TOROS. FERIA DE SAN ISIDRO EN MADRID José Antonio del Moral
ANDY CARTAGENA, POR LA PUERTA GRANDE, Y PACO OJEDA GENIAL AUNQUE DESACERTADO AL MATAR, DESTACARON EN LA SEGUNDA CORRIDA DE REJONES
Plaza de Las Ventas. Decimoséptima de feria. Tarde nublada y lleno. Seis toros para rejones de Sánchez Cobaleda, desiguales de presentación y de variada y bella lámina y juego con predomio de los bravos salvo los dos primeros, distraídos y paradotes. Luis Domecq: Metisaca trasero, silencio. Antonio Domecq: Cuatro pinchazos y rejonazo trasero, ovación. Paco Ojeda: Rejonazo trasero, dos pinchazos, otro rejonazo y descabello, gran ovación. Andy Cartagena: Rejonazo arriba, dos orejas. Salió a hombros. Collera hermanos Domecq: rejonazo de Antonio, vuelta. Collera Ojeda-Cartagena: Rejonazo y tres descabellos de Ojeda, ovación.
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Las corridas de rejones en Madrid tienen el aliciente de la paz en los tendidos. Los reventadores no van a la plaza y como la mayoría de los aficionados al toreo de a pie no les gusta el de a caballo, los tendidos se pueblan de gentes alegres y confiadas, además de los pocos verdaderamente amantes de esta clase de espectáculos dispuestos a pasar la tarde lo mejor posible. Nada extraño, pues, que un joven jinete como Andy Cartagena, que ha heredado de su tío Ginés - desaparecido hace años en un terrible accidente de carretera - el sentido de la espectacularidad, triunfe clamorosamente sin que nadie ose discutir dos orejas que en corridas normales hubieran sido imposibles de cortar. Con el mejor toro de la corrida, Andy se complació en hacer piruetas sobre las manos de sus monturas antes de clavar cada rejón de castigo y de arrancarse velozmente desde un extremo a otro del gran ruedo de Las Ventas para colocar sorpresivos pares de banderillas - también su ya habitual del "violín" - en verdadero alarde de caballería ligera. Pero antes que Andy vimos lo mejor de la tarde a cargo de Paco Ojeda, cada vez más cercano con los caballos a lo que hizo vestido de luces. Obsesionado Ojeda con domar equinos capaces de afirmar sus cuatro patas sobre la arena como en su día lo hiciera el ahora jinete y así esperar las arrancadas de los toros hasta el último segundo para quebrar en un terreno angustioso o clavar con impresionante contundencia, parece claro que lo está logrando, tal y como demostró ayer en Madrid, la plaza que le lanzó a lo más alto en 1983 y ahora se descubre ante las geniales aportaciones al toreo ecuestre del sanluqueño. Pese a su garrafal intervención con el rejón de muerte, su corta pero intensa actuación en solitario fue lo más sabroso de la corrida. Porque luego, en la collera con Cartagena, hubo confusionismo en la primera parte de la lidia y el increscendo hasta el final de ambos, aunque cada uno por su lado. Al contrario que los hermanos Domecq, que por serlo y haberse criado y educado siempre juntos, logran la collera mejor conjuntada de cuantas se padecen en las corridas de rejones para cuatro jinetes. Ayer volvieron a mostarse perfectamente acoplados, tanto en la doma de alta escuela que dominan desde niños como al clavar con acierto y pureza. Pero como ya son demasiado conocidos e hijos y nietos que personas ilustres, no se les tomó en demasiada cuenta lo mucho y bueno que llevaron a cabo. En sus toros primeros salvaron las dificultades y sacaron el partido posible. Luis con un animal distraído y parado intentó clavar en los medios, yendo de frente y despacio, pero los arponcillos no siempre cayeron en su sitio. Y Antonio, enfibrado y sentimental con el toro más violento de la corrida, terminó toreándolo como si fuera bueno