (Para el programa de las Fallas del 2000) José Antonio del Moral

DIEZ AÑOS DE "ANTICICLÓN"

Siempre que aparece algún torero con personalidad y determinación fuera de lo común, le suelen saludar con epítetos de animales horribles o de fenómenos catastróficos: monstruos, terremotos, ciclones, huracanes, tifones… que a la postre y, en su mayoría, terminan desactivados. Cuando se doctoró Enrique Ponce tras una etapa novilleril en la que muy pocos nos atrevimos a pronosticarle un futuro largo y esplendoroso mientras los más declaraban su incredulidad, casi nadie se refirió a la alternativa del valenciano como acontecimiento, sino a una ceremonia más pese a que el Ponce de aquella tarde dio la sensación de ser padrino de sus compañeros de cartel en una actuación premiada sin demasiado ruido, como si el neófito fuera un sobrado y veterano espada sin mayores pretensiones. Y es que Ponce no anunció ese día ningún cataclismo, sino la formación de un pacífico "anticiclón" aparentemente tranquilo, en nada presuntuoso y apenas llamativo. Esta apariencia que en su manera de torear la tradujo siempre con extremada y natural facilidad, es la que le ha ido convirtiendo en el caso más insólito de maestría y de regularidad en el triunfo que haya conocido la historia del toreo. Pues si de siempre se había tomado como máxima virtud del toreo la utópica "difícil facilidad", Ponce ha llevado esta ideal contradicción a tal medida que muchos han terminando señalándola como defecto, incapaces de distinguir el enorme mérito que, precisamente, supone el no hacer notar jamás ningún esfuerzo. Y es que cuando torea Ponce no llueve a cántaros, ni sopla el viento huracanado, ni se anegan los campos, ni se asustan las gentes. Predomina la calma, el cielo se mantiene azul, los arboles siguen siendo verdes y no se nubla el sol. Nunca se nubló, en efecto, desde que este "anticiclón" mató su primer toro, pese a los contratiempos que le obligaron a matar corridas para desesperados ganándose contratos tras cada una de ellas durante la temporada y media de su arranque, y a las no pocas modas que en forma arrojadiza tuvo que soportar en los años que lleva instalado en la cumbre, sin que pueda adivinársele techo ni ese eclipse que ansían los detractores que todavía le honran discutiendo su estrellato pese al largo discurrir del tiempo.

La figura de Enrique Ponce no surgió de un estilismo explosivo ni de un arrojo sorprendente. Se mostró por generación espontánea, partiendo de una inteligencia tan segura, calmosa y razonable que, por ocultar su inagotable caudal de valor, teñía de imperceptibles sus proezas, mientras las sucesivas victorias sobre los rivales que fueron apareciendo se produjeron con toda naturalidad en las plazas del mundo entero por haber sabido convertir el durísimo ajetreo que conlleva lidiar más de 100 corridas cada año en incansable y elegante paseo, los toros malos en posibles, los regulares en buenos y los buenos en mejores, siendo capaz también de indultar a los verdadera-mente bravos y nobles, en tanto que templando cualquier embestida sin excusas, el grácil dibujo de su toreo juvenil evolucionaba con limpieza hasta la suavemente honda y velazqueña pintura que enjoya su espléndida e inagotable madurez.