TOROS. FERIA DE SAN ISIDRO EN MADRID José Antonio del Moral
MAJESTUOSA FAENA DE CEPEDA SIN ECO NI PREMIO
Plaza de Las Ventas. Vigesimotercera de feria. Calor y casi lleno. Seis toros de Antonio Gavira, bien presentados y de juego muy desigual con predominio de los flojos y mansotes, aunque el cuarto sobresalió por su gran clase pese a cierta sosería en la muleta. Fernando Cepeda (fresa y oro): Seis pinchazos y descabello, aviso y pitos. Media estocada, ovación. David Luguillano (musgo y oro): Pinchazo hondo caído y tres descabellos, pitos. Media trasera, silencio. Victor Puerto (vainilla y oro):
Dos pinchazos y buena estocada, silencio. Contraria trasera atravesadísima, pitos.
Bien en palos Domingo Siro, Manuél Osuna y fantástico Curro Molina.
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Toros flojos pero no tanto como para que la presidencia accediera a devolverlos. Sin embargo, tal negativa de la autoridad propició una vez más que el ambiente de la plaza se enrareciera a la contra de la totalidad del espectáculo hasta el punto de que ni uno solo de los momentos brillantes que vivimos artísticamente hablando fuera tenido en cuenta. La murga contra el primer toro tapó la hermosura de las pocas verónicas que pudo dar Cepeda quien abrevió después con la muleta y se eternizó pinchando a un animal que tuvo genio. Nada de nada con el segundo, también con genio, al que no quiso ver David Luguillano, como siempre más disfrazado que vestido de luces y más atento a su particular afectación que a resolver los problemas - para él insolubles - de su oponente. Noble el bonito tercero, tampoco los buenos lances y el galleo por chicuelinas de Victor Puerto despertaron mayores efluvios y menos su intento en la muleta para que el toro le durara. Poco faltó para que el animal se echara antes de que Victor entrara a matar. Pero sale el cuarto con bastante más pies y fortaleza, y vuelve Cepeda a mecerse con su aterciopelado capote sin que se escuche ni un olé. Se repite el silencio displicente en el quite por templados delantales y cuando Cepeda inicia muy dispuesto su faena por alto, continua la murga de los insatisfechos, mientras la mayoría desesperantemente silenciosa tampoco reacciona ante lo que sigue: tres con la derecha cadenciosamente eternos, uno de pecho soberano, otros tres majestuosamente cosidos a una trinchera perfumada, un ramillete de naturales que no acaban y de nuevo Cepeda por redondos en los que, como en los muletazos precedentes, toreó con el lazo de las zapatillas, con las piernas, con la cintura, con el pecho, con los brazos, con las manos, con los dedos, con la cabeza y la mirada, con el alma cimbreante, dormida, soñada. Dulce y señorial. A compás. Como las olas de mar que van y que vienen, que van y que vienen y barren la arena de espuma salada. Tres ayudados por alto en redondo y dos por bajo remataron esta obra sin eco. ! Qué pena ! Pareció que Madrid había perdido el gusto por el buen toreo ligado, esa sensación de paladeo que embelesa las almas limpias de falsos prejuicios. Indignante situación que ya padeció aquí mismo José María Manzanares hasta que lo echaron. Media estocada en lo alto y ni un pañuelo blanco. Tal solo una tibia ovación de compromiso. Me fui para seguir viendo la corrida por televisión. Grita un locutor sin acusar a nadie del silencioso y despreciativo insulto. Susurra otro que así no puede seguir la plaza. Lo mismo que Luguillano y Victor Puerto, ambos sin sal y sin son frente a los dos últimos toros de Gavira. Pero aseguro que en el próximo San Isidro volverán por ver si les suena la flauta de aquellos falsos triunfos que no hace mucho les encumbraron engañosamente.