TOROS. FERIA DE SAN ISIDRO EN MADRID. José Antonio del Moral
LA VIOLENTA FRIALDAD DE LAS VENTAS ARRUINA OTRA CORRIDA CON FIGURAS
Plaza de Las Ventas. Decimosegunda de feria. Calor y calma. Llenazo. Cinco toros de Alcurrucén, de vario pelaje y desiguales aunque preciosas hechuras. Muy nobles pero faltos de fuerza y por ello de limitado juego en la muleta en distintos grados de acometividad. Por devolución del flojo quinto y del sobrero del mismo hierro que le reemplazó, otro sobrero de Antonio San Román, asimismo bonito, noble y soso por flojo. César Rincón (blanco y plata): Media muy tendida, estocada caída y descabello, aviso y pitos. Media estocada, silencio. Enrique Ponce (cobalto y oro): Pinchazo hondo arriba y cinco descabellos, murmullos desaprobatorios. Estoconazo desprendido, leve división. Manuél Caballero (ceniza y oro): Buena estocada, silencio. Casi entera, silencio. Bien en palos José Antonio Carretero.
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Es cierto que los toros de Alcurrucén no soportaron la lidia reglamentaria, aunque inapropiada, que se les dio y que por lo mismo no respondieron con suficiente brío a la muleta para poderlos torear contundentemente. Pero también lo es que esta misma corrida con este mismo cartel hubiera sido triunfal para todos en cualquier plaza del mundo, incluídas las de Sevilla, Bilbao, México y Lima. La situación ambiental, por supuesto preparada de antemano, determinó la tarde y una vez más los del 7 lograron lo que se proponían: arruinar uno de los festejos más esperados de esta feria, convertida desde hace tiempo en lo que vengo en definir como "el éxito del fracaso". Y es que el sector contestatario de Las Ventas dicta a capricho lo que quiere y la mayoría obedece sumisa hasta caer en un escepticismo contagioso que impregna todos los espectáculos en los que no actúan sus toreros predilectos. El fenómeno se ha escapado de cualquier control y más de uno debe estar pensando en no volver. Problema para los que todavía necesitan de un triunfo en Madrid para mantener una cotización mínimamente digna acorde con el lugar que ocuparon - César Rincón - y, sobre todo, para los que aún no han conseguido instalarse en la primerísima fila - Manuél Caballero -, ayer víctimas dolientes de uno de los acontecimientos taurinos más injustos que hayamos tenido la ocasión de presenciar.
Jornada de reflexión y de suposiciones, en la que terminamos haciendo cábalas sobre lo que habría dado de sí la corrida de no tener que soportar dos o tres puyazos cada toro y menos aún de haberse contemplado con respeto y mente a abierta a la esperanza. Nula ya para Enrique Ponce en esta plaza que le encumbró y ahora le hace pagar el peso de su cara púrpura con una cerrazón incuestionable. Desesperada para César Rincón, que no obtuvo eco alguno a sus grandes deseos, ni siquiera cuando citó desde lejos y aguantó hasta consumar varios muletazos. Algo que hace años enardecía al público venteño y ahora lo desprecia. Ya sé que Rincón no es ni puede ser quien fue, pero ayer quiso, expuso y batalló hasta darse de bruces con sus verdugos, incapaces de comprender que ninguno de sus toros admitieron rondas largas e intensas. Lo de Ponce, con el que no pueden desde hace tres años que vienen intentándolo y así les pica, fue lo más sonoro a la contra porque era el primer enemigo a batir. Pero Enrique, aunque abrumado, hizo de tripas corazón y en ambos toros logró faenas técnicamente apropiadas a sus condiciones. Mejor la del sobrero quinto, con la tarde ya vencida. Bien con el capote en el muy noble segundo y en el inicio de la faena hasta que el toro se rajó. Mal con el descabello que repitió por no sacar la espada. Y en cualquier caso, por encima de la fabricada por artificial adversidad. La millonada que se llevó fue lo único que pude compensar su presencia en Las Ventas, que ya le odia sin disimulos de ninguna especie. Lo más injusto, sin embargo, fue el desdén generalizado que padeció Manolo Caballero que solo escuchó palmas en el quite por revoleras que le hizo al segundo toro. Lo que ocurrió en sus dos faenas, técnicamente irreprochables y en varios pasajes, realmente espléndido el macizo torero de Albacete, fue de juzgado de guardia. Ni sus certeras estocadas le sirvieron para derretir el iceberg.